
A la Rectora Viridiana León, con solidaridad
Como ya se ha dado a conocer en este y otros espacios, el Consejo Ciudadano de Cronistas del Municipio de Cuernavaca, no responde al compromiso con la memoria histórica de la antigua Cuauhnáhuac, sino que representa una pasarela donde el narcisismo, se antepone a la brega y el compromiso con nuestro pasado regional. Lo anterior, se refuerza con la intención de obedecer a los caprichos de una autodenominada asociación civil, de la cual salvo error de apreciación involuntaria de parte de quien esto escribe, no existen constancias de estar constituida con un Notario Público, ni de cumplir con sus obligaciones tributarias ante las autoridades en materia fiscal.
El referido grupo de amigos, mañosamente se ostenta con el mismo nombre que el organismo municipal encargado de la crónica, es entonces imposible saber a ciencia cierta, cuáles son los acuerdos ciudadanos o cuáles los que se imponen a partir de dicha agrupación. Si la aludida tertulia disfrazada como persona moral, es tan solo una cofradía de amigos, que, emulando a los primeros Insurgentes en 1810, cotidianamente se reúnen solo para beber chocolate caliente y conspirar inocentemente, de antemano, nuevamente me disculpo. Pero desafortunadamente y en descargo del más elemental principio de ética, es del dominio público que la llamada Asociación Civil, confecciona de manera previa los acuerdos municipales, imponiendo el criterio de unos cuantos, sobre el trabajo a favor de la crónica cuernavacense. De lo anterior queda como asignatura y testimonio, el balance pendiente del trabajo realizado por el Consejo Municipal a partir de su instalación en diciembre del 2022, así como la calidad del último texto que han publicado.
Desafortunadamente todo ello, ha distraído los esfuerzos en torno a efemérides de primer orden asociadas con la historia de Cuernavaca. El próximo 13 de abril, se conmemoran 505 años de la caída de Cuauhnáhuac en 1521. El importante suceso, sucedió justo cuatro meses antes de la captura de Cuauhtémoc en el histórico barrio de Tepito en la Ciudad de México, sitio que a partir de entonces fue llamado “Tequipeuhcan”, que significa lugar donde comenzó la esclavitud. Ahora ahí, en la populosa calle de Constancia, en la colonia Morelos, se levanta una modesta capilla, conocida popularmente como “La Conchita”.
Generalmente, al recordar la conquista de Cuernavaca, nos remitimos al Palacio de Cortés con los vestigios de la escalinata del Tecpán del Señor de Cuauhnáhuac en sus cimientos, a la iglesia franciscana de la Asunción de María, hoy Catedral, o bien al soberbio mural de Diego Rivera en la casona del conquistador, pero pasamos por alto, un paraje que asombrosamente ha subsistido a lo largo de medio milenio.
El sitio en cuestión, escondido en la Barranca de Amanalco, entre la calle Madero a la altura de Miraval y la Avenida Morelos, es el legendario Puente del Diablo. Dicho puente es uno de los referentes más antiguos del patrimonio histórico de la capital morelense y fue construido en el sitio donde, conforme a las crónicas y testimonios del siglo XVI, Cortés entró a Cuauhnáhuac en 1521. El afamado Códice Municipal de Cuernavaca menciona en uno de sus múltiples pasajes que: “en el puente del Telpochhuehueco (dónde está el viejo siempre joven, por ende el diablo), está la Cruz de Hueycihuac (gran mujer), ahí brincó el Señor Marqués en un caballo rocillo a las tres horas” refiriéndose así al momento durante la batalla de Cuauhnáhuac, en el cual la caballería franqueó ese paso natural, que es el punto más angosto entre las márgenes de la Barranca de Amanalco, y casi de inmediato, en un lugar más hacia el sur, a la altura de la huerta que fue del conquistador Bernardino del Castillo, la infantería cruzó hacía Cuauhnáhuac, aprovechando la ramazón de un amate amarillo que fue descubierta por un guerrero tlaxcalteca.

El cruce de la infantería por el tronco y ramas del amate, y donde participó Bernal Díaz del Castillo, ha sido inmortalizado en el mural “Conquista y Revolución” de Diego Rivera. La acción sorprendió a los de Cuauhnáhuac, causándoles gran confusión y consumando junto con el embate de la caballería, la suerte del Altépetl Tlahuica el 13 de abril de 1521.
Posterior a la conquista, en algún momento del siglo XVI, se construyó el pequeño puente en el emblemático lugar, siendo uno de los testimonios más tempranos del período virreinal en Cuernavaca. En la década de los ochenta del siglo pasado, y después de casi 500 años de subsistir, el puente estuvo a punto de desaparecer ante un fallido proyecto municipal para ampliarlo y construir andadores laterales para peatones, obra que no se llevó a cabo gracias al tesón del Ingeniero Juan Dubernard, quien logró preservar el monumento.
Hoy a pesar de la anarquía urbana, del tráfico habitual en la Avenida Morelos, la calle Madero y el deterioro que lamentablemente sufren nuestros árboles y barrancas, el viejo Puente del Diablo sigue en pie, no solo como testimonio de un momento relevante en la conquista de México, o bien, del innegable papel de Hernán Cortés como fundador de Cuernavaca, sino como una joya del patrimonio monumental de Cuernavaca. Es obligado señalar, pero cualquier censura debe también ir acompañada de una propuesta, y en este caso, oportuno será que el Consejo Municipal de Cronistas, deje descansar un poco el ego y se avoque a conmemorar y recordar el 505 aniversario de la caída de Cuauhnáhuac, que más allá de filias y fobias, significó la fundación de Cuernavaca.
*Escritor y cronista morelense.


