LA GENERACIÓN DEL ESFUERZO SIN RECOMPENSA

 

Nos criaron con una consigna: «Estudia mucho, saca tu título y tendrás la vida resuelta.» Esa fue la promesa que se le hizo a toda una generación, pero la realidad actual no es más que una burla cruel a ese trato. Hoy, para el joven que sale al mundo, la incertidumbre laboral no es un riesgo; es la única certeza.

Ya no hablamos de la dificultad para conseguir el primer trabajo. El verdadero problema es un nuevo «ecosistema» donde el título universitario, la maestría y los cursos extra se pagan con un salario de subsistencia. El contrato de corto plazo y el empleo temporal son la regla, no la excepción. ¿Resultado? La independencia económica se congela, aplazada una y otra vez.

Nuestros jóvenes viven bajo una presión doble y despiadada. Por un lado, la exigencia de la «capacitación sin fin». Tienes que sumar el grado, el posgrado, hablar inglés, dominar tres programas de software y, por si fuera poco, acumular experiencia, casi siempre sin recibir un solo peso. Tanto esfuerzo solo provoca agotamiento físico y una ansiedad imparable por no ser «suficiente».

Por otro lado, cuando por fin entran al mercado, el valor de toda esa preparación se cae a pedazos. Piénselo: ¿cómo se supone que un profesional con cinco años de estudios y deudas estudiantiles pueda comprar una vivienda si su sueldo apenas le alcanza para pagar la renta de una habitación compartida?

La respuesta es simple y frustrante: no pueden. Esta brecha entre la inversión de tiempo y dinero, y la recompensa real, genera una profunda rabia y desconfianza hacia todo el sistema, preguntándose con lógica: ¿De qué sirvió tanto sacrificio si me condenas a ser un «trabajador desechable»?

El adolescente de hoy mira su futuro y ve que la emancipación es un artículo de lujo. Lograr la independencia a la misma edad que lo hicieron sus padres es, para la mayoría, un cuento de hadas. El sueldo mínimo o poco más que eso es el estándar, y no la excepción.

Esta inestabilidad no solo golpea sus bolsillos, también destruye su salud mental y sus proyectos de vida. Se pospone la idea de tener una familia, la compra de un hogar y, en muchos casos, el compromiso cívico, pues toda su energía está enfocada en la supervivencia diaria.

Una sociedad sana se sostiene en una juventud con perspectivas. Cuando la generación más educada de la historia se ve obligada a vivir bajo la sombra del desempleo o la informalidad, el problema deja de ser personal: es un fracaso colectivo que nos hipoteca a todos.

Necesitamos un cambio de timón radical e inmediato, urge crear políticas públicas que exijan y fomenten contratos estables y salarios justos para los jóvenes profesionales.

La formación técnica y las habilidades digitales deben dejar de ser la «segunda opción». Es fundamental reformar la educación para que estas rutas sean tan respetables y estén tan bien remuneradas como las carreras universitarias.

La independencia debe ser accesible. Se necesitan incentivos reales para la vivienda, para que el techo propio deje de ser solo un sueño inalcanzable.

Nuestros jóvenes ya demostraron su esfuerzo; ahora, las instituciones y los adultos debemos demostrar que ese esfuerzo vale la pena. Es hora de cumplir nuestra parte del trato y dejar de cargar sobre sus hombros el peso de un futuro que nosotros, con nuestra inacción, hicimos incierto.

Nos leemos en la próxima…

*Juez Especializado del Tribunal Unitario de Justicia Penal para Adolescentes

Omar Said Olibares Hernández