Kubrick ya advertía hace 27 años 

Por largos meses no ha cesado de fluir el inacabable torrente de información vinculatoria de los archivos de Jeffrey Epstein, tras haber sido solicitada en el congreso estadunidense su publicación, por supuesto con un enorme grado de presión pública en el país del norte. Además de la vinculación obvia del plutócrata y convicto presidente Donald Trump con las operaciones de Epstein, nombres que predeciblemente también han aparecido ahí, sin causar tampoco sorpresa alguna, son los de otros personajes con su propio sórdido historial de acusaciones de abuso, como Woody Allen y el príncipe Andrés de Windsor, así como los nombres Bill Gates, Bill Clinton, y sí, triste y sorpresivamente para muchos, también Noam Chomsky. Sus rostros siguen circulando en el incesante remolino de fotografías que han sido liberadas para el escrutinio de la población de todo el planeta. 

La serie de dudas que surgieron desde el supuesto suicidio de Epstein, sobre si esa fue incuestionablemente o no la causa de su muerte, no cambian el hecho de que no se pudo obtener más información directamente de él respecto a su organización y operaciones, hasta que los archivos mismos fueron posteriormente liberados. 

Sin embargo, casi tres décadas antes hubo una brillante voz que en 1999 se apagó, y quien antes de su muerte, con su última obra ya advertía, tan adelantado a su tiempo como siempre lo fue, lo que ocurría en dichos círculos de privilegio, ya que pudo observarlos y hacer un escrutinio de los mismos dado el medio en que desarrollaba su trabajo, pero sin haberse jamás integrado a ellos, manteniéndose, con la inteligencia que lo caracterizaba, distante y ermitaño del frívolo y mendaz mundo de las grandes “luminarias”: Stanley Kubrick. 

Ojos bien cerrados (1999) fue una de sus varias adaptaciones fílmicas, en ese caso de Traumnovelle (Relato soñado) de Arthur Schnitzler, publicado originalmente en 1925. Tanto la obra como la película comparten a un personaje principal, llamado Bill Harford en el filme, quien realiza un viaje al que lo llevan las más profundas pulsiones emanadas de los celos y el resentimiento, tras una dolorosa confesión que le hace su esposa, sobre sus fantasías con otro hombre a quien conoció tan sólo efímeramente. Se trata de una exploración quizá desde lo vindicativo, el dolor, el orgullo, que lo conducen a navegar un submundo de oscuridad y de un libertinaje de tal magnitud que requiere la clandestinidad, necesita existir de forma subrepticia, en las sombras. Los rituales orgiásticos, la actividad sectaria, las túnicas y las máscaras terminan resultando un abismo más intimidante y amenazante de lo que el protagonista espera. En la tienda en que renta un atuendo para asistir a una clandestina ceremonia a la que consigue acceso, Bill observa cómo el dueño del negocio de disfraces ofrece sexualmente a su propia hija adolescente (interpretada por Leelee Sobieski de entonces 15 años). La película reiteradamente le recuerda al espectador -y de modo ominoso y precautorio le recuerda también al mismo protagonista- que él tiene también una hija menor de edad, llamada Helena. Aun así, Bill, abandonando la razón, continúa por el lúgubre sendero que esa noche comenzó a caminar. Su resentimiento conyugal es motor de su insistencia por no volver aún a su hogar y familia, sino continuar atravesando envalentonado una espiral descendente hacia la oscuridad y la degradación. 

Quizá la más significativa diferencia con la obra original de Schnitzler, y que representa el foco de esta columna, es que Kubrick añadió un personaje para su adaptación fílmica que no existía en la versión literaria, un personaje amigo y paciente del protagonista Bill, de nombre Victor Ziegler (interpretado por el fallecido gran actor y también director Sidney Pollack). El apellido Ziegler se traduce del alemán como ladrillero, y como absolutamente cada elemento en Kubrick, nada es por accidente. 

La descripción del personaje de Ziegler en el filme es la siguiente: Un magnate neoyorkino con una enorme cantidad de recursos, vínculos con la “alta sociedad” norteamericana, organizador de grandes eventos, lujosas veladas, facilitador de conexiones, acompañado por una esposa con quien ostenta una imagen típica de revista, como “pareja y vida familiar ejemplares”, gozando de buena salud y quien, detrás toda esa resplandeciente pantalla o muro erigido (de ahí la referencia del ladrillero) maneja una subrepticia red ilícita de trata de muy jóvenes mujeres, comercio sexual, orgías, encubrimiento de muertes por sobredosis; conformando así una perversa organización clandestina a la que va invitando e incorporando poco a poco a sus conexiones y adineradas amistades. 

Tal descripción por supuesto encaja también perfectamente -salvo en el nombre- para Jeffrey Epstein, haciendo prácticamente indistinguible lo que se conoce del magnate de la vida real con la forma en que fue escrito y retratado el magnate ficticio, y nuevamente, como todo en Stanley Kubrick, nada es accidental. Kubrick creó e incorporó a tal personaje, Ziegler, para su adaptación de Traumnovelle, en la década de los 90s, justamente los años en que más notoriedad mediática adquiría Epstein, en su mundo de grandes conexiones, viajes con celebridades, vida social publicada en revistas, y grandes galas, lo cual Kubrick indudablemente observaba -desde una asertiva distancia- con detenimiento. 

La crítica curiosidad que sentía Kubrick por todo ese mundo venía desde décadas antes. Él mismo declaró haber quedado intrigado por las imágenes que llegó a ver del Baile surrealista Rothschild de 1972, la “cena de las cabezas”, como la llamó la misma Marie-Hélène de Rothschild, cuasi-bacanal fiesta a la que asistieron, entre muchos otros, Audrey Hepburn, Salvador Dalí, y Bridgitte Bardot, usando los invitados máscaras de animales con cornamenta y mesas “decoradas” con muñecas infantiles colocadas encima de los platos -imagen aberrante que quizá alude al canibalismo. Indudablemente Kubrick tomó como referencia dichas fiestas para la que más tarde sería su última película, e incluso fue más allá. La escena de la orgía en Ojos bien cerrados la filmó en Mentmore Towers, la hoy muy deteriorada mansión ubicada en Buckinghamshire, Inglaterra, y que perteneció desde la década de los 1850s a los Rothschild, hasta que fue vendida a la fundación Maharishi, dedicada a la meditación trascendental, en 1978. 

La elección de los dos actores principales, Tom Cruise y Nicole Kidman, también servía a un propósito, un aspecto que Kubrick muy posiblemente deseaba retratar, dando un mensaje que iba más allá de sólo sus interpretaciones como Bill, el exitoso médico, y su esposa, sino que al elegirlos en los roles principales, el brillante cineasta aludía con ello también de forma meta-narrativa a la sociedad de “grandes celebridades” a las que precisamente hacía referencia, y a los mundos y formas de “recreación” que denunciaba, tan herméticamente ocultos, a los que tarde o temprano se adentraban, como él mismo atestiguó desde dos décadas antes. La condición de fama y excesiva fortuna que Hepburn, Minelli, Monroe, los Kennedy, o Bardot habían tenido en los 60s y 70s, Cruise y Kidman la tenían para los años 90s, en el pico de su omnipresente celebridad. He ahí lo que Kubrick quizá señalaba con tal elección de reparto, quizá sin siquiera hacerles saber tácitamente que existía ese meta-significado en la película que rodaban, pero sugiriendo simbólicamente que ellos justamente representan el mundo que estaba evidenciando, que esas son las ‘luminarias’ que había podido observar por años y también las secretas prácticas y ocios en los que varias de ellas terminan adentrándose, consciente o accidentalmente. 

Victor Ziegler, en la historia, tal como un espejo de Epstein, es el facilitador, el puente que conecta los círculos de élite “moralmente aceptables y socialmente celebrados” con las actividades secretas, clandestinas, e ilícitas. Bill Harford, interpretado por Cruise, es quien atraviesa ese umbral entre lo visible socialmente a plena luz de las cámaras y las revistas y lo cuidadosamente oculto. Ziegler es quien abre la única puerta para atravesar su muro, el cual, como ladrillero experto, erige y resguarda tan cuidadosamente junto con su esposa. Es francamente difícil errar al intuir a quién estaba retratando el maestro cineasta. Epstein era el facilitador real de esos años, el ladrillero y a la vez el usurero, el portero único que podía dar el acceso a los subniveles no visibles de enfermizo ocio de una élite que Kubrick por décadas llegó a conocer y observar, como estudioso y crítico de la psique humana y la “alta sociedad”, sus excesos, sus vicios, sus perversiones, y eventualmente su caída y develación. 

Kubrick mostró la película a los ejecutivos de Warner Brothers el 2 de marzo de 1999. Cinco días después de esa proyección, después de haber atravesado por meses agotadoras jornadas de 18 horas de estresante trabajo, haber vuelto a empezar a fumar, poco sueño, y teniendo 70 años, el maestro murió de un ataque cardíaco mientras dormía, el 7 de marzo. 

Hoy, veintisiete años después, la película adquiere una tremenda relevancia, dado lo que Kubrick ya desde entonces advertía con mordaz observación e inteligencia, dando todas las pistas e indicadores de lo que hoy sale a la luz en toda su oprobiosa dimensión, en incontables documentos y fotografías finalmente liberados desde las entrañas de la más profunda y vergonzosa maquinaria de censura y aparato de protección en los Estados Unidos. 

Nada de lo retratado por el maestro fue jamás coincidencia ni accidente. 

Fotograma de la película Ojos Bien Cerrados (Eyes wide shut). Stanley Kubrick, 1999. 
Fotograma de la película Ojos Bien Cerrados (Eyes wide shut). Stanley Kubrick, 1999. 

Horacio Socolovsky Aguilera