

Cada tragedia que ocurre en México parece caer como anillo al dedo… pero no para el pueblo, sino para el poder.
La frase “como anillo al dedo” fue pronunciada por el presidente Andrés Manuel López Obrador en las primeras semanas de la pandemia por COVID-19. Mientras el país y el mundo entraban en una de las tragedias sanitarias más profundas de su historia, el presidente afirmaba que esa crisis le venía bien a su proyecto político. Esa frase, tan reveladora como dolorosa, resuena hoy con más fuerza que nunca.
Este artículo no es sobre una sola tragedia. Es sobre tres representativas. Y sobre lo que las conecta: el uso sistemático del dolor nacional como cortina de humo. Cada nuevo escándalo, cada nueva muerte, llega justo a tiempo para hacernos olvidar la anterior… como anillo al dedo.
1. El Comandante H y el silencio del Senado
Hernán Bermúdez Requena, conocido como el “Comandante H”, fue secretario de Seguridad Pública de Tabasco durante la gestión de Adán Augusto López, secretario de Gobernación y mano derecha del expresidente AMLO. El Comandante H está actualmente prófugo por liderar una red de huachicol ligada al Cártel Jalisco Nueva Generación. Las autoridades ya tienen pruebas de que era el jefe de una banda criminal (La Barredora) que mataba, extorsionaba y robaba combustible, presuntamente para el proyecto del Tren Maya. A pesar de esto, su jefe directo, Adán Augusto López —hoy presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado— dice que no sabía nada. Su palabra basta para probar su inocencia. Nadie lo investiga. Nadie lo toca. La impunidad está institucionalizada al más alto nivel. Y cuando este escándalo dominaba los noticieros, ocurrió otra tragedia… que vino como anillo al dedo.
2. La Marina, el huachicol y los muertos sin causa
Altos mandos de la Marina Armada de México fueron vinculados recientemente a una red de contrabando de combustible. Uno de los implicados es sobrino del exsecretario de Marina Rafael Ojeda Durán, hombre de confianza muy cercano al expresidente AMLO durante su mandato. Apenas dos días después de que sus nombres se hicieron públicos, dos marinos murieron: uno presuntamente se suicidó; otro murió en una práctica de tiro. La presidenta Sheinbaum pidió no especular. El Fiscal General de la República dijo que sus muertes no estaban vinculadas con el caso de huachicol. ¿Es en serio? ¿Es neta? ¿Dos muertes “accidentales” justo después de un escándalo nacional y debemos creer que no están relacionadas? La tragedia no es solo el huachicol ejecutado por altos mandos de la institución uniformada de blanco y una de las más respetadas de nuestro país. No es solo que se mueran los marinos. No estamos hablando de unos cuantos bidones de combustible ilegal, sino de buques enteros que transportaron por años millones de litros. La tragedia es que el gobierno de la 4T quiera minimizar el escándalo para no llegar hasta el verdadero responsable. La tragedia es que mueran marinos y que el Estado diga que no pasa nada. Y entonces, como si el guion estuviera escrito por un maestro del olvido, llegó otra tragedia. Más brutal. Más visible. Más útil como anillo al dedo.
3. La explosión de Iztapalapa y los choferes sin freno
Una pipa cargada de gas explotó el 10 de septiembre en el Puente de la Concordia, Iztapalapa. Las imágenes son escalofriantes: la nube de gas expandiéndose por varias decenas de metros, la explosión, vehículos calcinados, personas con quemaduras graves, muertes confirmadas y cifras que crecen con el paso de los días. Gente murió o quedó gravemente quemada por ir al trabajo, salir de la escuela o simplemente por estar ahí. Los que murieron tuvieron una muerte horrible, calcinados por llamas que cayeron del cielo. Ellos ya no están, ya no sufren. Muchos de los que sobrevivieron tendrán una vida de dolor e incapacidad. El fuego de esa explosión los seguirá quemando cada día.

Pero esta tragedia no es un caso aislado. Todos los días hay accidentes causados por tráileres y pipas que circulan a toda velocidad, muchas veces con conductores sin la mínima capacitación. Las autopistas México‑Cuernavaca, Durango‑Zacatecas, México‑Querétaro son campos de guerra vehicular. Y nadie hace nada. No hay regulaciones efectivas. No hay sanciones reales. Y cuando hay muertos, se entierra la historia junto con ellos. Como en la línea 12 del metro. Como en el rancho Izaguirre de Jalisco, como cada muerto y desaparecido que se olvida con el siguiente. Nuestros muertos y desaparecidos nos seguirán quemando el alma cada día mientras el gobierno muestra cifras oficiales, argumentando que estamos mejor que nunca.
Las tres tragedias narradas en este ensayo ocurrieron en menos de un mes. No son las únicas ni las más importantes. Solo son representativas de la gran tragedia nacional. Y cada una viene como anillo al dedo para distraer del crimen anterior. La memoria nacional está siendo manipulada por un gobierno que usa el horror como distractor. La impunidad es tan cínica como estratégica. El gobierno miente. Y el país duele.
*Instituto de Ciencias Físicas, UNAM / Centro de Ciencias de la Complejidad, UNAM

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