SIMBOLO

 

“¿Viste que en el número de diciembre de la revista Polo Norte, cuestionan tu trabajo?”, comentó la señora Claus sacando del horno unas galletas Snickerdoodles. Las colocó en una rejilla para favorecer la evaporación de las apetitosas figuras humeantes. Su esposo, tentado por probar una le preguntó si sus detractores eran oponentes al espíritu navideño. Preguntó si existía una relación de causa- consecuencia entre la desaparición progresiva de la decoración navideña de las tiendas y calles de algunas ciudades y la bondad humana sustituida en ocasiones por la falsa amabilidad.

¿Por cuenta de quién trabaja Santa, el regordete flojo, según comentarios desavenidos de la revista? El hombre no labora más que una noche al año. Sin embargo, sus percepciones le permiten vivir los 364 días siguientes sin carencias económicas. Otro detractor suyo alegaba que era, al contrario, un empresario de alcance mundial quien tenía a su cargo un equipo de elfos dedicados a fabricar juguetes todo el año, un criadero de renos. Su ayudante, la señora Claus, además de la repostería casera cumplía con la función de recabar las cartas de los niños, clasificarlas y pasar los pedidos a los elfos. Uno de los más acérrimos contaba que la marca más vendida de bebidas gaseosas negras, además de apropiarse de su imagen, nombre y vestimenta, le había causado daño por consumir tantos litros al día de su bebida. ¿Dicha empresa sería entonces quién le paga el sueldo a Santa? Es vergonzoso, alegaba otro grinch en la revista. Este hombre distribuye los regalos por igual a los niños bien portados o insoportables, pero se caracteriza por discriminar a los niños cuyos padres no cuentan con los recursos suficientes para festejar la Navidad. La cereza en el pastel – no en las galletas de la señora Claus porque son de canela- puede ser atribuida A la persona que preguntó quién era en realidad aquel hombre jovial que al parecer todo el mundo conoce pero que nunca ha sido entrevistado personalmente. De esta parte, se han encargado irrespetuosamente los clones de supermercado o los actores de Hollywood que han encarnado su papel en las historias navideñas de bajo presupuesto.

Aquella noche de preparación intensiva por su esposa, Santa Claus decidió que como nadie le hace regalos a él iba a considerar este año quedarse en casa disfrutando del cielo polar iluminado, tomando un ponche de huevo donde sopear sus galletas caseras. La señora Claus opinó que su actitud iba a ser interpretada como una huelga o, peor aún, una guerra atípica que ningún niño ni adulto iba a entender. Con afán de volver a fomentar el espíritu navideño, le propuso cumplir cabalmente con su misión este año y preparar el siguiente con nuevas resoluciones: entregar regalos valiosos como tiempo compartido entre seres queridos, abrazos infinitos, risas, sorpresas que no afecten la armonía. Entre las propuestas que el mismo Santa optó por mandar a la revista haciendo uso de su derecho de réplica encontramos la de bajar de peso refiriéndose a él y a la señora Claus. Puesto que este cambio implicaba dejar de comer las Snickerdoodles, prefirió diferir la decisión y finalmente no mandó nada a la revista Polo Norte. En este momento de hecho está comiendo la última galleta horneada sin haber convidado ninguna a su esposa, pero ésta ya es otra historia.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX