


Las referencias hacia el cuerpo del indígena en el siglo XVI constituyen un universo que vale la pena matizar, sobre todo si consideramos que se trata de un contexto que asumía diferencias histórico-políticas como ontológicas. En este universo, el cuerpo indígena es inferior al cuerpo de los españoles, sumido en el orden de los animales y, en el peor de los casos, era comparado con el cuerpo de los simios. Esta visión extrema se complementaba con la versión de una corporalidad inferior en fuerza y capacidad para el trabajo, a todas luces el cuerpo indio era algo totalmente otro, algo cuya naturaleza era distinta a todo registro. En este contexto, el alegato de inferioridad corporal indígena se intensifica, digamos que adquiere una dimensión distinta, ya que se estableció como el locus de lo monstruoso, lo desviado y peligroso que debe ser contenido, reformado y purificado.
Por tal motivo, el cuerpo de los indios, en su plasticidad, se orientó hacia los marcos occidentales, se nominalizó, clasificó, valoró, bajo los parámetros y las exigencias de un poder colonial que exigía un fundamento material de sus objetivos e intereses. Todavía en el siglo XIX, para un autor como Vicente Riva Palacio, el indígena no era capaz de reconocer la belleza de los paradigmas estéticos occidentales; por ende, su cuerpo y la raza que lo determina expresan una fealdad de la cual no pueden escapar, lo que puede leerse en el tomo tercero de su monumental obra México a través de los siglos.
Bajo estas condiciones, la corporalidad indígena necesitaba un gobierno que fuera capaz de llevarla más allá de sí, sacarla de sus goznes para adquirir las formas y exigencias de una percepción ‘civilizada’, en el extremo, el gobierno colonial de los cuerpos exigirá de la corporalidad indígena el sacrificio último: extinguirse para dar paso a un cuerpo diferente, el de las así llamadas castas que dominarán el paisaje corporal del siglo XVII. La Evangelización, la castellanización, los castigos corporales al servicio de la religión y la persecución del paganismo son tan sólo algunos ejemplos de los procesos que articularon una subjetividad que, de acuerdo con la Doctrina christiana de fray Alonso de Molina, en una momento tan temprano, hacia la tercera década del siglo XVI, ya balbuceaba: “…Nehuapul, nitlatlacoani, ninoyolmelaua ixpantzinco in Dios…” lo que significa: “yo indigno, yo pecador, me confieso frente a Diosito…”. Ante el contento de los frailes exigían en los indios la misma conciencia doliente, culpable y pecadora que los gobernaba y que hacía de sus cuerpos industriosos, vigorosos y siervos fieles de una religión europea.
En este sentido, Teresa Martínez Terán ha realizado un minucioso estudio acerca de la percepción y la autopercepción de los indígenas como antípodas del hombre europeo. En este sentido, su libro Los antípodas. El origen de los indios en la razón política del siglo XVI es una referencia obligada, una vez más, en sus líneas me sorprendió encontrar que la lengua indígena representó un estigma para la generación que sufrió y sobrevivió la Conquista. De acuerdo con Terán, las características más importantes de esta percepción europea de los indios americanos es la necesidad de una justificación del origen de los indios dentro de los marcos bíblicos y grecolatinos, como si se tratara de una desesperada necesidad de remitirlos a sus propios presupuestos históricos, de acomodarlos a la fuerza dentro del universo grecolatino, vamos, de eurocentrarlos. Martínez Terán nos permite comprender cómo la subjetividad indígena fue producto de esta necesidad tan apremiante como arbitraria, pues se trata de un proyecto que intenta encontrar el origen de los indios en las tribus perdidas de Israel, pasando por la descendencia (γηνς) de Cam, cuando no los supone bajo la línea de Caín e, incluso, como hijos de los demonios más odiados por la tradición judeocristiana.
Así, queda de manifiesto la densidad de una percepción que violentaba el objeto de su percepción, casualmente de una manera tal que en el extremo permitió encontrar una justificación para la Conquista y la Evangelización. De tal forma, los monstruos y las desviaciones, así como los innumerables relatos de seres mutilados, contrahechos y deformes, tienen su origen en una percepción auto centrada que buscaba con ferocidad a sus antípodas, incluso al grado de inventarlos, para luego reducirlos dentro de su universo euro centrado.

Náhuatl, profesor de Tiempo Completo del Colegio de Morelos.

