Mantra

 

6:30 am. Jocelyn recorre una distancia imaginaria registrada por la caminadora de su gimnasio personal sintonizando por medio de audífonos bluetooth una letanía de mensajes positivos que se repiten en bucle: Deja que el último amanecer del mes pinte tus metas con colores esperanzadores. Cada final es un nuevo comienzo disfrazado. Al lado de la máquina, un termo que contiene un coctel de proteínas sabor fresa con coco espera el final de la rutina para terminar de ser consumido. Jocelyn compró la quincena pasada una caja de barras de granola, pero desde entonces, se ha resistido a abrirla. Ha pensado en regalarla en la primera oportunidad que se le presente.

7:00 am. Activa desde su celular la aplicación Vida activa mientras maneja a vuelta de rueda para no desperdiciar un solo segundo. Es preciso recordar que no se despidió antes de su familia porque vive sola con un hámster que da vueltas mecánicas en su rueda para no caer en el aburrimiento de su vida entre barrotes de su caja metálica, la más pequeña que Jocelyn adquirió en la tienda de mascotas el día en que se llevó a Tomaso, su hámster de compañía y de fotografías publicadas en Instagram.

8:00 am. Entra a su oficina canturreando “Yo amo la vida, la vida me ama” al mismo tiempo que una vocecita interna le murmura insistentemente no olvidar sus asuntos pendientes. Recordar no irse de la oficina antes de haber resuelto los casos de dos empresas de alimentos congelados. Jocelyn desecha aquellos pensamientos parásitos que invaden su día perfecto.

8:32 am. Con cara de descontento manifiesto, su jefa irrumpe y le deja varios documentos subrayados de tinta roja encima de la charola atiborrada de papeles. Se retira sin prestarle mayor atención a su ex empleada del mes. Jocelyn coloca los oficios por debajo de una pila de papeles semejantes con un post encima.

Su día laboral transcurrió envuelto en la misma rutina acostumbrada, hecha de comunicaciones telefónicas, emails para atender a sus clientes hasta la hora de la comida en la que aprovechó para convivir con José, su eterno enamorado que jamás se había atrevido a declarar sus sentimientos por temor a ser rechazado.

Jocelyn regresó a su domicilio antes de las cinco de la tarde. Preparó una cena ligera antes de ponerse a revisar sus redes sociales hasta entrada la noche. En algún momento, quedó dormida en el sillón. El hámster seguía dando vueltas en su rueda, esperando en vano su alimento. Le ganó el agotamiento y durmió.

Jocelyn amaneció sorprendentemente atormentada, al punto de no escuchar sus mantras matutinos. Se dirigió directamente a su oficina. Durante el trayecto, su mente no paraba de repetir en modo disco rayado las siguientes oraciones: No debo prejuzgar, cuidado con caer en el sesgo de aprobación, abro mi mente, recibo antes de cualquier cosa la información completa. Cuando llegó a la puerta principal de la empresa deslizó su credencial, una alarma se activó y el guardia le entregó en un sobre su carta de despido irrevocable por haber perdido el cincuenta por ciento de su cartelera de clientes. Jocelyn trató en vano de programar el modo replay en su mente para conseguir una nueva oportunidad. Abrió entonces la caja de granola y le regaló un trozo al hámster quien le sonrió por primera vez.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX