La mortal desinformación

 

Datos, imágenes y sonidos circulan en la internet en volúmenes y velocidad que hasta hace pocas décadas eran inimaginables. Suena a ciencia ficción, pero es una realidad cotidiana que en un pequeño aparato telefónico “inteligente” puedan operar en simultaneidad medios de comunicación como la imprenta, el telégrafo, el teléfono, la radio, la televisión, y los varios tipos de reproductores musicales. La información disponible todo el tiempo, en múltiples modalidades.

Con todo, la gran paradoja de nuestro tiempo es que vivimos en la sociedad de la información, y, sin embargo, cada vez más nos enfrentamos a la creciente desgracia de la información falsa y la desinformación. La internet en sus inicios se vislumbró como la tecnología que ayudaría a mejorar la calidad de vida de la humanidad, pero, sin negar sus beneficios, hemos de reconocer que no está resultando lo que se esperaba.

Me refiero específicamente al mal uso de la información que circula, situación cuyos efectos futuros para la convivencia humana son aún impredecibles. El uso de la inteligencia artificial (IA) como herramienta para crear contenidos de realidad inexistentes, o bien, modificar contenidos reales, nos está metiendo en el peligroso e indeseable terreno de consumir y propagar mentiras. No sólo eso, nos está creando un estado mental en “modo escéptico”, por no saber con seguridad, si es verdad o no la información que recibimos.

Sin duda, ya todos hemos vivido la experiencia de ver videos engañosos en internet donde personas conocidas hablan o actúan de manera diferente a lo esperado, o bien, que declaran cosas no verdaderas que nos parecen creíbles por la confianza que nos despierta el emisor.

Las causas para generar y divulgar intencionalmente noticias falsas son diversas, dependiendo de quién las emite. Por ejemplo, los opositores políticos de los gobernantes en turno lo hacen para desprestigiarlos, e incrementar las posibilidades de derrotarlos en la siguiente contienda electoral; por su parte, los gobernantes en turno pueden decir mentiras sobre algunos temas para justificar su actuación, sabiendo que es difícil que alguien pueda demostrar lo contrario. Existen también líderes religiosos o de partidos políticos que utilizan la mentira para lograr la mayor cohesión entre sus seguidores y afiliados. En la misma línea, empresas que quieren incrementar su cuota de mercado, a costa del desprestigio de sus competidores, pueden recurrir el uso de los llamados bots o de cuentas falsas.

El uso de algoritmos por parte de los administradores de las redes sociales es también un mecanismo para divulgar reiteradamente y con mayor alcance hechos inexactos o inexistentes. Los algoritmos son procesos matemáticos que determinan qué información mostrar a los usuarios. No hacen la distinción entre hechos reales o ficticios, y se alimentan de informaciones que marcan tendencias en las redes sociales o que reciben mayor cantidad de likes, o comentarios, lo cual no significa que dicho contenido sea verdadero; lo que hacen con frecuencia es amplificar noticias alarmistas, aprovechando el gusto, curiosidad o inclinación humana por ese tipo de noticias.

Esta enfermedad maligna de las noticias falsas produce situaciones indeseables, entre otras, el fenómeno de la polarización. Ejemplo de ello es lo que sucede en muchos países respecto a la interpretación de causas y efectos de hechos internacionales de alto impacto, como el relacionado con la guerra Rusia / Ucrania.

En efecto, la desinformación sobre los antecedentes y motivos reales de la entrada de Rusia a territorio ucraniano es una muestra de propaganda a la manera de la guerra fría del siglo pasado entre los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Quienes estamos bajo la influencia de los medios masivos de comunicación impresos y electrónicos manejados por los poderes formales o fácticos de los países del Occidente global recibimos las noticias distorsionadas sobre esa situación bélica, y seguramente será lo mismo para quienes están bajo la sombra del otro contendiente.

El anterior es un caso ampliamente divulgado, pero existen muchos otros ejemplos de obstrucción y distorsión intencional de la información, como por ejemplo los efectos de las vacunas ARN, o las reales dimensiones del desarrollo y poderío tecnológico y bélico de la República Popular China, que, por lo demás, tiene ya en jaque al país que ha sido hegemónico en los últimos cien años. Es un hecho que toda la información impresa o electrónica que circula está sujeta a filtros, ya que alguien determina qué informar y cómo hacerlo. Lo más común es informar sin contexto, lo cual distorsiona la realidad; sin olvidar que la autocensura es también una práctica negativa.

Se ha tratado de contener la desinformación con medidas como la de “verificación de datos” y la “alfabetización mediática”, aunque son aún caminos poco recorridos por quienes consumimos contenidos.

Lo más grave y maligno del problema de la desinformación es el distanciamiento que se provoca, entre nuestra percepción de la realidad, y la realidad misma. Esta reflexión epistemológica sobre “la relación entre el ser y el conocer” ha estado presente a lo largo de la historia de la filosofía, pero cobra ahora mucho mayor relevancia e importancia, en razón de que es un fenómeno a analizarse, ya no sólo desde la dimensión de un sujeto individual, sino desde la dimensión de un sujeto colectivo.

¿A quién beneficia que vivamos sin saber con suficiencia lo que en verdad sucede en la realidad?, ¿Cómo eludimos la desmotivación e indiferencia por querer conocer las verdaderas causas de lo que sucede en la sociedad?, ¿Cómo evitamos el autoengaño de recurrir sólo a medios de comunicación que presentan la realidad como a nosotros nos gusta verla, y no como realmente es?

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

La sociedad de la Desinformación – Andina Link

Imagen cortesía del autor

Vicente Arredondo Ramírez