José Manuel Meneses Ramírez[1]

Encuentro como muchos otros en On the road (1957) la descripción de una experiencia liminar del territorio urbano. La novela icónica de Jack Kerouac es un manifiesto autobiográfico de toda una generación que se rebelaba ante los moldes que habían llevado al mundo a vivir los horrores de una conflagración mundial dos veces en menos de treinta años. La novela escinde el espacio de manera violenta, con un golpe (beat) seco, duro y directo lanza a los jóvenes a vivir la densidad de la ruta, en una invitación a abandonar los férreos límites de la domus americana, para encontrarse con todo aquello que estaba proscrito por las buenas conciencias de una época que se venía abajo sobre sus propios presupuestos.

Claro, se trata de un relato de altas velocidades que conmueven los cimientos de la sociedad que, para ese momento, se consolidaba bajo los principios triunfantes del trabajo, el consumo y la propiedad que se habían reafirmado en las líneas de producción en serie que alimentaron la voracidad de los ejércitos durante la gran guerra. Bajo esta perspectiva Sal Paradise y Dean Moriarty, ejemplifican una exploración de los límites, el ir y venir por encima de lo que en otro momento era lo desconocido, el límite del oeste como arquetipo the west wide open. Así también lo ha interpretado Amy Hungerford en su libro The american novel since 1945. Al mismo ritmo de la furia de esa mítica escritura automática que poseyó a Jack Kerouac durante las tres semanas en las que se escribió la novela, se configura en las páginas de esta novela una versión del oeste como una fuente de experiencias límite que enriquecen la percepción anquilosada de lo que para ese momento eran los Estados Unidos de Norteamérica.

El sur y, sobre todo, el viaje a México serán una búsqueda aún más profunda por una confrontación con lo otro, es decir, una búsqueda que lleva a Kerouac más allá de los rascacielos de Manhattan y de los opulentos suburbios de Boston. Efectivamente, más allá de todo se abre el desolado desierto mexicano, las chozas y los enormes ojos negros, una belleza desconocida para ellos que, a la vez, acaba por hacer permeable su viaje: en medio de la locura y el vértigo de tal encuentro, Kerouac a través de Sal, manifiesta el deseo de ser Negro, mexicano, esclavo o desposeído, punto por punto a contrario sensu del eje cultural de su época para dar una versión contracultural que hizo época. Como si a través de la carretera estos jóvenes norteamericanos quisieran escapar de su destino y de los lugares comunes. El automóvil aparece como instrumento técnico de movilización y como instrumento para romper las fronteras, como atinadamente ha sido señalado por los críticos.

La novela presenta a hombres jóvenes desafiando el establishment, es decir, dando la espalda a las capacidades productivas asociadas con una vida sedentaria, dejando atrás las promesas de un american way of life que, a través de becas, aulas universitarias y una vida familiar señalaba para los jóvenes de su generación. De este modo, Jack Kerouac se resiste a caer en las redes de una furiosa normalización que se presenta, en el momento de posguerra, como la única opción viable. Desde la perspectiva de estos habitantes de la carretera el dinero, en medio de la aventura, viene y va, muchos han asociado la dinámica monetaria de los personajes con una especie de mistificación de lo que América significa, una tierra de posibilidad donde el dinero llega a través de una mujer hermosa o bien, mediante un porro de mariguana, en las reuniones estrepitosas donde los jóvenes estaban codeados de la falsedad propia de los millonarios o sumidos en las cloacas en medio de los adictos más juiciosos.

Bajo esta perspectiva, la carretera es el locus que desafía el modelo familiar, el famoso triángulo edípico que se establece como el sancta santorum de la sociedad industrial, de la mano de las instituciones rectoras como la escuela, la fábrica, el hospital y la prisión. En fin, todo el núcleo que será duramente fustigado por las vanguardias intelectuales de la generación que va desde 1955 hasta 1970.

Antes que un mapa se trata de una experiencia que nos golpea: el calor del desierto, el río que baja de las montañas, el frío cortante de las vías, el hambre como común denominador, el cansancio y la mugre asociadas a los largos viajes. Poco a poco, y de la mano de nuestros protagonistas, acumulamos un kilometraje que casi puede sentirse a medida que avanzan las páginas, el cansancio, la pesadez de piernas y la transformación asociada con el viaje son patentes al terminar la novela. Precisamente por esto, la lectura de Kerouac hendió el espacio, tanto el espacio diegético que se expande desde el hueco abierto por el escritor, como el del lector que experimenta el desplazamiento, la sucesión y la velocidad del viaje desde su lugar extradiegético.

Foto: Tom Palumbo / Academy of American Poets

  1. Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo del Colegio de Morelos.

La Jornada Morelos