

Durante la etapa adulta la supervivencia humana nos lleva a generar fortaleza respondiendo al instinto de enfrentar las batallas que la vida pone enfrente lo que te lleva a convertirte en un trabajador que día a día se enfrenta a las problemáticas sociales, económicas e incluso políticas buscando la paz del futuro y la estabilidad del presente, muchas veces dejando atrás sueños de infancia y la idea de no cumplir metas que en la juventud motivaban la existencia. Se guardan emociones, los recuerdos se acumulan como pequeños cuentos que dan estructura a tu propia historia y poco a poco acumulas una serie de vivencias que con el tiempo reaparecen como fábulas que hubieras deseado entender en ese momento.
La vida se acelera y la cotidianidad absorbe el alma humana llevándolo a una carrera donde el freno no se alcanza, si a esto se añade la fortuna de ser padres, las angustias y los pensamientos toman una dificultad casi filosófica donde comienzas a cuestionarte cada acción, palabra y expresión, preocupándote desde ofrecer las condiciones de vida que quizá tú no tuviste hasta cuidar una crianza que la sociedad complica con la variación de opiniones y propuestas de especialistas acumuladas y mezcladas con un inconsciente que intenta gritar desde las acciones. Con forme pasan los años las críticas de los hijos se van guardando en un pequeño cajón dentro del pensamiento de los padres sin derecho a refutar, simplemente se acumulan y nuevamente el individuo mantiene la fuerza para seguir caminando y escribiendo su historia de vida.
Cuando llega la tercera edad, el cuerpo entra en un proceso biológicamente conocido como catabolismo donde cada órgano comienza a perder su fuerza, el metabolismo no funciona a su 100%, el cerebro disminuye su velocidad y todo pareciera funcionar más lento; frente a esto, la vida laboral disminuye o desaparece, la paternidad y maternidad se modifica y mucho de lo trabajado en la adultez comienza a dar frutos pero surge un problema del cual poco se habla: la idea de no servir no solo ante los ojos de la sociedad, si no también frente a una percepción individual de debilidad e inutilidad que se alimenta de los discursos que comienzan a escucharse por parte de hijos y médicos.
De una manera muy peculiar, muchos hijos se auto perciben como los padres de sus padres ante la idea particular de adquirir la capacidad no solo de juzgar si no también de controlar las acciones de sus padres con el argumento de una sabiduría falsa y la recopilación de actualizaciones tecnológicas en el ámbito médico que ofrecen un acto muy curioso: no envejecer, un acto inhumano que promueve la falsa idea de retroceder el tiempo en un cuerpo que ha ofrecido su máxima funcionalidad. Se intenta borrar las arrugas de una dermis que ya no cuenta con las suficientes proteínas para su elasticidad, se ofrecen antioxidantes de alto valor en el mercado que venden la idea de evitar la degeneración celular, promueven una serie de dietas donde se agregan alimentos que nunca fueron consumidos y que muy probablemente no serán del agrado total al paladar pero que con un sustento bioquímico garantiza una mejora metabólica; por lo tanto las indicaciones médicas y familiares se basan en un contexto de negación y agresividad ante la vejez.
Muy pocas veces se les deja hablar u opinar respecto a los procesos que comenzarán, creemos desde la posición de especialista que conocemos con detalle todos los procesos metabólicos y los cambios a los que el cuerpo será expuesto con el pasar de los años olvidando el rasgo humano y dejando atrás la historia y cúmulo de sensaciones así como anécdotas que determinan a un adulto mayor; callamos sus historias, dejamos de creer en lo que sienten, los obligamos a comer alimentos que jamás pertenecieron a su dieta cotidiana e intentamos satanizar aquellos que les generan recuerdos de una infancia y juventud reducida a un cuidado de la salud meramente orgánica y muy poco humana.
Tristemente esta etapa de la vida se ve terriblemente reducida a “regaños” e indicaciones medicas omitiendo su expresión individual que poco a poco reduce al humano que ha vivido, sentido y experimentado desde su ambiente social y amoroso; nos aburren sus historias, nos burlamos de sus tradiciones, omitimos sus sentimientos y los dejamos mudos ante la deidad del conocimiento, olvidando que ninguna ciencia puede funcionar si el aspecto humano -con toda su complejidad- no se añade por lo que solo termina siendo un acto agresivo de sometimiento donde además de perder fuerza y funcionamiento orgánico, también se pierde la esencia traducida en una soledad auto inducida intentando, nuevamente, solo sobrevivir callando durante el final del camino toda la experiencia acumulada dejando de escribir su propia historia y esperando a que finalmente alguien respete y escuche detenidamente la respuesta ante un ¿Cómo te sientes?.


*Psico nutrióloga

