

LOS BRICS Y LA NUEVA ERA MUNDIAL
Ningún cambio social importante sucede de repente; se va construyendo lentamente. Así lo marca la historia de la humanidad; sin embargo, lo sucedido en el último siglo nos muestra que la velocidad del cambio se ha incrementado.
Hace apenas 81 años los acuerdos de Bretton Woods (1944 New Hampshire, Estados Unidos) definían las políticas económicas mundiales que habrían de regir en adelante, para lo cual se crearon el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, y se acordó que el dólar estadounidense sirviera de moneda de referencia internacional.
Esta decisión facilitó, mayormente en el mundo occidental, la consolidación de la hegemonía del eje anglosajón judío durante todo este tiempo, en materia de finanzas y de comercio mundial, y derivado de ello, la sutil, pero de hondo calado, imposición de una cultura determinada, con sus respectivos valores y visión del mundo.
Todo indica, y estamos siendo testigos de ello, que ese arreglo internacional empezó ya a declinar, y que otra nueva época en el concierto internacional empieza a dar sus primeros pasos.
En efecto, del 22 al 24 del pasado mes de octubre, se celebró la Cumbre BRICS 2024, en la ciudad rusa de Kazán. Esta fue la decimosexta cumbre anual de esta plataforma de encuentro entre países del sur global y del centro y el este de Asia que buscan desligarse del actual, decadente y opresor modelo unipolar de organización mundial, y pasar a otro multipolar que permita que la relación e intercambio entre países sea más libre, horizontal, pacífica y culturalmente respetuosa.

Esta iniciativa es conocida con el acrónimo BRICS, porque los países que la iniciaron fueron Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. A estos países, se le sumaron formalmente en este año cinco países más: Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Ha sido tal el atractivo de esta nueva iniciativa, que en la Cumbre recién terminada 36 países aceptaron la invitación a asistir, y también seis organizaciones internacionales, incluida la presencia del secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU).
Sólo el grupo de los diez países hasta ahora formalmente pertenecientes al BRICS representa el 45.5% de la población mundial, y el 43.34% de la producción mundial de petróleo, y el 35.85 de PIB mundial.
A qué velocidad este grupo irá definiendo las nuevas reglas de intercambio comercial y financiero es algo que está por verse, pero todo indica que el movimiento es irreversible. Están desde luego por conocerse las acciones que frente a este hecho tome un desesperado eje anglosajón judío, seguido por sus fieles y también decadentes gobiernos de la unión europea.
El telón de fondo de este deseado cambio de época por parte de los países del sur global, es encontrar fórmulas y condiciones alternativas que en efecto conduzcan de manera definitiva a la creación del bienestar de todos sus habitantes. Con ello, el tema del desarrollo, su naturaleza, sus modalidades y sus instrumentos deben volver a ser un tema de diálogo y debate nacional e internacional.
Es claro que lo realizado durante la época hegemónica de los Estados Unidos y sus aliados no resolvió el problema de la pobreza, de la desigualdad y de la inequidad en el mundo, todo lo contrario, se agravó en los últimos cuarenta años de neoliberalismo, incluyendo también a la población de los propios “países desarrollados”.
En este sentido, el mundo requiere conocer muy bien la diferencia, entre el globalismo que todos los países deberían impulsar, y el globalismo no deseado que busca imponer una sola manera de entender la manera de hacer economía y política. De igual forma, hay que reavivar el debate que se originó en los años sesenta del siglo pasado sobre la diferencia entre lo que es crecimiento económico y lo que es desarrollo humano y social, ya que se demostró desde entonces que lo primero no asegura lo segundo.
Es mucho lo que debe hacerse para desaparecer las obligadas dependencias tóxicas internacionales que se han creado a lo largo de las últimas décadas, como es el caso de la irracional e impagable deuda externa de muchos países, de las tramposas inversiones extranjeras que sólo extraen las materias primas de los países no industrializados sin dejar beneficios a sus habitantes, de la imposición del dólar como moneda de comercio mundial, o bien, de los obstáculos a la industrialización con fines de soberanía nacional que impiden en la práctica los macrofondos de inversión y las grandes compañías transnacionales denominadas “de clase mundial”.
Los agobios que están sufriendo sociedades enteras tienen como causa el decadente actual orden mundial, impuesto, como se ha dicho, por el eje anglosajón judío, lidereado por los Estados Unidos. En este país se celebrarán elecciones generales el día de mañana, con resultado incierto en cuanto al ganador, pero no en cuanto a lo que se puede esperar que haga el “Deep state”, quien es el que realmente dirige ese país.
En efecto, es previsible que un país cuya hegemonía está siendo seriamente cuestionada tome medidas desesperadas que perturben aún más el orden mundial. Es un hecho que los poderes fácticos que gobiernan ese país carecen de ideas que promuevan el bienestar y la paz mundial, y lo único que ofrecen a la comunidad internacional son guerras intencionalmente provocadas y bloqueos al intercambio comercial y financiero.
En medio de este panorama, en el que México por desgracia está geopolíticamente encarcelado, debemos creer que “otro desarrollo” es posible el cual sí pueda generar justicia y equidad social.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

