La política como religión

 

Entramos al mes de diciembre que en nuestra cultura occidental cristiana le da cobijo a la conmemoración de la gran fiesta religiosa de la natividad de Jesucristo acontecida hace dos milenios. A lo largo del tiempo, este fenómeno religioso ha caminado de la mano con el tema de la política en Occidente.

Esto empezó cuando el emperador romano Constantino legalizó el cristianismo en el año 313 d.C., con el edicto de Milán, y poco después, en el año 380 d.C., cuando el emperador Teodosio I, con el edicto de Tesalónica, lo declaró como la religión oficial única del imperio romano. Después de muchos hitos históricos, a lo largo de los siglos, esa relación ha llegado hasta nuestros días, ejemplificada en la ceremonia en la que el presidente de los Estados Unidos jura cumplir la Constitución, poniendo una mano sobre la biblia cristiana.

Recordemos que James Monroe (1758-1831), entonces presidente de los Estados Unidos, presentó el día 2 de diciembre de 1823 ante el Congreso lo que conocemos como la “Doctrina Monroe”, la cual planteó tres principios: prohibir cualquier futura colonización de potencias europeas en el continente americano; la no intervención de los Estados Unidos en los asuntos políticos de Europa; y la no intervención europea en los asuntos de los países del hemisferio americano, ya que eso significaría una actitud hostil hacia Estados Unidos.

Esta declaración de principios se dio en el contexto de las guerras de independencia del Reino de España surgidas en los países latinoamericanos, lo cual sirvió de coyuntura para que los Estados Unidos se autoeligieran como defensores de la soberanía americana, rechazando cualquier intento neocolonizador europeo. Esta “generosidad” sentó las bases para que ese país marcara unilateralmente su poder e influencia sobre este continente, bajo el lema de “América para los americanos”.

Derivada de esta doctrina, surgió en los mismos Estados Unidos la idea del “Destino Manifiesto”, acuñada por John L. O. O’Sullivan (1813-1895), periodista, editor y diplomático, fundador de The United States Magazine and Democratic Review, órgano del Partido Demócrata, desde donde difundió sus ideas políticas.

La idea del “destino manifiesto” ha sido la justificación ideológica y moral de la expansión territorial de Estados Unidos a lo largo del continente americano. O’Sullivan afirmó que la Providencia, o el Dios cristiano, le había destinado a ese país la tarea de expandir la democracia y la civilización estadounidense.

Según ese pensamiento, ese su Dios tuvo predilección sobre los Estados Unidos, país elegido para el cumplimiento de una gran misión. Ese Dios guiaba al pueblo en su expansión de territorio, como en su momento también guio al pueblo judío por el desierto. Era pues un Dios nacionalista. Su mandato era civilizatorio, esto es, Estados Unidos tenía que imponer su forma de gobierno, su religión, su tecnología, y sus prácticas agrícolas, a los habitantes de las tierras salvajes que habitaban el territorio. En efecto, para justificar el despojo de la tierra de los nativos paganos, creían que redimirlos era parte del plan de Dios, y ellos como colonizadores blancos, anglosajones y protestantes tenían la obligación de obedecer ese mandato divino.

El Destino manifiesto incluía la necesidad de expandir en el continente la forma republicana de gobierno y la democracia representativa, ya que era la fórmula de gobierno más perfecta y que ayudaría de mejor manera a expandir el reino de Dios en la tierra. La anexión de Texas, la guerra con México, y la adquisición de Oregón, en el siglo XIX, son sólo ejemplos de aplicación de esas ideas.

Esta creencia, también conocida como el “excepcionalismo estadounidense”, de que ese país es único y ejemplar comparado con otras naciones, y moralmente superior porque fue fundado con un propósito divino, se proclamó dentro y fuera de su territorio. El papel hegemónico que los Estados Unidos ha jugado, no sólo en América Latina, sino en todo el Occidente global, a manera de un imperio o de un poder macro colonial. ha marcado el devenir reciente de esos países en todos sentidos.

Sería prolijo contar las intervenciones de los Estados Unidos en el continente americano, justificadas en sus lemas de “América para los americanos” y del “Destino Manifiesto”, reforzadas por el llamado “Corolario de Hayes” de 1880, por el que el presidente Rutherford Birchard Hayes (1822-1893) estableció que Centroamérica y el Caribe eran una zona de influencia exclusiva estadounidense; seguido por el “Corolario Roosevelt” de 1904, en donde el presidente Theodore Roosevelt (1858-1919) oficializó la política del “gran garrote” en el continente. Seguido de este, por el “Corolario Kennan” de 1950, por el del presidente Harry S. Truman (1884–1972) que estableció que el objetivo de los Estados Unidos debía ser la de impedir la difusión del comunismo, dentro de sus fronteras y en las demás naciones.

Sin embargo, por lo que estamos atestiguando, el “Dios” guía del pueblo escogido estadounidense está distraído o ha cambiado de idea, ya que está dejando que su grey se debilite por conflictos en su interior, y por crecientes enemistades con el mundo exterior. La mayor prueba está en el surgimiento de la figura del “anticristo” que, a cambio de que se le adore, ofrece engañosamente solucionar los problemas mundiales.

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Imagen cortesía del autor

Vicente Arredondo Ramírez