CONSENTIMIENTO

 

Ella es Camila, una mujer entrada en los treinta cuyas vidas personal y profesional se ejercen despreocupadas. Con cierta dosis de un atrevimiento controlado, procura encontrar satisfacciones inmediatas en cualquier ámbito. Recientemente le otorgaron un ascenso como jefa de marca. Para celebrar el éxito que todos sus amigos coincidieron en calificar con el adjetivo consagrado de merecido, Camila llevó el festejo hasta la madrugada bailando, bromeando y tomando todas las copas que no había tomado en un año. Su mejor amiga le aseguró que la iba a llevar segura a su casa porque él se encontraba sobrio por obligación de tránsito. La festejada tomó la precaución, antes de ingresar al antro, de avisar a su hermana mayor de su paradero, por cualquier eventualidad, le dijo antes de colgar. Iris quedó conforme con el aviso y registró en el celular la ubicación del antro antes de caer rendida en la cama por exceso de trabajo y un poco también por exceso de rosca de reyes. Por sorpresa, le tocó el muñeco blanco de plástico, evento que no había sucedido por años. Uno de sus dientes aún recuerda dicho momento con dolor que le hubiera gustado evitar.

Él es Héctor, hombre de familia, casado con Gina desde que acabaron la carrera. Esta noche viste una camisa blanca y un pantalón negro ajustados que dejan ver su cuerpo acostumbrado a los entrenamientos diarios en el gimnasio próximo a su domicilio. Baila muy juntito con Camila. Ellos fueron novios durante una escasa semana cuando cursaban tercero de secundaria en la capital del país. Recuerdan la atracción que experimentaron a temprana edad, brindando y bailando.

Camila se encuentra con la blusa desgarrada adentro de su coche. Quisiera llamarle a su mejor amiga, pero no encuentra su celular. Espera en su asiento, lista para encender el coche.

Héctor divaga por la calle apestando a las bebidas consumidas. No encuentra su vehículo. Pasa una pareja de enamorados, se asustan de sus gritos y prefieren cruzar la calle. De pronto, ve a Camila en la banqueta contraria y le hace una señal.

Ella arranca ferozmente el coche y lo arrolla, sin su consentimiento. Desde la esquina donde dio vuelta, la pareja escucha gritos desgarradores, pero deciden seguir su camino.

A lo mejor eso esperaba Héctor, vestido de manera provocativa, solo en la calle. Además ¿qué hacía él, entrada la madrugada, en la trayectoria que emprendió el coche de Camila? ¿Acaso expresó de manera contundente su rechazo antes del impacto vehicular? A esta lista no exhaustiva de preguntas especulativas que suelen formularse en torno a las mujeres víctimas de violación para cerciorase de que ellas no asintieron, se pueden agregar muchas más.

Durante ambos juicios, él se defendió, acusándola de exagerar los hechos de una relación consensuada puesto que ya habían sido novios anteriormente. Al principio, fue su palabra contra la de ella, también enjuiciada por vengarse del hombre queriendo acabar con su vida. Ella reconoció su acto de agresión para con él por encontrarse desesperada. Sí pudo haber ido a denunciarlo, pero tuvo miedo de no ser escuchada, de ser señalada como la que lo provocó.

Aquella noche, ella fue Camila, pero pudo haber sido Violeta, Sandra, Ana, Dulce, Edith o cualquier nombre femenino que no esperaba terminar la noche de forma violenta.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX