

La producción literaria en torno a Cuernavaca o inspirada en la eterna primavera, es abundante. Imposible poder listar una relación de las obras escritas alrededor de la antigua Cuauhnáhuac, pero se puede afirmar, que Cuernavaca no solo ha motivado textos entre propios y extraños, sino que ha sido y es, morada de talentosas plumas de todos los rincones del planeta, incluso un premio Nobel, Gabriel García Márquez, tuvo una residencia y disfrutó temporadas en la capital de Morelos.
Entre quienes han escrito sobre Cuernavaca, destacan Hernán Cortés, fundador de la ciudad, con sus afamadas Cartas de Relación, así como Bernal Díaz del Castillo al escribir “La Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España”. Los sucedió en el siglo XIX, la Marquesa Calderón de la Barca a través de “La Vida en México” y a quien en un chovinismo muy personal, agradezco que haya descrito el agua de Acapantzingo como la más sabrosa del mundo. Don Guillermo Prieto escribió “Un Viaje a Cuernavaca, 1845” y José Luis Blasio “Maximiliano Íntimo” donde narró las jornadas del Archiduque Maximiliano de Habsburgo en el Borda, hicieron lo propio Carl Kevenhuller y Paula Kollonitz en sus respectivas memorias. Ya en el siglo pasado contamos a Rosa E. King con la dramática “Tempestad sobre México”, a Miguel Salinas al publicar “Historias y paisajes morelenses”, a Malcolm Lowry con su monumental “Bajo el Volcán” considerada una de las cien mejores novelas en lengua inglesa del siglo XX, a don Alfonso Reyes, habitué en las mesas de La Universal, con “Vida y Ficción, Cuernavaca”, a Juventino Pineda Enríquez autor de “Morelos legendario”, al padre Lauro López Beltrán con la historia de la Diócesis y “Morelos Guadalupano” y a Fernando del Paso no solo con “Noticias del Imperio” sino con el thriller policiaco “Linda 67: historia de un crimen”. El presente siglo nos obsequió la certera novela de Enrique Serna “La doble vida de Jesús” que relata la extraviada moral de un político en Cuernavaca.
Hace poco, Alejandro González Acosta, destacado intelectual y académico mexicano, nacido en La Habana, pero con lazos con Morelos, me dio a conocer la novela “El baile y el incendio” del joven escritor y poeta Daniel Saldaña París, publicada por Anagrama. El autor vivió su infancia y adolescencia en Cuernavaca y cuenta la historia de tres amigos de juventud en la capital morelense. Natalia, una joven y talentosa bailarina que inspirada en relatos de la Europa medieval está montando una coreografía para ser estrenada en el Jardín Borda. Natalia es pareja de Argoitia, un tipo mucho mayor que ella, asiduo al alcohol y obsesionado con la edad, es a su vez un eterno funcionario cultural que ha visto pasar tiempos mejores. Erre, es un cineasta frustrado, que tras un fracaso amoroso retorna al hogar paterno, recorre las calles de la ciudad, descubriendo su deterioro, viendo como las viejas casonas se transforman en estacionamientos y plazas comerciales, así como los árboles centenarios se secan y son derribados. De igual forma, busca un encuentro fortuito con Natalia, su amor de adolescencia. El grupo de amigos se cierra con Conejo, quien no parece preocuparse por nada en la vida, nunca dejó Cuernavaca y ahora se dedica a cuidar a su padre quien ha perdido la vista y lee en sistema braille. La historia gira alrededor de las complejas relaciones de este grupo de amigos y a los vínculos y pasiones que los atan a los años de su primera juventud.
La trama no solo alude a los rituales que Natalia establece con la danza, sino a los incendios que asolan Cuernavaca en época de estiaje y que con su humo parecen sofocar a sus pobladores. Las líneas se ven enriquecidas con la descripción de los cerros que rodean la ciudad y el gusto de Natalia por las bromelias, también con la mención de sitios emblemáticos de la capital morelense como lo son los Patios de la Estación, el Casino de la Selva, Las Mañanitas, el Museo Brady, el Centro Morelense de las Artes, las mezcalerías del primer cuadro y por supuesto el Jardín Borda.
Saldaña, consiguió no solo una historia bien lograda, una prosa ágil y amena, sino que abonó a dejar testimonio de la ciudad contemporánea, engrosando la distinguida relación de quienes con su pluma han perpetuado la memoria cuernavacense.
*Escritor y cronista morelense.



