

Alguna vez la escritura literaria en Latinoamérica halló refugio en el periodismo y en la crónica publicada en revistas y periódicos. Lo práctico: la redacción de esos textos, con un formato y extensión preestablecidos, paraban la olla (o la condimentaban) mientras en otro lado, más solitario e invisible, se escribían cuentos, novelas, ensayos o poemas, es decir, textos, si bien acosados por cierta idea de la tradición literaria, más libres en cuanto a lineamientos formales y comerciales. Resultaba: se podía vivir de la escritura, aun cuando con la publicación periódica se tratara de otra escritura, cuyas resonancias, sin embargo, lograban incluso alterar o hasta motivar de alguna manera el entramado de la obra de ficción (la redacción de Los siete locos comienza luego de una nota periodística del propio Arlt acerca de un crimen). Son muchos, demasiados, los casos posibles de citar, pero lo importante está en cómo la escritura se las arreglaba para defenderse en dos frentes comunicados, por supuesto, mediante el flujo del dinero. Después vinieron las becas, los auspicios del Estado, los premios, además de la presencia de la universidad como otro amparo: profesores y profesoras con un pie en la cátedra y otro en la escritura literaria y a ratos en la prensa, doble o triple militancia que hoy, en casos privilegiados, se mantiene. También está el trabajo en editoriales, la llamada corrección de estilo, la venta de libros (incluso los de cuño propio) o lisa y llanamente el trabajo aparentemente por completo distante de la práctica literaria, salvo si se considera que todo, como se ha visto, puede ser tragado por la literatura.
Una pregunta antigua: ¿es un trabajo escribir literatura? ¿Una acción dispuesta para ser remunerada? ¿O se trata de una práctica impagable, no profesional, difícil de regular en los términos de una transacción y que requiere, para subsistir, acoplarse a otras actividades pagadas? ¿O hay escrituras y escrituras? Una distinción, ya clásica, de Barthes: escritores y escribientes; los primeros, imbuidos en la materia del lenguaje, tienen en la literatura su único fin; los segundos, al considerar al lenguaje como un material o un vehículo, escriben conforme a un fin, podría decirse, externo a la literatura: detentar (o impugnar) el poder. Intransitivos y transitivos, la palabra del escritor es morosa en comparación a la palabra humeante del escribiente: hay una exigencia de la propia circulación que trabaja con los tiempos y las formas de la producción.
Pero, así las cosas, ¿hay escritores puros, cuyas manos no se manchan con la tinta de las imprentas periódicas ni con el polvo de las aulas? Barthes, de nuevo: “No hay ningún escritor [écrivain] que un día u otro no sea digerido por las instituciones literarias”. Por otra parte, ya desde la misma década de los sesenta en América Latina, la publicación en revistas y suplementos culturales, según Claudia Gilman, constituía “un soporte imprescindible para la constitución del escritor en intelectual, puesto que supuso la difusión de su palabra en una dimensión pública más amplia”. La separación no es, por tanto, tajante ni pura, y el mismo Barthes reconocerá intercambios y movimientos entre las dos posiciones, los cuales motivarán el surgimiento de “un tipo bastardo: el escritor-escribiente”.
Hoy, cuando el periódico impreso desaparece en el infinito digital, agreguemos a un cuarto personaje sobre el escenario: quien escribe sin ese flujo, sin ese puente monetario que antes comunicaba las dos esferas de la escritura. Personaje excepcional, funambulista del alambre, este bastardo sin gloria escribe sin estipendio alguno y únicamente es leído (a veces) por sus amistades, gracias a la desesperada promoción de esa especie de agencia de autopublicidad en que se ha convertido. Quizá sea este, finalmente, el artista genuino: casi un aristócrata o un lumpen del espíritu, vive del aplauso, de las pifias, aun cuando entre sus textos se halle avisaje pagado. Su especialidad no es tanto la escritura como la venia ante el respetable, el cual muchas veces, absorto como está en su propia imagen, enmudece. Pero atención: al incurrir reiterada y majaderamente en la venia, a este servidor se le puede trabar el nervio y quedar, así, a medio camino en una posición que, convengamos, nunca ha sido decorosa. Hecho lo cual, se retirará avergonzado, vagamente humillado, inadvertido, disimuladamente: en silencio, mientras cae el telón.

Foto: Martín Cinzano

