ROMANTIZACIÓN

 

Carmina, mujer pugnaz, dirigente de una marca de alta costura no toleraba las respuestas negativas de sus colaboradores en ninguna de sus presentaciones: su versión diferida y evasiva de “ahorita”, “al rato” o bien, presentado con más sutileza, “me parece interesante, pero qué tal si…”. La propuesta más horripilante para Carmina, que emanaba a veces de su círculo cercano, era sin la menor duda un “no” a secas, crudo, aunque el tono usado para pronunciarlo fuera lo más suave posible. Dicha respuesta evacuaba de tajo cualquier duda y eso le resultaba inaudible a ella. Quién la reconocería en sus aventuras sentimentales, tan dócil y crédula. Desde joven se había sacudido las advertencias maternales, argumentando su madurez precoz y pronta definición de su itinerario profesional impecable. Ahora al frente de un grupo mundialmente reconocido debía aceptar que su vida personal se veía afectada. Nadie más que hombres casados habían intentado seducirla con promesas baratas.

Adolfo, el nombre es ficticio porque el hombre trabaja en la empresa de Carmina como diseñador y quiso mantener el anonimato al compartir su historia conmigo, su amiga.

Yo le mandé un mensaje privado un día para pedir su opinión en cuanto a un vestido en particular esbozado por un compañero. Mi intención no era de ninguna forma presentarme ante ella como un sujeto envidioso o dispuesto a traicionar, sino a dejar de ser invisible. Lo primero fue concluir mi mensaje con mi nombre completo, no sin antes haber cambiado mi foto de perfil por uno más atractivo, sin filtros. Logré captar su atención. Me contestó agradeciéndome mi interés por la empresa e invitándome a tenerla al corriente de cualquier idea mía. Me sentí halagado, pero quería más, así que me atreví a enviar un mensaje más personal y a la vez conectado con la esfera profesional. Intrigada me siguió contestando. Como el pez estaba mordiendo el anzuelo, entré en la segunda etapa, proponiéndole invitarla a tomar una copa para seguir la conversación encaminada a la nueva colección de verano. Ella aceptó, pero yo fui posponiendo la fecha del encuentro con gran maestría.

Después de una semana de intercambiar mensajes con Adolfo, Carmina experimentó sentimientos desencontrados, provocados por la manera en que su empleado se comunicaba con ella, alternando comunicados intempestivos, seguidos por largos periodos de ausencia. Se sorprendió una noche en esperar una respuesta de Adolfo. De haber sabido Carmina que el hombre se encontraba en un bar conversando con una mujer dispuesta a seguirlo después adonde fuera, hubiera borrado el pergamino digital generado en los primeros días, que ella volvía a leer una y otra vez buscando señales de aprobación del hombre, descifrando los emojis, escrutando el tiempo de respuesta y el número de signos encerrados en el mismo.

“La historia que me estás contando hija mía no es romántica, es tóxica” le advirtió sin miramientos su madre. El tal Adolfo es un sinvergüenza que busca confundirte y jugar con tus sentimientos y tú lo único que haces es justificarlo. ¿Cuándo vas a aprender, Carmina, que cuando un hombre quiera estar contigo va a buscar todos los medios para hacerlo? Abre los ojos por el amor verdadero que sentirás algún día. Despide a este Don Nadie que tienes de empleado, por cierto, y haz caso a los diseños de Nacho, son originales y de buen gusto. Es una pena que esté casado, ese hombre sí vale la pena.

NB: Adolfo ya no quiso contarme sus aventuras desde que yo las narraba en el periódico. Es una lástima porque tiene muchas en reserva y más aún por venir, desafortunadamente para sus próximas víctimas.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX