

DESTINO
Cuando me subí al avión, no dejé mucho detrás de mí. Me habían robado recientemente mis electrodomésticos, salvo el refrigerador y la lavadora que le regalé a mi madre en mi despedida. En aquel tiempo, mi vida sentimental era semejante al desierto de la desilusión; así no me llevé muchos recuerdos a bordo. En mis maletas, viajaba mi fiel laptop, un par de mudas completas y sobre todo muchas preguntas en torno a ese trabajo emocionante que uno de mis mejores amigos me había prometido. Instalarme en un departamento a mi gusto me requería una inversión de horas demasiado amplias así que me resigné con el segundo que visité. ¿Tiene buenas cerraduras?, pregunté. No tenga cuidado, en esta zona, no corre peligro. ¿Cómo puede estar tan segura esta mujer? me pregunté ahora en silencio para no despertar sospechas innecesarias en ella. La vista del departamento sobre las olas que se quebraban en una música entusiasta me relajaba. El contenido de la maleta quedó instalado en el closet en un santiamén. Alcancé a mi amigo en un bar de la colonia donde habíamos convenido en festejar mi llegada. Claro, no olvidé previamente llamarle a mi madre para avisarle que había llegado bien, que el clima era agradable, que había comido lo suficiente en el avión y que no había olvidado ni mi cepillo ni mi hilo dental. Consulté Google Maps para llegar a mi destino. La voz sintética me guiaba por las calles, omitiendo avisarme de la presencia de los otros transeúntes. Fue así como me tropecé con ella. Se perfilaba un momento de alta intensidad para el cual no estaba preparado y, tal vez, ella tampoco. No sabía si disculparme o preguntarle por su nombre. Mi voz no me respondía. Escuché salir de sus hermosos labios una palabra: Angélica. Me saludó de mano. Se la estreché demasiado fuerte. Se rio o eso quise pensar que hizo. Mi timidez se impuso. No logré decirle estas simples palabras: soy Renato. Su cara interrogativa estaba esperando al menos un sonido mío. Después de unos segundos que me parecieron minutos, le contesté: mi nombre es Renato. ¿Eres extranjero?, nadie se presenta así. No, vengo del norte. Norteño. Muy bien. Los del norte suelen ser directos y francos. Vengo del norte, pero mi madre es oriunda de la capital. Seguía literalmente paralizado por su belleza. Ella desistió. Se despidió con una larga sonrisa que, hasta ahora, pasados unos quince años bien transcurridos, no he podido olvidar. El huracán barrió mis esperanzas junto con la ciudad, dejando un saldo devastador en su trayectoria costeña. Pude tomar un vuelo de regreso sin mi maleta a última hora. Me instalé en casa de mi madre. Conseguí un trabajo nuevo. Conocí a Florencia. Quedó embarazada a los dos meses de conocernos y de ahí en adelante, perdí el control de mi vida entre la incapacidad de negarle algo a mi ahora esposa. Lo mismo ocurrió con mi jefe. Los dos volvieron mi vida, un infierno al que yo, por callado, estaba consintiendo muy a mi pesar. Cuando mi hijo mayor cumplió dieciséis años, le conté la historia de mi encuentro con Angélica. Tuve el atrevimiento de decirle que ella había sido la mujer de mi vida por quince minutos. ¿Cómo puedes estar tan seguro, papá? Ni la conociste. A lo mejor, quedarte con ella iba a ser la peor idea de tu vida.
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM

