Cuando pase el temblor

 

El 19 de septiembre de 2017 quedó grabado en la memoria de Morelos con la fuerza de un recordatorio brutal: la tierra puede sacudirse en cualquier momento, y ninguna ciudad ni comunidad está a salvo de la potencia impredecible de la naturaleza. En cuestión de segundos, se derrumbaron viviendas, escuelas, templos y hospitales; se perdieron vidas y, con ellas, certezas que parecían inamovibles. El dolor que se vivió en Jojutla, Axochiapan, Hueyapan, Tlayacapan y tantas otras localidades permanece como una cicatriz abierta en el tejido social del estado.

Ese día no solo colapsaron estructuras físicas, también se desmoronaron ilusiones y seguridades. El terremoto recordó de manera cruel que, a pesar de los avances tecnológicos y de ingeniería, la naturaleza sigue siendo un poder indomable. La pregunta que surge, ocho años después, no es únicamente cómo reaccionamos en la emergencia, sino qué tanto hemos aprendido de aquella experiencia. Porque los sismos no se pueden predecir ni evitar, pero sus efectos sí pueden mitigarse. Y en esa diferencia radica la posibilidad de transformar una tragedia inevitable en un episodio de menor impacto humano y material.

Los desastres naturales se convierten en tragedias sociales cuando la fuerza de la tierra se combina con la improvisación humana. Morelos, como muchas otras entidades del país, sufrió las consecuencias de construcciones levantadas sin planeación urbana adecuada, de reglamentos ignorados y de desigualdades profundas que obligaron a miles de familias a vivir en condiciones vulnerables. En ese cruce fatal, lo natural se multiplica en lo humano: lo que pudo haber sido un daño controlado se convierte en una devastación generalizada.

Frente a ello, resulta significativo que recientemente el Gobierno de Morelos haya encomendado a la Universidad Autónoma del Estado (UAEM) la elaboración del Atlas de Riesgos y Peligros del Estado de Morelos. Este documento no debe entenderse como un requisito burocrático más, sino como una herramienta estratégica y vital. Un documento bien diseñado permite identificar con claridad dónde están las vulnerabilidades del territorio, qué comunidades son más propensas a sufrir daños y cómo pueden mitigarse los riesgos antes de que ocurra una nueva tragedia. No se trata de esperar a que tiemble, sino de planear para que el siguiente temblor no sorprenda con la misma crudeza.

Ante las contingencias, la confianza ciudadana depende de gobiernos capaces de anticiparse con estrategias claras y no de improvisar frente al desastre. La naturaleza es impredecible, pero las autoridades no deben serlo. Es por ello por lo que el Atlas solo tendrá sentido si se traduce en mecanismos de actuación y coordinación efectivos, donde reglamentos de construcción se cumplan, la infraestructura se refuerce, la capacitación en protección civil sea constante y la ciudadanía participe de manera informada. La verdadera prevención no está en el discurso ni en un documento que se desempolva cada septiembre, sino en una cultura viva que articule ciencia, planeación y responsabilidad colectiva.

Ocho años después del sismo, Morelos sigue recordando cómo la población respondió con una solidaridad ejemplar, capaz de organizarse y apoyarse sin esperar indicaciones. Esa colaboración ciudadana fue el verdadero sostén en medio de la tragedia. Pero la lección más profunda es que la solidaridad, aunque poderosa, no basta por sí sola: lo esencial es la confianza que surge cuando las instituciones actúan de manera directa, transparente y eficaz frente a la emergencia. Solo entonces la unión entre sociedad y gobierno se convierte en una verdadera estrategia de prevención y reconstrucción.

La tierra volverá a moverse. Lo determinante será si, llegado el momento, se enfrenta con improvisación y estructuras vulnerables o con la solidez de una sociedad que aprendió a gestionar sus riesgos. La verdadera lección del 19 de septiembre consiste en traducir la memoria en protocolos claros, infraestructura segura y coordinación institucional que reduzca al mínimo el impacto de futuros sismos.

Los efectos del sismo de 2017 en Jojutla. Imagen de archivo, cortesía del autor

Alfonso Valenzuela Aguilera