

Me invitó al cine un cinéfilo apasionado así que vacaciones, tiempo libre y buena compañía fueron la combinación perfecta para decidir ir a ver Los 4 Fantásticos. Entré a la sala con la esperanza de que esta vez no me dieran gato por liebre, porque las versiones anteriores me dejaron el mismo sabor que un chicle mascado por otra persona. Pero ahí estaba yo, boleto en mano, lista para reencontrarme con la nostalgia de esos viejos cómics en revista —esas páginas que olían a tinta, promesa.
Lo lindo
¡ZAS! Matt Shakman logró lo que parecía imposible: una versión de Los 4 Fantásticos que no nos obliga a mirar el celular a la media hora. Colorida, entretenida, con chistes que no dan vergüenza ajena y personajes con algo que se parece mucho a la humanidad (milagro en tiempos de blockbusters). Visualmente, la película está bien cuidada: desde las peleas espaciales —¡PUM!— hasta las miradas cómplices entre el equipo. Y, por si fuera poco, hay una escena deliciosa donde la gente común decide que, si el apocalipsis toca a su puerta, sus héroes favoritos pueden perfectamente ser sacrificados para salvar el pellejo. Seguro a Lars von Trier le encantaría esa dosis de realismo crudo (y no precisamente en el buen sentido).
Lo bueno
¡BANG! Por primera vez en mucho tiempo, Sue Storm no es la típica “novia de” ni la “chica rubia con tres líneas en el guion”. Aquí tiene voz, un puesto diplomático, poder y protagonismo. Y ¡POW! está embarazada. Pero no es un embarazo de utilería dramática de esas que “aparecen por arte de magia” en el guion. Es un embarazo que se desarrolla en medio de amenazas intergalácticas. Una superheroína que no solo pelea, sino que también gesta, y da a luz en una nave espacial, volviendo al combate casi un par de horas después de cortar el cordón umbilical. Parece un avance: la mujer como protagonista a pesar del embarazo, parto y postparto.
Lo que me hace dudar si me gusta o no del todo. Aquí viene el plot twist menos esperado y más repetido: la película pinta a Sue como la versión glorificada de la super madre sacrificada, esa figura tan vieja y desgastada como los mismos cómics. El amor maternal, según este guion, se mide en autoaniquilación.

Pero, un momento, ¿en serio? ¿quién se inventó que el súper poder de una mujer, que históricamente ha sido invisibilizada, debía ser precisamente ese? ¿Ser la invisible, que siempre cede, que se sacrifica, que desaparece en la sombra del hijo, del esposo, de la “misión”?
No es casualidad que esta narrativa se repita una y otra vez. Las madres de Superman y Batman, por ejemplo —esas icónicas “Marthas” del multiverso— solo fueron importantes para darle a luz o adoptar a un héroe y luego desaparecer para que el drama de infancia de ellos floreciera. Y así seguimos: de mujeres invisibles a súper mamás, un salto no tan radical como parece.
El patriarcado es un maestro del reciclaje. Tiene formas muy coloridas y efectivas de recordarnos nuestro lugar, con capas de brillo y CGI que apenas disimulan que, en esencia, seguimos siendo la sombra de otros. El “poder” que nos venden muchas veces no es más que un mandato disfrazado de heroísmo: sobrevivir a explosiones, criar hijos ejemplares, salvar planetas y, claro, hacerlo todo sin reclamar ni respirar fuerte.
De invisibles a súper mamás, la narrativa cambia de traje, pero el guion sigue siendo el mismo, nos piden desaparecer para que otros brillen, ya sea como porristas o superheroínas. Lo urgente es desmontar los mitos, escribir relatos donde las mujeres decidan cuándo, cómo y con qué fuerzas aparecen en escena. Donde la maternidad sea opción y experiencia diversa, no destino ni sacrificio obligatorio, ni mucho menos ser super mamás.
Porque, a fin de cuentas, el verdadero superponer es respetar nuestra visibilidad, con o sin capa, con o sin hijos, en el espacio o en el sofá de casa.

Imagen Marvel Studios

