La adolescencia en la mira del narcomenudeo

 

En las ciudades, en las colonias e incluso en los pasillos de las escuelas más privilegiadas, acontece una realidad que preferimos ignorar hasta que las cifras ya no se pueden ocultar. El narcomenudeo no es solo un problema de seguridad pública; es, fundamentalmente, un síntoma del abandono estructural de nuestra juventud.

Para un adolescente, la oferta de “mover” sustancia no suele llegar con la estética de una película de gánsters, sino como una promesa de pertenencia, identidad y, sobre todo, movilidad económica inmediata. En una sociedad que les exige consumir, pero les niega las vías legítimas para producir, el mercado local de drogas se disfraza de “oportunidad”.

El sistema delictivo se aprovecha de los vacíos que detecta en los adolescentes, haciéndoles creer que, si cometen algún hecho delictivo, no podrán ser detenidos por ser menores de edad, lo que los convierte en piezas “prescindibles” y “sustituibles” para las estructuras criminales mayores.

El factor emocional es clave para este tipo de conductas, toda vez que el adolescente, en esta etapa de desarrollo, busca la validación de su entorno, algo que el grupo delictivo le otorga al asignarle un “rol” y un “estatus” que la familia o la escuela, a veces fracturadas, no logran proporcionar.

En suma a lo anterior, al tener una percepción distinta del peligro debido a la dopamina y a la sensación de invulnerabilidad propia del desarrollo neurológico, se facilita que las organizaciones criminales enganchen a los adolescentes para que cometan conductas delictivas.

Cuando un joven es detenido por vender drogas, la sociedad lo primero que exige es “mano dura”, sentencias severas para adolescentes que cometen delitos. Sin embargo, la cárcel —o sus equivalentes en centros de internamiento— por sí sola no es suficiente para solucionar el problema de fondo. Si el adolescente regresa al mismo entorno sin herramientas educativas o laborales, el narcomenudeo lo estará esperando en la esquina con los brazos abiertos.

La verdadera batalla no se gana solo con patrullas, sino con prevención estratégica. Necesitamos transitar del enfoque punitivo a uno de justicia restaurativa, donde entendamos que ese joven es, a menudo, la primera víctima de una cadena de explotación.

No podemos señalar al “narcomenudista escolar” sin mirar nuestras propias omisiones. El narcomenudeo en adolescentes florece donde hay falta de espacios recreativos y deportivos, deserción escolar no atendida y una cultura que glorifica el dinero fácil y el consumo inmediato.

Es hora de dejar de ver a los adolescentes como enemigos del Estado y empezar a verlos como el reflejo de nuestras grietas sociales. Si no les ofrecemos un futuro más atractivo que el que promete el “cristal”, seguiremos perdiendo a una generación en una guerra que no es suya, pero que ellos terminan pagando con su libertad o con su vida.

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*Juez Especializado del Tribunal Unitario de Justicia Penal para Adolescentes

Foto: Redes sociales

Omar Said Olibares Hernández