GUÍA DE RUPTURAS TRANSFORMADORAS

 

Es difícil escapar de la cárcel mental en la que nos han recluido los impulsores y beneficiarios del sistema económico/político vigente. Hablo específicamente del sistema liberal/capitalista que se institucionalizó después de la segunda guerra mundial en Occidente, y busco su renovación con la propuesta de la “globalización neoliberal”.

Concluido el Plan Marshall (1947-1951), mecanismo de reconstrucción y apropiación, por parte de los Estados Unidos, de la Europa destruida por dicha guerra, se lanzó la estrategia de apertura de nuevos mercados para canalizar la sobreproducción de los países industrializados, autollamados del “primer mundo”. Los mercados serían desde luego los países llamados subdesarrollados del “tercer mundo” de Asia, África y Latinoamérica.

Para ello, en la década de los años sesenta del siglo pasado se oficializó el término “desarrollo”, para referirse al proceso que los países pobres deberían de iniciar para alcanzar el modelo de vida de los países ricos. La tesis principal era impulsar el crecimiento económico, a tal dimensión, que pudiera producirse el “take off”, o despegue de la economía de los países pobres; todo ello con el apoyo financiero y tecnológico de los países ricos.

Desde entonces, la narrativa oficial del “desarrollo” resultó ser una “cárcel mental” de la que no podemos escapar, a pesar de haberse demostrado una y mil veces que el modelo de desarrollo industrial de los países ricos no puede ser replicado por los países no industrializados, por múltiples razones. Sin embargo, este modelo de desarrollo, ya caduco y disfuncional del crecimiento económico sin límites, sigue discursivamente vigente con sus componentes clásicos: el producto interno bruto, el ingreso per cápita, el volumen de importaciones y de exportaciones, el equilibro fiscal, la inversión extranjera directa, el tipo de cambio, el control de inflación, el tamaño de la deuda interna y externa, la masa monetaria, los índices de la bolsa de valores, y un sinnúmero de indicadores y porcentajes, muchos de ellos, referidos al producto interno bruto. En resumen, la jerga de la mal llamada “ciencia económica”, sólo ha servido en los hechos para asegurar que se incremente y se acumule la riqueza en sólo algunos países, algunas corporaciones y algunas personas.

En efecto, pasan decenios, en los países se eligen gobiernos de un signo político, que luego caen, para dar cabida a gobiernos de otro signo; se hacen coaliciones políticas electorales y de gobierno de un tipo y de otro, en fin, las sociedades se entretienen con los juegos electorales, se ilusionan, para luego desencantarse, y los problemas de la pobreza y la desigualdad continúan y con frecuencia se incrementan.

De ahí que haya necesidad de cambiar muchas de las premisas hasta ahora asumidas, sobre cómo se genera el bienestar de las sociedades, y eso es lo que se planteó en la propuesta, ya comentada en este espacio, conocida como “el otro desarrollo”, o “el desarrollo a escala humana”, formulada por Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn (1986).

La idea central de esta propuesta, contextualizada en América Latina, fue la de “la autodependencia como eje del desarrollo”, para de estar forma poder satisfacer las necesidades humanas básicas. Se planteó como un proceso sinérgico en el cual las personas deben jugar un protagonismo real en los distintos espacios y ámbitos de la vida comunitaria, en razón de que las personas son más importantes que el indiscriminado crecimiento económico.

Se señala que, para que este modelo de desarrollo basado en la autodependencia pueda alcanzarse, es necesario fomentar la participación de las personas en la toma de decisiones económicas, así como estimular la creatividad social, la autonomía política, la tolerancia frente a la diversidad de identidades, y la justa distribución de la riqueza.

La propuesta también afirma que, para lograr la autodependencia deseada, se requiere alcanzar diversas articulaciones de carácter sistémico:

a). Articulación entre seres humanos, naturaleza y tecnología: Significa asegurar que las transacciones de mercado sean benéficas para los seres humanos y no destruyan la naturaleza, y también seleccionar tecnologías que sean eco-humanistas.

b). Articulación de lo personal con lo social: Significa que todo desarrollo sano debe buscar simultáneamente el bienestar personal y el bienestar colectivo.

c). Articulación de lo micro con lo macro: Significa romper la dependencia de las relaciones que van “de arriba hacia abajo”, esto es, de lo internacional a lo local, y de lo colectivo a lo individual; para crear relaciones de autodependencia, que se construyen “de abajo hacia arriba”, es decir, de lo local, a lo regional y a lo nacional.

d). Articulación de la planificación con la autonomía: Significa hacer una planificación global que permitan que las autonomías locales puedan transmutar sus estrategias de supervivencia en opciones de vida, y sus opciones de vida en proyectos políticos y sociales orgánicamente articulados a lo largo del espacio nacional.

e). Articulación de la Sociedad Civil con el Estado: Significa considerar el desarrollo, no como un proyecto de un gobierno determinado o de un grupo hegemónico, sino como producto resultante de la diversidad de proyectos individuales y colectivos capaces de potenciarse entre sí.

Estas articulaciones son en realidad formulaciones dialécticas de políticas nacionales que en la actualidad nos pueden servir como punto de contraste de lo que la “cuarta transformación” vaya a plasmar en el Plan de Desarrollo 2024-2030, y también para constatar en qué medida dicho plan quiere realmente promover un “modelo de desarrollo económico, político, social y cultural a escala humana”.

Hablaremos más en detalle sobre estas articulaciones en futuras entregas.

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Vicente Arredondo Ramírez