Vivencias en territorios Indígenas: oportunidad para descolonizar el pensamiento.

Primera parte.

 

“Quitarle lo colonial a la razón.”

“…es el momento de razonar emocionalmente, aclarar que somos expresión profunda de la diversidad. De abrevar de nuestras propias fuentes de razonamiento, que están ancladas a la existencia real, no al imaginario y libresco pensamiento.”

“La experiencia vivencial no es simplemente una historia de vida. Es la reflexión de tu quehacer, en el reconocimiento del mundo al que perteneces.”

Jaime Martínez Luna

El empeño de Jaime Martínez Luna para comunicarnos lo profundo de los saberes y pensamientos de su pueblo zapoteco -emanados de fuentes de razonamiento propias, distintas a las occidentales- nos convoca a un gesto de reciprocidad: esforzarnos por comprender lo que nos comparte en su voz y en su letra, no en la lengua originaria que le pertenece, sino en el español, idioma impuesto por la conquista y convertido, pese a ello, en vehículo para difundir entre los otros, la memoria viva y la resistencia de su pueblo.

En este afán por comprender y difundir la cosmovisión indígena dediqué los dos artículos anteriores a exponer aspectos del pensamiento de Floriberto Díaz y Jaime Martínez, reconocidos intelectuales indígenas. Ahora pretendo relatar algunas experiencias que he vivido en comunidades indígenas e invitar a las y los lectores a reflexionar sobre éstas teniendo como referencia los planteamientos de estos autores.

Describo, en dos partes, dos experiencias distantes entre sí, en el espacio y en el tiempo: la primera experiencia ocurrió en una comunidad rarámuri de la sierra de Chihuahua, en 1978 (primera parte). La segunda tuvo lugar en comunidades de la mixteca oaxaqueña en el período de 2008 a 2013 (segunda parte).

Experiencia 1: Satérachi, Comunidad Raramuri, Tonachi Chihuahua (1978).

Con poco más de 20 años de edad, decidí vivir en Satérachi, comunidad Raramuri (Tarahumara) de la Sierra de Chihuahua. Jesuítas que tenían décadas trabajando en comunidades dispersas en toda esta sierra me permitieron colaborar con ellos. En Satérachi sólo vivían raramuris, sus casas la mayoría de adobe y madera se encontraban muy alejadas unas de on a lo largo de las orillas del río o en los cerros, cada familia tenía pequeñas parcelas para la siembra de la milpa y algunas de ellas tenían borregos y otros animales.

Estuve en Satérachi casi un año, en una casa de madera semejante a las casas de las familias rarámuris, en compañía de un Jesuíta y dos mujeres religiosas. Durante ese tiempo viví experiencias del todo distintas a lo que yo había experimentado antes. Veía lo que ocurría a mi alrededor, como resultado de la historia de despojo y marginación producto de la conquista, del capitalismo y de los malos gobiernos, lo que no está lejos de la verdad.

Sin embargo, no fui conciente de que estaba pisando un territorio distinto, habitado por seres humanos integrados al territorio, que se consideran parte de éste, que durante cientos de años han construido y trasmitido, generación tras generación, los conocimientos, saberes y prácticas que les han permitido sobrevivir hasta la fecha.

Dicho lo anterior, comparto con el lector dos vivencias, que a pesar de haber transcurrido casi 50 años, las tengo presentes en mi mente y en mi corazón:

Vivencia 1: Llegó el momento de sembrar la milpa, empezaban las lluvias, fuimos invitados a participar en la siembra colectiva en la parcela de una de las familias. Llegaron muchas personas, hombres y mujeres, la parcela no era muy grande, casi ninguna lo era, y no se contaba con arado. Los hombres se organizaron para la siembra, las mujeres apoyaron en la preparación de los alimentos. La bebida tradicional: el tesgüino había sido preparada con días de antelación por la familia de la casa. Tanto la siembra como el proceso de preparación del tesgüino requieren de conocimientos y prácticas ancestrales trasmitidos de una generación a otra.

Terminado el trabajo compartimos los alimentos y el tesgüino, que se vertía en una jícara de huaje que se pasaba de mano en mano, se daban algunos tragos y se entregaba al siguiente, así hasta que se terminaba. Recuerdo las risas, los comentarios en rarámuri, que yo no entendía, pero si captaba la alegría reinante en ese espacio, en ese territorio. Estas acciones comunitarias de trabajo conjunto y de gozo se repetirían en las parcelas de todas y cada una de las familias.

Reflexionar ahora sobre esta vivencia, desde la perspectiva de la comunalidad que nos comparte Jaime Martínez, permite entender que la situación descrita pudo ocurrir porque el territorio rarámuri, fuente de sabiduría y cultura, que son producto de las relaciones entre las personas y el espacio y de las personas entre sí, posibilitó a través de la organización comunitaria y del trabajo colectivo, a lo largo del tiempo, la sobrevivencia de la población rarámuri, a pesar del despojo de sus tierras fértiles por parte de españoles, criollos y mestizos; y su refugio en las partes más altas de la sierra tarahumara.

Vivencia 2: El domingo se realizaría, a un lado de la iglesia de Tonachi, la asamblea de la comunidad rarámuri que habitaba en esa área. Estaba entusiasmada, nunca habia participado en una asamblea comunitaria indígena, había tomado algunas clases de rarámuri y preparado un breve texto en esa lengua para presentarme ante la asamblea. Ese día salimos temprano de Satérachi, caminamos poco más de una hora por veredas y cerros así que llegamos a Tonachi a tiempo.

Poco a poco fueron llegando los participantes a la asamblea, hombres en su mayoría pero también habia mujeres. Fuera de la iglesia, en lo que podría ser el atrio, había un cuadrado formado por 4 grandes vigas de unos 4 m de largo cada una. Recuerdo que en ese cuadrado se sentaron en uno de sus lados las autoridades rarámuris y los otros lugares fueron ocupados por los demás participantes, muchos permanecieron de pie rodeando el cuadrado.

Inició la asamblea, todo se hablaba en lengua originaria, una persona me traducía lo que decían, había un ambiente de respeto y escucha. Se tocaron varios puntos, sólo uno de ellos permanece con fuerza en mi memoria, se expuso el caso de una mujer que había enviudado y vivía sola lo que ponía en riesgo su sobrevivencia, se comentó que también un hombre tenía la misma circunstancia. Las autoridades y algunos asistentes se expresaron al respecto, se llegó a un consenso, se propuso a la mujer y al hombre que habían enviudado que vivieran juntos y compartieran su vida lo que les permitiría vivir mejor, todos, incluidos ellos, aceptaron.

A mis 23 años, formada en la ciudad de México, con una posición libertaria, basada en la individualidad que es fundamento de la cultura occidental, no podía en ese momento de mi vida comprender que una asamblea decidiera sobre la vida de pareja de una mujer. No podía entender que el territorio rarámuri y las relaciones entre éste y los seres vivos que lo habitan generan una cultura diversa, con valores y concepciones distintas a las mias, donde la comunidad cuida a cada una de las personas que la integran.

Finalizo esta primera parte con una cita de Jaime Martínez: “Tu pertenencia a la comunidad, es ligada a tu pisar el suelo comunitario, quien te vincula orgánicamente al conjunto, al todo.”[1]; e invito a quien esto lee a reflexionar sobre el suelo comunitario que pisamos.

Un grupo de personas disfrazadas

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  1. En: Existimos, luego… pensamos. Pág. 80
Ana Isabel León Trueba