

¿Y si usted leyera un libro donde le revelan cómo entra el amor en el alma de la nieve?, ¿y si ese conocimiento proviniera de una genealogía entrañable? Valeria Guzmán Pérez, una de las voces poéticas más expresivas de nuestra región, obtuvo el Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2024 con el poemario Un silencio tan blanco, el cual se alza sobre al abismo del invierno. No es poca cosa si además se recurre a la invención de un mito, si se ahonda en el paisaje como símbolo de la nada que derrite al todo y a la existencia perdida dibujando la belleza inhóspita del ártico.
No es poca cosa, subrayo, si en cinco secciones: pequeña avalancha, iglú, paso para renos en la nieve profunda, una fina capa de nieve sobre el hielo y blanco sobre blanco, se trama una atmósfera lírica, no épica, donde se niega el tiempo de la historia oficial desde el lenguaje que hace aparecer y desaparecer otro tiempo: el de los cuentos de hadas invernales, el único cuya probabilidad se admite:
y no es que el tiempo exista. ese pretexto del lenguaje que hemos urdido para creer que algo transcurre. tampoco es que el olvido exista. solo le vamos restando importancia a los inviernos. poco a poco queda el vacío esqueleto de un caribú. forma que sin su contenido ya se vuelve simple rastro de hielo. y no hay ni el rumor de lo inútil por más que se escarbe. toda palabra se resume en silencio. todo abismo es abandono. la existencia es blanca y cruenta.
Por eso mismo habrá que buscar la parte menos cruel de ese horizonte. Guzmán lo consigue desde las primeras páginas donde una niña se cubre con la piel de un lobo sacrificado a cambio de dos minutos de calor. Así, desnuda y a la intemperie, rememorando un tapiz de conservas en deliciosa espera del invierno, levanta el telón de un número mágico que embruja al lector señalándole dos lobas: la siberiana y la del páramo que en soledad helada coexisten y dependen una de la otra. Dos lobas que cantan en la sangre de esta voz abriendo la puerta de un hogar de hielo. Al interior sucede la vida que la diosa Kaila inventa cuando una mujer agujera la tundra. En las hogueras de piedra encendida se hace el amor hasta deshacer la nieve y se asume que la poesía es un rescate:
o sentir que el paisaje de la nieve puede ser tu casa
como tampoco es lo mismo ser rescatado

por una poesía que se canta al borde de los fiordos
o que te salve del frío la mano del último poeta del ártico
Ese fantasma, el del antropólogo estadounidense Franz Boas (1858-1942), reacio opositor del racismo científico, lingüista que se doctoró con un estudio sobre el color del agua del mar, permite el sueño de la tercera sección de Un silencio tan blanco, donde se asume que nadie puede dormir en el regazo de la nieve. De ahí que aparezca un bestiario tan real como maravilloso: morsas que no soñaron con ser sirenas, narvales tristes, belugas capturadas en los acuarios, linces equilibristas, armiños nigromantes: la piel de los armiños se ha vuelto blanca/solo las puntas de sus narices negras/ dibujan un baile en la blancura del horizonte. Esa danza es compartida por el búho, la liebre polar, más lobos y una salamandra sauria que el yo poético adora con la certeza de quien va nombrando una densa espesura de tentáculos que se erige en la ilusión de una noche de invierno.
Valeria escribe “exoesqueleto opalescente contra lo estéril” para que la luz del blanco que es agua bajo cero ilumine al lenguaje; lexicógrafa, no duda en trazar palabras como “morfología” o “sufijo”. Tampoco teme a jugar con los adverbios, mucho menos hacer la apuesta de cerrar un poemario con una pregunta. Bien dijo el jurado que premió esta obra que se trata de un libro que invita a “descubrir la belleza con esa mirada de asombro y respeto frente al avance civilizatorio, a conciliarnos con lo otro, lo distinto, lo lejano y volverlo familiar y entrañable, a través de versos luminosos, un lenguaje decantado que demuestra la solidez de un oficio poético”.
Solidez de hielo eterno y estrella polar, agregaría. Poemas que encubran el afán divulgativo con una versatilidad dibujante que va del aforismo al verso nunca más blanco, a la cadencia versicular que busca y encuentra definiciones, clasificaciones, ejemplos y que triunfa en la analogía con la cual se expresa un estado del espíritu invernal o, mejor dijo, un temblor del alma, tal y como definió Virginia Woolf a la literatura rusa, influencia presente en este “silencio” de la mano de poetas como Ana Ajmátova o Marina Tsvetaeva quienes nutren con actitud agudamente imaginativa cada verso. Sí, en el poemario de una ecuatoriana que ama a México se puede escuchar el canto de la sangre –ya se dijo– de dos lobas. Será porque Valeria Guzmán Pérez nació en Rusia, por eso se vuelve blanca nube y no le cuesta nada inventar vocablos como nievenelaire o nievenelsuelo de una nievenestesueño que asombra dignificando ese paisaje que el cambio climático amenaza. Es verdad que lo sagrado, por ser mito en cada polo, está en riesgo como es verdad que la poesía lo vuelve eterno, pues en palabras de Amanda Gorman: “Nuestro reino no son las palabras sino el mundo que las palabras originan”:
En invierno
la tierra está soñando
–silencio–
que la nieve caiga
Justamente así entra el amor en el alma de la nieve. Lea usted este libro y comprenda.
*Escritora


