

Las noches de un poeta
Decía Jaime Sabines, el gran poeta chiapaneco, que “cuando se es un ser completo, ya no se escribe. Es como William Shakespeare quien aseguraba: ´Dejaré de escribir cuando alcance a Dios, cuando yo mismo sea parte de la maravillosa armonía del cosmos´. Yo creo que, por eso, Dios es silencioso”. Tratar de entender a un gran poeta como Jaime Sabines, es como intentar descifrar los montes y la lluvia, el aire y la tormenta, es como caminar junto al mar, respirar el mar, beber el mar, recorrer veredas de árboles, de oscuros senderos de bosque iluminados a ratos por soles que no acaban nunca de llegar al silencio. Es conocer el lenguaje de los arroyos y pasar por loco en ocasiones, sin serlo.
Cómo intentar comprenderlos ni seguirlos siquiera cuando son seres que gritan su amor desde “el poste de la esquina o desde la alfombra de ese cuarto vacío” donde nadie sea testigo de su febril imaginación. Cómo alcanzarlos si cuando pareciera que ya los atrapamos, ellos ya van en pos de una estrella envueltos en aromas de jazmín. ¡No! los poetas no están locos, tal vez resulten los más cuerdos bajo la faz de la luna sólo que cómo adivinar, bajo cuál de todas esas lunas se encuentran cada uno de ellos recitando de cara a las estrellas. Y es que utilizan a su antojo retruécanos y metáforas y todavía les ponen palabras bellas e inefables.
Si es cierto –pregunto- que la verdad absoluta no existe, entonces los poetas viven de ilusiones, transitan por imaginarios desfiladeros de deseos, llegan a dunas desoladas que reposan a ratos en armonía perfecta y a ratos… ya no se les ve. Y… “¿Qué es la vida si no una ilusión?”, gritaba a los cuatro vientos el intemporal Calderón de la Barca. De Sabines, recuerdo para no olvidar: TU NOMBRE. “…Trato de escribir que te amo. Trato de decir a oscuras todo esto. No quiero que nadie se entere, que nadie me mire a las tres de la mañana paseando de un lado a otro de la estancia, loco, lleno de ti… Enamorado, iluminado, ciego, lleno de ti… Digo tu nombre, con todo el silencio de la noche, lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo, lo digo incansablemente y… estoy seguro que habrá de amanecer.”
Sabines eligió de los géneros poéticos tal vez el más difícil, el que desgarra la interioridad del alma, el que grita en silencio la mutilación de su ser y su desesperación por no llegar a esa completud a la que tal vez se acceda por momentos o tal vez nunca se encuentre; la que anhela llenar un vacío que se busca un día y otro también, lo que el poeta en sus propias palabras dijo: “¿Qué busco?, esa es una buena pregunta. He tratado muchas veces, de buscar a Dios, y a la justicia. Soy un pobre diablo, que anda, entre el cielo y el infierno. Soy una persona, que lo quiere todo, y que no ha alcanzado nada. Durante meses o años, busco, la justicia, el pan, la comida, la sal, la mujer, y hay momentos, breves momentos, en que he querido buscar a Dios… Nunca lo he encontrado, el día que lo encuentre, me quedo callado”.
Tal vez por ese deseo tan grande de expresar lo que no se tiene o debiera decir, lo que no se alcanza jamás, poetas como Jaime Sabines escriben de manera desaforada lo que sólo ellos ven o imaginan envueltos en sueños de barro para sentir, quizá, esa calma que tan bien logran los labios del ser amado.

Cuando le decían que a su paso por las calles o en los pueblos la gente rumoraba que era un poeta, Sabines contestaba: “Poeta o peatón más bien. Convencido de lo que soy, salgo a la calle. Convencido llego a la casa, pero en la calle nadie y en la casa menos, nadie se da cuenta de que soy un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente o un resplandor visible o un rayo que les salga de las orejas? ¡Dios mío! Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar como cualquiera de peatón. ¡Eso es! No soy un poeta, soy un peatón. Y al percatarme de ello, me quedo echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.”
En la lectura de su poesía amorosa, percibo o más bien imagino, que es durante las noches cuando asomaban las mujeres con las que soñó o se inspiró al escribir su poema Los Amorosos, o tal vez fueron aquellas que perdió o las que lo engañaron o miró pasar de largo frente al mostrador de su tienda sin volverlas a ver. O quizás lo inspiraron las mujeres que nunca pudo tener y que tal vez emergieron de vez en vez en noches previas al olvido en sus sueños, sólo en sus sueños cabalgaron perdiéndose en las márgenes del tiempo y que de tanto aguardar por ellas ya no recordó o nunca supo sus nombres.
También estuvieron las que lo esperaron, en vano, al pie de una ceiba cualquiera, las que tuvo y lo tuvieron como se tiene algo que se lleva y se pierde sin saber que se ha tenido, mujeres en las que llanto y risa se fundieron en su pecho o a las que les dio voz y luego…el misterio. Mujeres, que Sabines, en esas horas colmadas de paz y envuelto en el aroma de madreselva, de ríos, mares y cielos, entre el silencio de profundas noches sólo horadadas por grillos y chicharras, búhos y tecolotes amén del crujir de las hojas bajo sus pies, soñó, rememoró, anheló y evocó. Y cuando nadie lo escuchaba, Jaime Sabines podía al fin, en voz alta, ser un poeta, mientras en torno, la familia entera de peatones dormía. Con palabras distantes, con murmullos y voces que acompañan la respiración de cada frase, que serenan o exaltan ánimos, que acercan los cuerpos a sentidos abiertos y el corazón dispuesto.
Imágenes que talvez noche tras noche se le aparecían cuando meciéndose en la hamaca las contemplaba a través de lánguidas volutas del humo de sus cigarrillos sin filtro mientras planeaba cómo luchar por atrapar una estrella más. No pierdo la esperanza de encontrar al poeta algún día perdido en alguna página de sus poemarios para decirle que nadie como él ha sabido entrar y salir del silencio, de las noches de quienes lo leemos, rodeado de tantos recuerdos, de tantos anhelos, de tantos deseos… Y queridos lectores hasta el próximo miércoles.

En esta imagen aparece el gran Jaime Sabines cuando le celebraban un cumpleaños más rodeado con toda seguridad de peatones, pues él en su familia era el único poeta. Foto bajada del sitio ambarmultimedios.com.mx

