

A lo largo de su libo Daños colaterales: Desigualdades sociales en la era global, Zygumnt Bauman (1925-2017) desarrolló la tesis de que la desigualdad en que vivimos actualmente no se trata en si de una falla del sistema, sino que más bien esta es una característica integral que permite la funcionalidad del mismo y consiente la exclusión de los más pobres. El 25 de diciembre de 1991 fue arriada la bandera de la Unión Soviética del Kremlin, este acto simbolizó la desaparición del primer Estado socialista de la historia, pero también marcó el inicio del desmantelamiento del principal contrapeso histórico al capitalismo. Han pasado exactamente treinta y cuatro años de aquel hecho y sus efectos siguen marcando la vida de millones de personas en todo el planeta.
Desde 1917, tras el triunfo de los bolcheviques, la Revolución Rusa, sobrevivió a una guerra civil, al cerco internacional y a una intervención armada de diversas potencias. Contra todos los pronósticos, no sólo resistió, sino que se consolidó y se convirtió en potencia mundial tras la victoria contra el fascismo en Europa en la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces, la sola existencia de un bloque socialista obligó a las elites capitalistas occidentales a moderar su voracidad. No por convicción moral, sino por miedo político, se vieron forzadas a conceder derechos laborales, seguridad social y salarios relativamente dignos. Como una forma de evitar brotes revolucionarios en sus países. Así nació el llamado Estado del Bienestar, la cara más humana del capitalismo (si es que algo así existe), no como un acto de justicia, sino como una estrategia defensiva del capital.
Es importante señalarlo con claridad que, en los países del socialismo realmente existente, sin empresarios multimillonarios a costa de la plusvalía de los empleados, existían miles de fábricas, complejos industriales y empresas estatales que daban trabajo a millones de personas. Eso derrumba el mito liberal según el cual el capital privado es el único capaz de generar riqueza y fuentes de empleo. Hoy, en cambio, vemos con más frecuencia como se rinde culto al “emprendedor millonario” que se hizo desde “abajo” pidiendo incluso inmunidad en el cobro de impuestos en nombre de una prosperidad que nunca llega a las bases de la estructura social. Este discurso del emprendedurismo funciona como ideología ya que convierte la acumulación privada en mérito individual, culpa al trabajador de su condición precaria y oculta las estructuras que reproducen la desigualdad.
El colapso soviético no fue un accidente repentino ni el efecto de un error único. Fue el resultado de una crisis prolongada que se combinó con el estancamiento económico, asfixia burocrática y una desconexión creciente entre el aparato del Estado y la sociedad. Conocido como el Estancamiento Brezhneviano de la década de los 70, la planificación económica perdió dinamismo, la innovación se estancó y la burocracia se convirtió en una casta con privilegios propios. La estructura que alguna vez había sido instrumento de transformación social terminó funcionando como freno.
A ello se sumó la parálisis política agravada por las prematuras y casi sospechosas muertes sucesivas de los líderes soviéticos Yuri Andropov y Konstantín Chernenko, en 1984 y 1985 respectivamente, que impidieron una reforma gradual y coherente, sobre todo como la planteó Andropov. Cuando finalmente Mijaíl Gorbachov asumió el poder en la URSS, sus intentos de reestructuración y de apertura informativa, es decir, la Perestroika y la Glasnot, no se aplicaron de manera escalonada ni controlada. Se liberalizó la expresión sin haber estabilizado antes la economía, se debilitó al Estado sin haber reconstruido sus mecanismos productivos, y se abrió la puerta a una restauración capitalista que terminó por desmantelar el sistema desde sus cimientos.
La URSS no fue vencida militarmente por occidente, se derrumbó por una crisis interna mal gestionada en un contexto de guerra económica e ideológica permanente. La crisis interna abrió la puerta no solo a la restauración capitalista en Rusia, sino a una reconfiguración global de la relación capital-trabajo que hoy padecemos. Tras el colapso soviético, Estados Unidos y organismos como el FMI y el Banco Mundial impulsaron ajustes estructurales que aceleraron privatizaciones y apertura comercial forzada, extendiendo un modelo económico que globalizó la precariedad.

El 25 de diciembre de 1991, simbolizó algo más profundo que el arriamiento de la bandera roja de la hoz y el martillo, marcó la liberación total del capital en el mundo frente a cualquier contrapeso histórico. Aunque el neoliberalismo ya avanzaba desde los años ochenta. Del mismo modo que el temor revolucionario provocó el Estado del Bienestar, la desaparición de la URSS levantó las barreras para reducir los derechos de los trabajadores, la privatización de los bienes públicos y la normalización de la precariedad como forma de vida.
A más de treinta años de la caída del bloque soviético vemos sus resultados con claridad, salarios estancados, empleo inestable, sistemas de salud colapsados, una crisis de vivienda convertida en paisaje cotidiano y multimillonarios con fortunas cada vez más obscenas. No es casual que países como Grecia, Corea del Sur o Argentina gobernados por la derecha, se discuta abiertamente ampliar la jornada laboral hasta por doce horas. En pleno XXI, pese a los avances tecnológicos, se nos empuja de regreso a condiciones de trabajo propias del siglo XIX. Lo más grave es que esta regresión es presentada como virtud. Trabajar doce horas es “esfuerzo”, “merito”, “compromiso”. Exigir derechos básicos es visto como flojera de comunistas en contra el éxito empresarial. Aspirar a una vida digna es tachado de “resentimiento”. Así, la explotación deja de verse como injusticia y se convierte en identidad.
Ese es, en el fondo, uno de los principales saldos históricos de la caída de la Unión Soviética, la naturalización de la desigualdad y la transformación de la miseria en destino. Sin un contrapeso político real, el capital no reconoce límites. Y sin memoria histórica, los pueblos terminan llamando progreso a su propio retroceso. Finalmente, aunque el escenario mundial luce adverso, me gustaría desearles un feliz año nuevo a todos quienes cada quince días siguen mis columnas en La Jornada Morelos, no vemos en 2026.

Foto: Cortesía proporcionada por el autor
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* Historiador ↑

