

La semana pasada, el artista plástico morelense Ernesto Ríos abrió una exposición de obras de gran formato en el afamado Centro de las Artes de la capital de San Luis Potosí, que ocupa la Galería, muy cerca del ala permanente dedicada a la gran Leonora Carrington y que permanecerá abierta al público hasta el 10 de agosto..
La propia sede del Centro de las Artes potosino es una obra arquitectónica mayor, impactante cárcel del año 1905, construida a la manera del panóptico francés, con mirador central hacia todas las secciones de la cárcel de cantera rosa, en donde estuvo preso don Francisco I. Madero y más recientemente, luchadores sociales potosinos de los años cincuenta y sesenta, del movimiento navista, precursores de luchas ciudadanas posteriores en el país. El sitio y su pasado imponen, al caminar a un lado de sus muros exteriores de quizás seis metros de altura y con puestos de observación para sus anteriores vigilantes.
Las salas de la sección central de exposiciones, originalmente pequeñas celdas heladas con una microventana, cuentan ahora con un segundo piso que se ha destinado completo, para las grandes obras de Ernesto Ríos, colocadas e iluminadas muy cuidadosamente, bajo la curaduría experta de Gabriela Gorab, con muros que contrastan muy adecuadamente con la serie seleccionada esta vez por Ernesto. Uno va entrando en ella, en semiobscuridad, y las lámparas dedicadas a sus obras conducen a concentrar la mirada en ellas.
Se trata de óleos y acrílicos, y unas cuantas esculturas pequeñas en cerámica, que antojan a quienes nos han entretenido las matemáticas o al menos la geometría, a buscar patrones, sin exagerar tanto como el premio nobel John Nash, o el mismísimo Alan Turing. Su factura es cuidadosa, precisa, y las composiciones que suponen cada una de ellas, hablan de búsqueda de balances, no necesariamente simetrías, que de repente tienen espacio en ellas. También hablan de interiores de equipos de computación, electrónicos, diagramas de chips cuyos enredijos conectan, comunican, lanzan señales, como cada obra y en su conjunto, logra comunicar Ernesto Ríos.
En ellas predominan las minúsculas componentes cuadradas o circulares, colocadas en una malla invisible que conforma un velado patrón, con efecto a veces de vistas a ciudades nocturnas, espectrales, ultramodernas. Las profundidades ocurren en las tonalidades de los grises, algunos tonos metálicos, lo que permite cierta inmersión en las pinturas. En el fondo, el DNA de nuestras células es portador de códigos, cadenas que podemos simbolizar a la manera de Ernesto Ríos, en planos y espacios que nos abarcan. Sin duda, pese al dominio de las formas angulares, lo orgánico es parte del resultado conjunto de sus encadenamientos. A la distancia, eso nos ocurre también en tanto observadores, dando lugar a la visualización de formas curvas, así sea levemente, entre formas rectangulares.
A quien quiera en estas vacaciones visitar el bajío, le recomendamos pasar a San Luis Potosí, caminar desde el zócalo hasta la Basílica de Guadalupe, por la Calzada del mismo nombre, al lado de casonas de más de cien años con fachadas de cantera y portones y ventanales de clásica factura. Tendrá oportunidad de gozar del espacio público expresado en andadores, jardineras y el muy agradable bullicio de personas que caminan su ciudad y por supuesto, visitar esta excelente exposición y otras vecinas, del Centro de las Artes en que se encuentra. Las enchiladas potosinas les esperan en la Cenaduría, junto a la Basílica. Deliciosas.


Imagen cortesía de Ernesto Ríos

