En esta situación, nos abandona hasta la propia familia

María Elena Luna Sánchez, colectivo La Voz de los desaparecidos en Puebla

Mi nombre es María Elena Luna Sánchez y en el año del 2011 sufrimos por primera vez la desaparición forzada de cuatro familiares: Fernando Martínez Torres, José Antonio Luna Soriano, Luis Popoca Soriano y Alejandro Sánchez Evangelista; y en 2021, desapareció mi hijo, Saúl Rojas Luna. Mis familiares desaparecieron en Veracruz: mi cuñado tenía una tortillería y ese día fueron a cargar maíz, para después pasar a descansar en la playa. Salieron de a las nueve de la mañana, iban a Zamora por el maíz, pero antes pasaron a Poza Rica. Nunca llegaron. Fuimos a hacer búsqueda, nos íbamos por semanas, agarrábamos maletas, pero no conocíamos de ningún colectivo, nada más éramos familiares, íbamos a la pega del boletín y a tocar puertas, a preguntar con los vecinos. Se nos hizo muy difícil.  Mi hijo se dedicaba a hacer muebles rústicos. Cuando cayó la pandemia muchas personas se quedaron sin empleo y no quisieron pagar; él iba a cobrar por la zona de Tecamachalco, denominado como el Triángulo Rojo. Cuando mi hijo salía a la calle yo siempre le decía que no llegara muy tarde, por la inseguridad. A veces no escuchaba cuando le marcaba porque siempre andaba en la moto. Yo me desesperaba cuando no contestaba porque tenía la amarga experiencia de mis familiares. Al principio uno piensa que se fueron de parranda o con la novia, pero cuando cae la noche, al otro día, cuando los teléfonos siguen apagados, es cuando uno se empieza a preocupar. Ya traía ese miedo conmigo. El último día que tuve comunicación con mi hijo Saúl fue el 7 de septiembre del 2021 aproximadamente como a las ocho y media de la noche. Recuerdo que ese día tembló y él me mandó un mensaje para ver cómo estaba y preguntar por su hermano. Ven a verlo, hijo, le dio el covid, y pues yo estoy mal de salud; necesito verte, le dije. Sí mamá, no te preocupes, voy en la semana, contestó. Pero en ese lapso, la conversación se cortó, y yo por más que le escribí, ya nada. Yo sentí como una daga en el corazón, un miedo, un sentimiento que no podría explicarlo. Cuando él desapareció, se me hizo muy difícil porque toqué puertas sola, no sabía cómo iniciar una búsqueda, cometí muchos errores, ni siquiera fui a poner una denuncia. Uno de mis errores más grandes fue compartir mi número en los boletines y en la prensa. Sufrí muchas llamadas de extorsión. Un día que fui a Semefo, me encontré con las compañeras y empecé a trabajar con ellas. Desde entonces mi caminar se ha hecho un poco más… Ya no me siento sola. Desgraciadamente en esta situación nos abandona hasta la propia familia, nos ven como si tuviéramos un cáncer y se alejan de nosotros. Ahora sí que con el colectivo he encontrado el apoyo que en mi familia no tengo.

Transcripción por Jazmin Aguilar, Laboratorio de Contra/Narrativas, CIIHu.

Foto: Cortesía de la autora.

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