

Pago un alquiler en el distrito 14 de París. Los ahorros que hasta hace poco tenía daban frutos cuando se convertían de dólares a pesos, pero trasladados a euros apenas asoman la cabeza.
Necesito encontrar dinero. Rápido. Doy todas las clases privadas de música que puedo: a niños, a ancianos; toco en funerales los fines de semana, y los jueves voy a un banco de esperma. No pagan mal. Jamás imaginé hacerme una vida así. Al parecer, las francesas pagan más por donadores latinos. Algún beneficio debía tener.
“Ojalá esos niños salgan bailando salsa”, pienso. Ja.
Es un mal chiste. No quiero ni pensarlo. La necesidad te rompe los límites.
Hace poco vi que abrieron un concurso de ensayo literario para todas las residencias estudiantiles. El premio eran quinientos euros libres. Tal vez aplique. La condición era que debía estar redactado en francés, y yo apenas puedo con unas cuantas frases. Igual lo intentaré.
Quizá le pida ayuda a Karen; ella lleva tiempo aquí y habla de corrido.

El ensayo lo titulé Claraboya. Una claraboya es una ventana abierta en el techo, o en la parte alta de las paredes; un agujero que deja entrar la luz y, si uno tiene suerte, un poco de sol. Cuánta falta hace el sol en esta ciudad.
El otro día le colgué el teléfono a mi madre porque salió el sol y me fui a tumbar al pasto de la residencia, tal cual como iguana, como si fuera el mayor regalo que había recibido en meses.
Extraño mucho el sol.
El jueves fue la entrega de premios del concurso. Me dieron el primer lugar. No lo creía. Yo, que veo entrevistas de Jordi Rosado y me sé la vida de Roberto Palazuelos. Yo.
En la premiación se me acercó un tal Erick. Me felicitó, me preguntó qué hacía en París.—Estudio música —le dije. Me contó que el pastor de su iglesia cristiana también era músico, y que quizá sería bueno que lo conociera. El domingo tendrían reunión en su casa, a las afueras de París, en el suburbio de Courbevoie.
Le dije que sí de inmediato. Algo en ese estado de precariedad me empujaba a decirle que sí a todo. Qué más daba.Yo, que ya aportaba un poco —o mucho— de mi latinidad a las francesas.
Tomé el tren: RER A, luego traslado a la RER B. Unos cincuenta minutos.
El pastor tenía una casa de ensueño en ese suburbio, que era un bálsamo de paz comparado con París. Hizo un asado generoso, con verduras al carbón. A la mesa compartimos nuestras historias: éramos unas cinco personas. Jamás hablamos de religión. Fue un día increíble. Después, el pastor me llevó a su estudio, y hablamos de música por horas, hasta que cayó la noche.
A las dos semanas me llamó.
—¿Necesitas laburo?
—Más que nunca —le respondí.—
Hay una vacante para enseñar a niños en el conservatorio. Yo daba esas clases, pero mi suegra está mal y tengo que cuidarla.
¿La quieres?
Dije que sí de inmediato.
Los papás franceses me hablaban como si yo les entendiera todo. Yo solo balbuceaba de regreso, y ellos decían: d’accord, d’accord.
Es muy fácil salirte con la tuya balbuceando en francés.
Di algunas clases, y gracias a eso dejé el trabajo de los jueves. Estaba exhausto.
La vida estallaba frente a mis ojos.
Pienso que vivo rozando vidas. Me instalo un momento, y luego me voy. No diría que es una forma común —o instalada— de estar en el mundo. Tampoco diría que nunca he buscado una recompensa económica, pero en sí, lo que busco es otra cosa.
Una recompensa que es esto: Poder contarme, escribiendo lento, lo que viví. Contártelo, como si en esas historias se me fuera la vida.
Quizá, en una de esas, emprendamos juntos el viaje.


