Los trastornos del déficit de atención e hiperactividad: aprendiendo a gobernar lo ingobernable

Eduardo C Lazcano Ponce* y Gregorio Katz**

Alexis, el varón con TDAH, es el protagonista de esta historia, aporta unas vivencias riquísimas. Vive en primera persona la neurodivergencia; la integra en su identidad personal y reflexiona sobre ella con una introspección exquisita, con curiosidad de aprender a conocerse, de aplicarse métodos de adaptación y aprendizaje muy personales, descubriendo por sí mismo lo que los expertos han tardado siglos en sintetizar.”

Mara Parellada

El Instituto Nacional de Salud Pública editó y publicó recientemente un libro de título similar al de esta columna y cuyos autores son quienes la firman (el doctor Katz es pionero y fundador de la paidopsiquiatría en México). El trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un desorden del neurodesarrollo caracterizado por un marcado patrón de falta de atención y/o hiperactividad-impulsividad que es inconsistente con el nivel neuroconductual que correspondería a la edad e interfiere claramente con el funcionamiento en diversos entornos ambientales (en casa, en la escuela, en el ámbito social y/o laboral).

Para realizar una presunción diagnóstica de este padecimiento, deben observarse al menos algunos de los síntomas descritos desde muy temprana edad y tener éstos una persistencia de al menos seis meses. La ausencia de reconocimiento del TDAH a una edad temprana por las asociaciones de mayor influencia en salud mental a nivel global pudo haber sido influida por el fenómeno extendido de la educación en casa en las décadas de los 50 y 60, derivado de una controversia en torno a la eficacia de las escuelas públicas en EUA, pues posibilitó la ausencia de derivación temprana a complementación diagnóstica en niños con síntomas de TDAH. Esta condición es un trastorno común del desarrollo neurológico que afecta a la población infantil y adulta en todo el mundo; globalmente, se estiman 129 millones de niños y adolescentes entre 5 y 19 años y al menos 366 millones de adultos que la padecen.

Recientemente, se tiene certeza de que el TDAH tiene una etiología predominantemente genética -se habla de 80% de su fracción atribuible-, que involucra variantes genómicas comunes y raras. De hecho, se han descrito cerca de 76 genes diferentes que han sido asociados con el desarrollo de esta condición. La relación hombres-mujeres con TDAH varía en diferentes poblaciones, entre 2:1 a 5:1, pero algunos estudios clínicos documentan que la relación niños-niñas que reciben tratamiento farmacológico puede llegar hasta 10:1; claramente hay una subrepresentación de género en el diagnóstico de los TDAH, probablemente debido a que en las mujeres predomina el tipo de trastorno desatento, en contraposición con los hombres, donde se observa con mayor frecuencia la condición de hiperactividad y/o impulsividad.

Se han asociado a esta condición algunos factores de riesgo ambientales, pero ha sido virtualmente imposible establecer una línea causal por la falta de estudios metodológicamente robustos; es decir, esta evidencia es principalmente correlacional, debido a que en la mayoría de los estudios epidemiológicos se observa confusión (el efecto puede ser explicado por una tercera variable) y/o causalidad inversa (cuando la asociación entre dos variables es diferente a la que se presupone). Por esta razón, se desconocen muchas de las “vías causales” de los posibles agentes etiológicos del TDAH. La heterogeneidad de la afección es evidente en la presentación diversa de los síntomas y niveles de afectación, las numerosas condiciones físicas y mentales concurrentes, los diversos dominios del deterioro neurocognitivo y las extensas diferencias cerebrales estructurales y funcionales menores entre quienes la padecen.

El diagnóstico de TDAH es confiable y válido cuando se evalúa con los criterios diagnósticos que se han establecido como referencia, particularmente los derivados de la actualización de la Clasificación de Enfermedades versión 11, que ha sido coordinada por la OMS, y/o el Manual Diagnóstico y Estadístico de la Asociación Psiquiátrica Americana en su versión DSM-5. No existen tratamientos curativos para el TDAH, pero la medicación basada en evidencia reduce sustancialmente los síntomas y el deterioro funcional. Los fármacos son eficaces para tratar los síntomas principales y, por lo general, se toleran bien. Algunos tratamientos no farmacológicos son valiosos, especialmente para mejorar el funcionamiento adaptativo. Sin embargo, existe evidencia limitada de la eficacia de la farmacoterapia para mitigar trayectorias vitales adversas relacionadas con el nivel educativo, el empleo, el abuso de sustancias, las lesiones, los suicidios, la delincuencia y las condiciones mentales y somáticas comórbidas. La farmacoterapia está relacionada con efectos secundarios como alteraciones del sueño, reducción del apetito y aumento de la presión arterial, pero se sabe menos sobre los posibles efectos adversos después de un uso prolongado. La investigación clínica y neurobiológica se está desarrollando ampliamente y podría conducir en el futuro a la creación de enfoques diagnósticos y terapéuticos personalizados para el manejo óptimo de este trastorno. Esta valiosa información está contenida en el libro publicado por SPM Ediciones, que será presentado en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería y próximamente buscaremos un espacio para presentarlo y difundirlo en el ámbito local.

*Especialista en salud pública. **Pionero y fundador de la paidopsiquiatría en México. Facultad de Medicina, UNAM.

La Jornada Morelos