

Religión y espíritu
Estamos en tiempos de navidad, para algunos simplemente período de vacaciones de fin de año, y para otros, tiempo de conmemorar el nacimiento de una persona que, a través de la religión cristiana, marcó la historia de Occidente.
La creencia religiosa de un dios encarnado hace dos mil años que vino a sacrificarse para redimir a la humanidad de un pecado de origen, y para mostrar el camino para acceder a una gratificante vida eterna, ha perdido seguidores de forma gradual en los últimos tiempos. La razón es una creciente tendencia de la sociedad moderna caracterizada por la laicidad, el ateísmo, el teísmo, el escepticismo, el anticlericalismo, la antirreligión y el agnosticismo. Para entender mejor este fenómeno, habría que distinguir entre el significado de los valores religiosos y el significado de los valores espirituales.
Los tradicionales valores religiosos son aquellos que son divulgados por las diversas religiones y que se derivan del pensamiento de sus fundadores, expresados en sus textos sagrados. Como sabemos, los más conocidos son Moisés, Buda, Confucio, Jesucristo, y Mahoma. Dicho pensamiento religioso se encuadra, en algún grado, en un corpus doctrinal, en expresiones litúrgicas, jerarquías organizativas, en la existencia de lugares específicos para celebrar ceremonias, y en pautas de conducta individual.
Por su parte, los valores espirituales no necesariamente están vinculados a una religión en específico, sino que se sustentan en experiencias internas individuales, no materiales, a propósito de temas como la armonía y la paz individual y colectiva, la búsqueda de la verdad de las cosas, el autoconocimiento, y en el respeto a uno mismo y a los demás. Para vivir esta experiencia espiritual, no es necesario pertenecer a una agrupación o secta religiosa, ni creer en un dios, sino simplemente vivir y comportarse teniendo claro el sentido y la forma de relación, entre las cosas materiales, y la dimensión espiritual inmaterial de la propia persona.
Los tiempos que vivimos de confusión y de cambio mundial, fruto de lo acontecido en al menos los últimos ciento cincuenta años, pueden ser explicados por la entronización gradual del dinero y de lo que con él se puede comprar. En efecto, la producción industrializada de bienes materiales, la diversificación de servicios por el proceso de complejidad de la sociedad moderna, el invento de la mercadotecnia como mecanismo de prefiguración de modelos de vida deseables y de necesidades humanas artificialmente creadas, apoyado todo por los medios de comunicación masiva, han convertido al ser humano en un mero consumidor insaciable de bienes materiales y simbólicos.

Habría, sin embargo, que conocer la razón de por qué, contrario a los valores religiosos, los valores espirituales prevalecen en la civilización actual, a pesar de la pérdida o debilitamiento de meta/relatos que le dan sentido a la vida en sociedad. Es sabido que en las civilizaciones antiguas la religión jugó un papel clave en la articulación de la sociedad, creando una conciencia colectiva y justificando un orden jerárquico y ritual; sin embargo, en la actualidad, aunque aún hay gobiernos teocráticos, como el Vaticano e Irán, lo que más se practica son los Estados laicos, en los que la religión no es la que cohesiona a la sociedad, sino los valores desprendidos de lo que se conoce como “Estado de Derecho”, el cual se sustenta en el respeto a las leyes, a las personas, y en la búsqueda de justicia.
Durante 2023 y 2024, el reconocido Pew Research Center realizó una encuesta en 36 países de todos los continentes, para medir la prevalencia de diversas creencias y prácticas religiosas y espirituales. Un porcentaje considerable de adultos afirmó que la religión es aún muy importante en sus vidas, especialmente en países del sur y sudeste asiático, África subsahariana y Latinoamérica, y en menor medida en Europa Occidental.
Si bien se reconoce que no existe una línea divisoria clara y ampliamente aceptada entre religión y espiritualidad, la encuesta reflejó que incluso en países donde comparativamente pocas personas consideran que la religión es muy importante, muchos sí creen en los espíritus y/o en la vida después de la muerte.
La encuesta mostró también que altos porcentajes de personas en la mayoría de los países encuestados expresaron su creencia en la vida después de la muerte, así como en la idea de que los animales, partes de la naturaleza (como montañas, ríos o árboles), y objetos físicos (como cristales, joyas o piedras), pueden tener espíritus.
Por ejemplo, esta creencia la comparten casi tres cuartas partes de los adultos en Chile, un país de mayoría cristiana (74 %); Tailandia, un país de mayoría budista (73 %); y el 57 % en Indonesia, un país de mayoría musulmana.
Todo indicaría que la dimensión espiritual del ser humano, que ha estado presente desde el inicio de la civilización, seguirá jugando un papel importante en la dimensión personal, aunque aún no sea posible saber cómo se reflejará en la dimensión colectiva. El futuro de las religiones podría estar poco claro, lo que no importaría, si en la humanidad se refuerzan valores que ayuden a la mejor convivencia humana, y al respeto de la naturaleza.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.
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