Desaparición

“Usted no existe”. La frase retumbó en los oídos alarmados de Gloria a punto de caer en pánico. El empleado insistió. “Por más que la busque en la plataforma, no la encuentro. ¿Está segura de que trabaja con nosotros?” La situación se estaba tornando grotesca. Gloria dudaba en elegir entre la risa, la ira, la lástima o las tres manifestaciones de su estado de ánimo al mismo tiempo. Se inmutó, petrificada, encerrada en un estado de desconcierto, mientras que el empleado, igual a sí mismo, cerraba la plataforma y abría su Tupperware con ganas de disfrutar su almuerzo. Gloria sintió que su presencia sobraba, así que se retiró, meditando sobre su propia existencia tanto en la tierra como en la plataforma administrativa de su empresa. De camino a su casa, pensó en hacerle caso al empleado y retirarse a un convento donde no le iban a solicitar realizar ningún trámite; bueno, eso elucubró sin conocer la realidad. Insistió en permanecer viva pese a las alertas digitales. Así que, unos días más adelante, se presentó fuera de citas ante el mismo empleado con una maleta llena de comprobantes, constancias, diplomas, fotos y demás evidencias de proyectos realizados, testimonios de su trayectoria profesional por décadas en la misma empresa en la que le habían ratificado su inexistencia. Gloria abrió la maleta, y se dio a la tarea de apilar en el piso los kilos de documentos. El empleado objetó que, en caso de querer interponer una prueba de vida o de no ser un robot, a la usanza de hoy, tenía que presentar nuevamente la documentación escaneada, explicando que la posible desaparición de Gloria podía ser producto de inconsistencias ocasionadas por el cambio de plataforma. Admitió que, durante la migración, el espacio cibernético engulló una cantidad apreciable de información sin manera de recuperarla. “¿Qué me dice que, en aquella operación, usted no desapareció también?”, inquirió Gloria, inquebrantable, guardando sus documentos de vuelta en la maleta que ahora estaba decidiendo no cerrar tan fácil. El empleado entró en un estado de trance incontrolable. Gloria le trajo un vaso con agua. Le contestó que no estaba acostumbrado a consumir alimentos tan sanos y que mejor le consiguiera un refresco. “No puedo cumplir con esta encomienda porque usted afirma mi inexistencia”, departió la mujer. “En eso tiene usted razón”, contestó molesto. Levantó su masa corporal redonda de un jalón y caminó hacia la puerta de salida. Gloria tomó su asiento. Recordó algunos momentos de entrega de papeles físicos en las oficinas, los oficios requeridos para trasladar un papel a otra instancia, los tiempos de entrega, la pérdida o el extravío inexplicable de documentos. Llegó a la conclusión de que, en ambos casos, el solicitante tiene la carga de comprobar, entregar las veces que fueran necesarias lo mismo, sin importar la razón invocada. A ella le había sucedido un percance de esta naturaleza. El asunto tomó meses por una equivocación de registro de su nombre hasta que ella encontró el error; lo solucionó y finalmente se pudo llevar a cabo el trámite. Lo que no lograba recordar en este momento es si el hecho había sucedido en la misma empresa o bien en la anterior. El empleado regresó con su bebida envasada en mano con una molestia acentuada en su rostro. “Usted está ocupando mi lugar…”. “No. Usted se puede retirar a su casa. Yo tomé su lugar. Mire”. Gloria le enseñó la plataforma con la foto suya, cargo y antigüedad. “El que no existe, señor, es usted. Haga el favor de retirarse, tengo trabajo que hacer”.  

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores. 

* Escritora, guionista y académica de la UAEM  

Hélène BLOCQUAUX