Felicidades, hemos fabricado la Tormenta Perfecta

 

Las imágenes se repiten cada año y, sin embargo, no dejan de estremecernos. Videos de avenidas completas convertidas en ríos, casas inundadas, autos flotando, familias perdiendo lo poco que tienen. Esta temporada de lluvias no ha sido la excepción, sentimos que las tormentas son cada vez más intensas, y lo son.

El calentamiento global (ese fenómeno del que algunas personas de copete rubio todavía dudan) está alterando los patrones climáticos de maneras muy concretas. Las lluvias no solo llegan con más fuerza, también lo hacen con mayor imprevisibilidad. El aire más cálido retiene más humedad y, cuando esa agua cae, lo hace de forma torrencial.

Pero el agua, que cae más, no encuentra su camino natural. ¿Por qué? Porque hemos invadido y destruido las áreas naturales que deberían absorberla y regularla. Los cerros que se desmontan, los manglares que desaparecen, los bosques que se talan… todo eso convierte a la lluvia en un enemigo implacable. Y si sumamos la basura que tiramos en las calles porque pensamos que por arte de magia se va a algún lugar mejor, pues inundamos las calles y tapamos los drenajes.

A esto se le suma otro ingrediente que pocas veces se discute. A pesar de que los gobiernos quieran culpar solamente a la ciudadanía por tirar basura, la falta de mantenimiento de las infraestructuras pluviales es un punto crítico. Los drenajes, alcantarillas y canales de desagüe no se limpian ni se revisan a lo largo del año, pero cuando llega la temporada de lluvias, queremos que milagrosamente funcionen. No funcionan, ya lo sabemos. Y las consecuencias las viven, sobre todo, las personas más vulnerables. La clase obrera que debe caminar y tomar un transporte público (deficiente también) es quien se lleva la peor parte. Nos felicito, ahí tenemos la tormenta perfecta, fabricada por nada más y nada menos que nuestras propias acciones, a todos los niveles.

No quiero que este texto suene a regaño, es la realidad; porque este es un problema que no tiene una sola cara ni una sola persona culpable. La responsabilidad está repartida en muchos niveles, desde las decisiones políticas (como la destrucción de selvas y bosques en nombre del desarrollo) hasta las pequeñas acciones cotidianas que ignoramos (saludos a mis vecinos que siempre dejan su basurita en la calle después de comer esquites o tomar caguamas)… y que al final, también pesan.

Lo más duro es que esto no se va a detener. Los pronósticos son bastante claros desde hace años. La crisis climática avanza, las lluvias extremas seguirán aumentando y, si no actuamos de forma estructural, lo único que podemos esperar es que la situación empeore.

Pero no se trata solo de resignarse. Se trata de entender que necesitamos repensar la forma en la que habitamos el territorio, dejar de ver a la naturaleza como obstáculo y empezar a verla como aliada. Dejar de vivir en la ilusión de que podemos pavimentar todo y luego quejarnos de que el agua no tiene por dónde irse.

Hoy, más que nunca, necesitamos memoria colectiva, ciencia y voluntad para enfrentar lo que ya no es un problema futuro, sino una realidad cotidiana. Porque si algo nos enseñan estas lluvias, es que ignorar las advertencias tiene consecuencias y cada vez serán más feroces y tarde o temprano, nos van a alcanzar.

Imagen cortesía de la autora

Karime Díaz