¿Y si no era un águila? 

En el Escudo Nacional hay un ave rapaz posada sobre un nopal, devorando una serpiente. La llamamos “águila real” con tanta convicción que ya parece incuestionable. A lo largo del tiempo, se ha convertido en un emblema de poder, en el eco de un pasado glorioso, en la imagen que sostiene el mito fundacional de Tenochtitlan. Pero, ¿y si no fuera un águila? 

Desde hace décadas, hay especialistas en ornitología, historia y antropología que se han hecho esta pregunta con seriedad. Y algunas de ellas creen que, en realidad, esa ave podría ser un caracara, un ave terrestre, más común en el centro de México, más cercana al paisaje que habitaban los mexicas. 

El caracara es un ave oportunista. Camina entre la gente, merodea cerca del agua, revisa los residuos, y se deja ver con facilidad en zonas abiertas. Yo conocí a uno silvestre que se acercó sin miedo a comer de mi mano un pedacito de huevito del desayuno. A diferencia del águila real, que habita en las alturas y prefiere los cerros, el caracara se mueve a ras de suelo y se planta sobre nopales. Tiene las patas más largas, el cuerpo más erguido y un pico menos curvado. Y cuando miras con atención los códices o las esculturas antiguas, algo como que no termina de encajar con la silueta del águila real. 

La hipótesis no es nueva. El ornitólogo Rafael Martín del Campo la propuso desde mediados del siglo XX. Y aunque generó revuelo, también abrió una conversación importante: ¿por qué nos cuesta tanto replantear lo que hemos dado por hecho? 

Porque claro, el águila no llegó por accidente ni se posó solita en el nopal. Las crónicas coloniales la tradujeron así. Luego vinieron los símbolos de la república, la nación y la patria. En ese proceso, la figura del águila se volvió intocable. Un ave que se convirtió en bandera, en ese emblema que de algún modo es la forma de estar a la “altura” de otras potencias, aunque la biogeografía dijera otra cosa. 

Preguntar si el ave del escudo es un águila o un caracara, me parece una forma hermosa de ver cómo se cruzan la biodiversidad, el poder y la cultura. Nos ayuda a entender que los símbolos también se construyen con ideología, con decisiones… y con olvidos. ¿Y si no era tampoco un caracara? Quizá era un Gavilán, quién sabe. 

No se trata de cambiar el escudo, que es hermoso por lo que representa y por lo que ha llegado a significar. Se trata de abrir una conversación que reconozca que la historia natural también es parte de la memoria. Que los saberes ancestrales no siempre coinciden con las lecturas oficiales. Creo que mirar de cerca a un ave en la cotidianidad puede ser también mirar de cerca cómo nos narramos como país. 

Hoy, en tiempos donde muchas especies están en riesgo, pensar en las aves que elegimos como símbolos es una oportunidad para preguntarnos si realmente conocemos, y cuidamos, la naturaleza que decimos representar. 

Y si me preguntan a mí, yo elegiría al colibrí. No solo por su belleza y su importancia ecológica, también por su carácter territorial, su agilidad, su capacidad de sostenerse en el aire con una energía que parece magia. Creo que a veces lo pequeño también sostiene lo sagrado.  

¿Era un águila? Tal vez sí. Lo cierto es que dudar también es una forma de cuidar la historia. Y mirar más de cerca a las aves, también puede ser una forma de mirar con más atención lo que elegimos como país. 

Foto: Karime Díaz

 

Karime Díaz