De niña me daba miedo la oscuridad en mi casa. El monstruo debajo de mi cama. De adulta me sigue dando miedo la oscuridad, ahora, en las calles. Nos han arrebatado la noche. Hoy me aterran los monstruos encarnados en hombres educados bajo el dispositivo patriarcal de la violencia, la violencia que nos convierte en restos, a veces con vida, a veces sólo dispuestas y dispuestos a ser pequeñas piezas del engranaje capitalista.

No sé si le sirvo al sistema, decidí no ser madre. No sé si le sirvo al sistema, he renunciado a mi trabajo de 8 horas diarias. No sé si le sirvo al sistema, decidí ser artista. Espero que los monstruos no vengan pronto por mí.

Históricamente, el monstruo ha sido un recurso literario y filosófico para advertir o representar los males de nuestra realidad social. Esta analogía permite explorar las contradicciones de la humanidad, las fronteras de la otredad y sus aspectos más grotescos.

Sin embargo, en el contexto actual de violencia extrema contra las mujeres, comparto el planteamiento de Cristina Rivera Garza de desmitificar al feminicida. En efecto, no son monstruos, son hijos sanos del sistema.

En esta columna propongo imaginar al monstruo patriarcal como ese sistema que describe Rita Segato en sus Contra – Pedagogías de la Crueldad: ese monstruo que consume y que es específicamente cruel con el cuerpo de las mujeres, ese monstruo que además de ser patriarcal es capitalista y que transmuta lo vivo y su vitalidad en cosas.

¿Cómo llegamos a la normalización de este paisaje de crueldad? parece algo no humano. Parece una maquinaria dispuesta a reproducir la violencia hasta que uno a uno vayamos siendo soporte de este engranaje aceitado con sangre.

Esa maquinaria – monstruo – patriarcal tiene que dejar de ser aceitada. Para Rita Segado la pedagogía de la crueldad debe enfrentarse con una contra pedagogía del poder. Una politicidad en clave femenina, no por esencia sino por experiencia acumulada. También hablar y transformar el mandato de la masculinidad que ha sido socializado para la violencia, y por último, recuperar el proyecto histórico de los vínculos que ha sido suplantado por el proyecto histórico de las cosas.

Dejar pues, de ser funcionales al capital para construir vínculos que tejan comunidad, diría yo, humanidad, si a estas alturas eso es posible.

Foto: Cortesía de la autora

 

Jessica Rivera Hamed