México atraviesa un momento terrible: el país entero habla, protesta, grita… y el gobierno responde con sombras. Mientras aquí abajo se vive el miedo, allá arriba se pelean contra fantasmas. Es como si cada tragedia prendiera una fogata y, en lugar de mirar el incendio, el poder preguntara quién se atrevió a denunciarlo. En este país donde los muertos tienen nombre y los criminales también, el gobierno ha preferido darle rostro solo a un enemigo imaginario:
la ultraderecha, ese espectro conveniente que lo explica todo… excepto la realidad.

Porque la realidad, esa que no aparece en la mañanera, es más simple y brutal: la gente protesta porque tiene miedo y porque está sola. Y ante ese miedo, la respuesta del poder no ha sido protección, ni escucha, ni siquiera duda, sino descalificación.

En Michoacán, un alcalde pidió ayuda hasta el cansancio para frenar a los criminales que asesinan trabajadores, extorsionan a productores y controlan pueblos enteros. No pedía privilegios; pedía auxilio. Lo mataron después de advertir, decenas de veces, que lo iban a matar. La ciudadanía salió a protestar, indignada, rota. ¿La respuesta del gobierno? Que detrás de las protestas había intereses oscuros. Que la gente no protestaba por miedo, sino por manipulación. Que no era dolor: era complot.

Poco antes, también en Michoacán, un líder de productores de limones fue asesinado tras denunciar la extorsión criminal. Nadie en el gobierno lo escuchó. Nadie lo protegió. Cuando la gente exigió justicia por él, otra vez la misma letanía: ultraderecha, adversarios, enemigos del pueblo. Como si nombrar al enemigo imaginario borrara al enemigo real.

No son casos aislados. La generación Z salió a marchar por algo tan elemental como su derecho a un país donde no los maten ni desaparezcan. Salieron por miedo y reclamando un futuro que no existe. Antes de que la marcha completa llegara al Zócalo, apareció un grupo de provocadores violentos que arrojó piedras y petardos. Los policías no detuvieron a los agresores: se fueron contra los jóvenes, los ciudadanos que solo marchaban o permanecían de pie con la bandera de México. Golpes, detenciones, acusaciones.

¿Y cuál fue la lectura del poder? “La ultraderecha manipuló a los muchachos. Hay un complot internacional en nuestra contra”. Incluso mostraron en televisión nacional los datos personales de jóvenes que habían convocado la marcha, como si fueran criminales peligrosos, como si pedir seguridad fuera una provocación. La violencia contra los jóvenes fue real. El complot internacional fue, otra vez, imaginarlo.

Luego vinieron los transportistas y los agricultores. Unos protestaban porque ya no querían morir en carreteras dominadas por asaltantes y secuestradores. Los otros porque han sido ignorados durante años en sus reclamos de precio y dignidad. El gobierno repitió la fórmula:
ultraderecha, sabotaje, enemigos del pueblo. PRI, PAN, PRD, la lista de siempre.

No importó que fueran trabajadores, campesinos, choferes, productores.
No importó que vivieran en el filo del miedo cotidiano.
Lo único que importó fue mantener intacta una narrativa en la que el poder siempre tiene razón y el ciudadano que reclama siempre está equivocado, es manipulado o es enemigo del pueblo.

Pero quizá nada revela mejor la normalización del desprecio que el trato hacia la viuda del alcalde asesinado. Esa mujer valiente que vio morir a su esposo frente a sus hijos y aceptó gobernar porque su comunidad se lo pidió. No buscaba un cargo; buscaba no abandonar el lugar donde dejó la vida su marido. El senador morenista la insultó. La tachó de oportunista. La acusó de estar aliada con fascistas. En pleno Día Internacional para Eliminar la Violencia contra las Mujeres, esta figura nefasta pero prominente del oficialismo la atacó, y la secretaria oficialista encargada de proteger a las mujeres apenas alcanzó a susurrar una condena tibia, seguida de una excusa a favor del agresor: “es que al senador lo critican de más porque causa polémica”, dijo.

Este es el país que la narrativa oficial no quiere ver: uno donde se normaliza golpear a jóvenes, insultar a viudas, ignorar a campesinos y callar ante criminales que gobiernan regiones completas. Mientras tanto, cuando se señala la podredumbre adentro, la respuesta es idéntica, sacada del manual de la 4T: “es la ultraderecha la que reclama, los conservadores que organizan, los enemigos del pueblo que quieren mantener sus privilegios”.
Los políticos aliados involucrados en escándalos quedan protegidos. Los criminales con vínculos políticos reciben cobijo. Los fraudes monumentales se explican con silencios y exoneraciones. La sombra de la ultraderecha sirve incluso para eso: para borrar responsabilidades, para justificar negligencias, para absolver a los intocables.

No es un problema de errores aislados; es un método.
Este gobierno no gobierna problemas: gobierna narrativas.
No habla del país que arde: habla del enemigo que inventa.
No reconoce su incapacidad frente al crimen: reconoce conspiraciones.
No escucha reclamos: clasifica adversarios.
No protege a los ciudadanos: protege a los leales.

En el México de la 4T, cada tragedia viene acompañada de una segunda agresión: la negación del dolor, la sospecha sobre la víctima, el insulto al que protesta, la humillación al que exige, la burla al que denuncia, el silencio ante el criminal útil.

El verdadero hilo que une estas historias no es la violencia del crimen organizado ―esa, todos la conocemos― sino la violencia del Estado hacia los ciudadanos: ese gesto frío, repetido, mecánico, que convierte cada reclamo en traición y cada víctima en enemiga.

Y en ese clima, ¿qué queda? Queda un país que se desangra mientras el poder se mira en un espejo roto admirando su belleza maquillada con complots, conspiraciones, ultraderechas y enemigos imaginarios. Queda un gobierno que no enfrenta la realidad, la distorsiona a modo.

México no está indignado porque haya crimen y corrupción. Eso lo hemos sufrido por décadas. México está indignado porque el gobierno se burla del dolor, protege al perpetrador y acusa al herido.

El país grita por auxilio.
El poder grita “ultraderecha”.
Y así, entre asesinatos, extorsiones, viudas insultadas, jóvenes golpeados, explosiones de pipas, ciudades inundadas y comunidades abandonadas, la realidad queda siempre al margen, reemplazada por un fantasma conveniente.

La ultraderecha, esa criatura inventada, lo explica todo.
Todo, menos la verdad.

*Instituto de Ciencias Físicas, UNAM / Centro de Ciencias de la Complejidad, UNAM

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Maximino Aldana