José Manuel Meneses Ramírez[1]

José Luis Rodríguez Alconedo nació en 1761 en la ciudad de Puebla, pero vivió sus primeros años en el municipio de Atlixco de las flores, su arraigo en la zona ha sido tan grande que muchos lo consideran uno de los hijos predilectos de este pueblo. Su legendaria actitud de rebeldía lo llevó a ser objeto de investigaciones por las autoridades eclesiásticas desde mediados de la década de 1790. Sabemos que su arte lo distinguió, en un primer momento, como platero, llegando a ser reconocido por el virrey Iturrigaray y la comunidad artística novohispana. Las sospechas sobre nuestro personaje estuvieron asociadas con el encono que el Conde de Santa María del Peñasco tuvo en su contra, así para 1808 fue denunciado debido a su actitud beligerante en contra de los gachupines.

Uno de los pasajes decisivos en su vida se desarrolló a partir de la confección de una corona de oro, hecho que ha pasado a la historia como una estampa cuyo simbolismo deja ver la complejidad de una etapa de transición, es decir, una expresión de la brecha social que desde veinte años atrás del inicio de la lucha libertaria ya era evidente, pero, sobre todo, inevitable. De acuerdo con sus enemigos, Alconedo, supuestamente habría forjado esta corona para que fuera portada por un indio, una afrenta para la sangre real, y en franca alusión a una independencia frente a España, así como una manifestación clara del deseo de establecer un gobierno propio. En tanto que, la versión de la defensa del artista es que dicha corona de oro había sido realizada para la virgen de las Mercedes de Aguascalientes. Cualquiera sea el caso, el pasaje también nos deja ver la intensidad de los intercambios informales y la vitalidad de una opinión pública que, para variar, era dominada por la Iglesia católica y sus estructuras.

En el contexto de su captura, no tienen desperdicio los versos que había transcrito en una carta personal, documento que a la postre sirvió como prueba para quienes lo denunciaban y que, ahora sabemos, reproducía las voces que circulaban clandestinamente en las pequeñas publicaciones de la ciudad de Puebla:

“Sacuda nuestro valor el yugo tirano

Del Galo, del Anglo y del Hispano”

La carga libertaria de estos versos nos da cuenta de un ambiente de franca oposición y de esa famosa ruptura entre peninsulares y criollos, un distanciamiento provocado por la asimetría social novohispana, defendida y justificada por la Iglesia, se trata de una afrenta que tan decididamente hicieron suya los criollos angelopolitanos, grupo al que Alconedo pertenecía y que, con estos versos, cantaba su oposición:

“No queremos novenarios

Ni tampoco rogación

Sino que muera Fernando

Y que viva Napoleón”

Por todo esto, Alconedo fue llevado a España, en una travesía de siete meses realizada en condiciones tan miserables que no dejan de sorprendernos, fue llevado con la esperanza de que tomara distancia del ambiente beligerante que cundía en México. Durante su estancia en la península ibérica perfecciona su técnica al pastel, la misma que sería utilizada para realizar el famoso autorretrato que nos da cuenta del rostro y la personalidad de nuestro artista. A pesar de la recomendación de un grupo de opositores, la Junta Central de Seguridad de Cádiz absuelve a los prisioneros el 25 de mayo de 1811, permitiéndole regresar a México, “amonestándoles que fuesen más cautos en sus conversaciones en orden a asuntos políticos”.

Hacia el 23 de abril de 1812, los insurgentes amanecen ocupando el cerro de San Miguel en su querido pueblo de Atlixco, para dominar la ladera que ocupa el convento de san Francisco que, para ese momento, estaba sitiado por los realistas. El 24 de abril, el gobernador de Puebla, Santiago de Irizarri mandó auxilio a los realistas, con un contingente al frente del Capitán José María Cebrían y otros dos de apellidos Laiseca y Saldierna, quienes recuperan san Francisco, dejando muertos y arrebatando cinco cañones a los insurgentes. Estos son perseguidos hasta la hacienda de Las Animas y cercados, pero al amanecer del 25 de abril logran romper el cerco y en diversas partidas se dirigen a Izúcar para salir triunfantes.

Mientras tanto, Alconedo, después de su regreso a México en 1812, y a los pocos días de verse libre después de una segunda etapa en prisión, ya andaba en las huestes de Morelos, se desempeñaba como soldado y director de Obras de artillería. Francisco de la Maza nos da cuenta de su servicio altamente especializado y de su trágico final de la siguiente manera: “En Zacatlán fundió doce cañones, doscientos arcabuces y una culebrina…Allí fue cogido prisionero por don Luis del Águila el 25 de septiembre de 1814 y conducido a Apam por el coronel Jalón, fue fusilado el 1 de marzo de 1815, a los 54 años de edad, ya envejecido, enfermo y desilusionado.” De esta manera, José Luis Rodríguez de Alconedo es otro insurgente prácticamente desconocido, de esos hombres que entregaron sus convicciones y su vida a la causa libertaria y que, a pesar de todo, su obra perdura más allá del olvido y el anonimato.

Autorretrato de José Luis Rodríguez de Alconedo (1811). https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Jos%C3%A9_Luis_Rodr%C3%ADguez_Alconedo.jpg

  1. Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos.

José Manuel