Amarilla rabia, diría el gran dramaturgo sinaloense Óscar Liera, ver los surcos de sal que han abierto sobre las mejillas de las madres las lágrimas por la sangre derramada de sus hijos. Puro odio se sigue vertiendo sobre los caminos y carreteras de Morelos y México sin que esta guerra se pueda parar. Súplica a nuestros gobernantes: ya no maquillen lo que es evidencia en las calles, en las colonias, en los municipios. Lo vivimos a diario. Viernes pasado en Ticumán, Tlaltizapán, después de un ensayo de la obra Por los bigotes de mis Tompiates que es un encuentro en el Mictlan entre Emiliano Zapata y Pancho Villa, el director de la obra lleva al actor de la obra a pernoctar a la cabecera municipal y de regreso un carro a alta velocidad casi los arrolla. Cuando están llegando de regreso al pueblo en una esquina de la carretera les recibe el cuerpo de un varón de no más de 40 años tendido en el piso mientras un charco de sangre crece. Y en medio del charco de sangre, sentadito, un bebé de dos años con la mirada catatónica. Ahí, sentado, en medio de la sangre de su padre. Un bebé, de dos años.  

Los dichos del pueblo es que el hombre estaba en malos pasos. La contundencia de los hechos es que estamos ante un estado fallido que se esfuerza y gasta recursos en demostrar lo contrario. No importa de dónde provengan los huérfanos de esta guerra. ¿Qué futuro país nos imaginamos con estos niños sembrados en medio de la sangre de sus padres? No se vale. Nos da una Amarilla Rabia como la que nos produce el impune asesinato de Héctor Meza, uno de los pocos directores de Cultura de los municipios de Morelos que han entendido que su chamba no es ser el salón de fiestas de su “presi” municipal. Héctor fue un promotor cultural que emprendía acciones culturales y artísticas claras, profundas y no banales como casi todos sus pares. Lo siento, pero estamos lejísimos de que se haga efectiva la Ley de Cultura y Derechos Culturales del Estado de Morelos (que además nunca contempló los derechos de los artistas) porque pervive el menosprecio de la acción cultural por parte de la mayoría de los titulares de las alcaldías y porque los titulares del ramo ni siquiera cumplen con el perfil para serlo. Héctor Meza lo cumplía plenamente en un municipio cooptado por el crimen y hacía más de lo que el deber le exigía. 

Terrible si los artistas de Morelos no levantamos la voz en un ¡Ya basta! contundente. No más impunidad. Por la Paz paremos esta masacre. No es verdad, presidenta Sheinbaum, que la guerra ha terminado. El pasado terminó el día en que a Andrés Manuel le pusieron la banda presidencial. Lo demás es omisión, de su antecesor y suya. Yo le doy el voto de confianza, pero cambie el discurso, ya se agotó. 

JAIME CHABAUD MAGNUS