

La vida en los márgenes
Durante mucho tiempo se asumió que la ciudad estaba dividida en dos: la formal y la informal. De un lado, los fraccionamientos ordenados, con escrituras y servicios, y del otro, los asentamientos irregulares, levantados con esfuerzo propio y muchas carencias. Pero esa frontera ya casi no existe. Hoy, en buena parte del país, lo que vemos son mezclas: colonias donde lo legal y lo improvisado conviven, donde la vida cotidiana se sostiene con acuerdos hechos entre vecinos, con remiendos y con mucho ingenio.
En investigaciones recientes sobre los desarrollos periféricos de vivienda social —aquellos destinados a trabajadores asalariados mediante créditos— se ha observado que el abandono de estas viviendas no representó el cierre de la historia. Resultó que las llamadas viviendas deshabitadas fueron reocupadas por familias que necesitaban un lugar donde vivir. Algunas lo hicieron de manera legal; otras, simplemente se instalaron. Con el tiempo, esos espacios se transformaron: aparecieron tiendas, guarderías, patios compartidos. En medio del desorden, surgió una nueva forma de habitar.
Lo interesante es que estas ocupaciones no son casos aislados. En casi todas las ciudades mexicanas hay ejemplos parecidos. Viviendas que se rentan sin contrato, cuartos subdivididos, terrenos ocupados, casas que se “traspasan” de palabra. Y lo sorprendente es que muchas de estas prácticas, aunque no del todo legales, mantienen viva a la ciudad. Gracias a ellas, barrios que el mercado o las autoridades habían dado por perdidos siguen respirando, siguen teniendo luces encendidas por la noche.
Podemos decir que se trata de una ciudad mixta y flexible. Mixta porque mezcla lo legal con lo informal sin que haya una separación clara. Flexible porque las personas, ante la falta de opciones, se adaptan, crean soluciones y buscan cómo seguir adelante. La vivienda se convierte entonces en un campo de experimentación: ahí se prueba la capacidad de las personas para sobrevivir dentro de un sistema que pocas veces las incluye por completo.
En estos espacios, lo importante ya no es solo tener papeles, sino hacer funcionar la vida diaria. Un vecino puede haber ocupado una casa abandonada, pero paga la luz y cuida el entorno. Otro puede alquilar un cuarto sin permiso, pero ofrece seguridad a quien no podría pagar una renta formal. Son arreglos que no aparecen en los censos, pero que permiten que la ciudad siga siendo habitable.

Por supuesto, no todo es armonía. En ese mismo terreno de ambigüedad también aparecen los abusos: quienes lucran con la necesidad, quienes se aprovechan de la falta de reglas. Pero reducir todo a “ilegalidad” es no entender lo que está ocurriendo. Las familias no invaden por gusto; lo hacen porque el acceso a una vivienda digna se ha vuelto casi imposible. Ante la rigidez del sistema, la vida se abre paso por donde puede.
Quizá por eso cada vez es más difícil hablar de “informalidad” como si fuera una falla del sistema. Más bien, es el síntoma de un modelo urbano que ya no responde a la realidad. Las políticas de vivienda se pensaron para un país distinto: con empleo estable, créditos accesibles y suelo barato. Hoy todo eso cambió, pero las reglas siguen siendo las mismas. La gente, mientras tanto, hace lo que siempre ha hecho: buscar maneras de quedarse, de resistir, de adaptarse.
Ver la ciudad desde esta mezcla —entre la ley y la necesidad— puede ser incómodo, pero también liberador. Nos obliga a dejar de pensar la vivienda como un simple bien o un número de escrituras. Nos recuerda que es, sobre todo, un proceso vivo: un tejido de decisiones, improvisaciones y cuidados cotidianos.
En lugar de castigar ese instinto de supervivencia, habría que aprender de él. Las soluciones no vendrán solo desde los despachos de planeación, sino también desde las prácticas que ya existen en los barrios: la autogestión, el intercambio, el uso compartido del espacio, la solidaridad.
Aunque estos procesos no sigan la ortodoxia de la planeación urbana, es necesario comprenderlos. La vivienda evidencia las estrategias de adaptación de quienes habitan un sistema que rara vez los incluye por completo. Asumir la informalidad como parte constitutiva de la ciudad permitiría entender que el futuro urbano de México se está gestando ya, entre la norma y la necesidad, en el territorio de lo posible.

Desarrollo habitacional reocupado recientemente. Foto de archivo

