

La ciudad que se piensa a sí misma
Cristo Contel*
En Cuernavaca aún existen lugares que resisten el paso del tiempo sin convertirse en parodia de sí mismos. Lugares donde el arte y la conversación todavía son posibles. Este texto nace de una gratitud sencilla, casi doméstica, pero también de una necesidad urgente: la de reconocer esos espacios que alimentan el espíritu de una ciudad.
Existen pocos espacios, pero en esta entrega se la dedicaré a uno que se ha construido sin pretensiones. Muchas veces pasa de largo y no se le otorga el valor suficiente. Desde hace años soy asiduo a un lugar peculiar que ha cambiado de sede, pero no de alma. Primero fue el desaparecido Arrosoir, y hoy se ha transformado en La Cocotte Minute, ubicada en la calle Morrow 11, detrás de una discreta pero emblemática puerta roja. El sitio es dirigido por De Viennay Amaury, un francés que, junto a su equipo amable y hospitalario, ha logrado hacer de este rincón un punto neurálgico para la escena cultural de Cuernavaca. Lo mismo confluyen aquí artistas visuales, músicos, teatreros, bailarines, que científicos, biólogos, matemáticos o físicos. Es un verdadero ecosistema donde arte y ciencia se rozan, se contaminan, se alimentan mutuamente.
El menú es breve y certero; eso se agradece. Tiene una selección de cervezas tradicionales, una coctelería muy puntual y, para mi gusto, uno de los mejores platillos que he probado en la ciudad: hígados de pato con la receta de la casa. Pero no solo se va a La Cocotte a beber o a cenar; se va a pensar en voz alta. En todos estos años he compartido mesa, copa y reflexión con dos grandes amigos: Rodolfo de Florencia y Byron Contreras Macbeth. Con ellos río, discuto, debato y, a veces, hasta peleo. Cuando las líneas se cruzan, hacemos una pausa y luego volvemos con respeto. Así, como debe ser la amistad. Nuestras conversaciones van del arte al tenis, de la música a la filosofía, de lo espiritual a lo político. Y aunque no siempre estamos de acuerdo, lo que siempre hay es una retroalimentación profunda y sincera.
Uno de los motores invisibles pero fundamentales de este lugar es Humberto Corral Morales, curador de las exposiciones y programador de los DJ que musicalizan las noches de sábado. Humberto tiene un ojo fino, particularmente sensible hacia la pintura. Descubre constantemente artistas, y lo hace con una sensibilidad profunda y real. Su trabajo curatorial ha dado lugar a una serie de exposiciones frescas, potentes, necesarias.
Actualmente presenta Vocación, pasión y obsesión, de la joven pintora Denisse Canel. Su obra me dejó pensando varios días. Qué alegría comprobar que la pintura —esa vieja compañera de la humanidad desde las cavernas— sigue viva, arriesgada, con oficio, y capaz de producir ese aura que solo existe frente a una superficie pictórica. Con el paso de los siglos, la pintura sigue mutando y se sigue sofisticando. Humberto ha puesto especial atención en visibilizar la obra de mujeres artistas, algo que considero profundamente valioso. Por este espacio han pasado creadoras como Liliana Mercenario (hoy en el MMAC con una revisión de su trayectoria), Itziar Giner, Iza Mendoza, Samara Colina… artistas con mucho torque y visión.

La Cocotte Minute es uno de los pocos espacios nocturnos con identidad en una ciudad que, como muchas otras, sufre la invasión de lugares genéricos, estandarizados, carentes de alma. Sitios que disfrazan su vacuidad con lujo, siguiendo tendencias que expiran más rápido que los cocteles que venden. Vivimos una época donde la ignorancia se viste de moda y donde el entretenimiento ha desplazado a la reflexión. Por eso, espacios como este importan tanto: porque nos recuerdan que el arte y el pensamiento todavía pueden convivir, que la conversación sigue siendo una forma de resistencia.
¿Qué nos construye como morelenses, como mexicanos? No son los rascacielos enchapados en oro. No son los autos de lujo ni las listas de millonarios que aparecen en Forbes. Las grandes ciudades no se definen por su opulencia, sino por sus personas: los artistas, los científicos, los pensadores, los líderes valientes. Al final, lo que queda en la historia no son las fortunas, sino las ideas, los descubrimientos, las obras. Si queremos construir un mejor futuro, empecemos por cuidar nuestros espacios más pequeños, esos que reúnen mentes sensibles y diversas.
Apoyemos los proyectos independientes, los espacios con vocación cultural, los lugares que se atreven a tener una identidad propia. Ahí, en esas grietas, es donde se fragua el porvenir. Porque una ciudad que sabe conversar, que se atreve a pensar y a contemplar, no solo habita el presente: también reclama su lugar en el curso de la historia.
*Cristo Contel. Director del MMAC y artista.


