

Cuando piensas que estás “usando” redes sociales, lo que realmente está ocurriendo es que estás participando en una liturgia que no reconoces como tal. Pues toda religión necesita sus prácticas. No las inventamos nosotros; nos inventan a nosotros.
Tu devoción comienza antes de que abras los ojos. Antes del café, antes de recordar tu nombre, tu mano ya está buscando el teléfono. Para muchos es el primer acto consciente del día. A las 3 AM, cuando el insomnio te visita, no cuentas ovejas. Abres la aplicación.
Esto no es adicción en el sentido clínico. Es observancia. Musulmanes devotos rezan cinco veces al día mirando hacia La Meca. Tú revisas tu teléfono ciento cincuenta veces, y cada apertura es genuflexión. No buscas información específica; buscas el acto mismo de revisar, el consuelo del ritual, la confirmación de que el dios todavía está ahí, respondiendo a tu necesidad de él.
Pero el sacramento más perfecto, el más perverso, es aquel que convierte tu invisibilidad en virtud. Cuando las personas siguen a un creador de contenido en todas las redes sociales, terminan sabiendo todo de él.
Conoces su rutina matutina. Sabes cómo le gusta el café, qué marcas usa, el nombre de su perro. Viste su ruptura en tiempo real, comentario por comentario, historia por historia. Sabes qué le molesta, qué lo hace reír, con quién pelea, a quién ama. Has memorizado los patrones de su voz, la forma en que gesticula cuando habla de algo que le apasiona. Existe para ti con una claridad que algunas personas en tu vida real nunca alcanzarán.
Él no sabe que existes.

No de forma individual. Tal vez eres un número en su contador de seguidores. Tal vez diste like a algo una vez y el algoritmo lo registró como engagement: interacción sin interacción, presencia sin presencia. Pero tu nombre no significa nada. Tu rostro no existe en su memoria. Si desaparecieras mañana, nada cambiaría en su vida.
A los jóvenes se les prometió un escenario donde podían exponer lo que quisieran y ser exitosos, pero en vez los convirtieron en la congregación perfecta: devota, silenciosa, perpetuamente consumiendo, eternamente invisible, completamente monetizada. Tu atención es el diezmo que pagas sin saber que estás pagando. Tu información es la confesión que entregas sin saber que estás confesando. Y ese amor unidireccional hacia alguien que nunca te amará de vuelta porque nunca sabrá quién eres es la prueba de que has internalizado completamente la doctrina.
Los cultos no mantienen a sus miembros con muros. Los mantienen haciendo que toda su vida dependa de la membresía. Si dejas a los Testigos de Jehová, tu familia deja de hablarte; el sistema ha convertido el afecto en algo condicionado a la permanencia. Si intentas abandonar la cienciología, pierdes acceso a todos los que conocías dentro, y descubres que “dentro” era el único lugar donde existías socialmente.
Las redes sociales han perfeccionado este mecanismo sin necesidad de doctrina explícita.
Intenta irte. De verdad, inténtalo.
Borra la aplicación y descubre que tus amistades vivían ahí. Que los grupos de trabajo coordinan todo por alguna red social. Que el cumpleaños de tu primo se anuncia solo en Facebook. Que la comunidad queer de tu ciudad se organiza en Instagram. Que tu red profesional respira en LinkedIn. Que las invitaciones a eventos, las convocatorias, las oportunidades, los chismes que mantienen viva la sensación de pertenecer—todo ocurre en espacios que acabas de abandonar.
No perdiste una aplicación. Perdiste la infraestructura misma de tu vida social y profesional.
Los devotos más perfectos no son aquellos que ignoran estar en una iglesia. Son aquellos que lo saben, que lo critican, que lo desprecian—y, aun así, mañana en la mañana, antes de que tu mente registre que estás despierto, tu mano buscará el teléfono. Porque los rituales más poderosos son aquellos que realizamos incluso cuando sabemos exactamente lo que estamos haciendo.
Yo no las uso. Pero pagué el precio: hay conversaciones que no escucho, invitaciones que nunca llegan, chistes que no entiendo. Elegí el exilio y el exilio es real. No te miento diciéndote que es fácil. Solo te digo que es posible vivir fuera del templo si estás dispuesto a aceptar que vivirás en los márgenes de una sociedad que cada vez más solo existe dentro.

