Tomar el té no es lo que esperaba

Hace unos días, experimenté por primera vez lo que los británicos llaman afternoon tea o «té de la tarde». Traducido a costumbres más hispanas, el afternoon tea es básicamente la clásica merienda o tentempié de media tarde que llevamos haciendo toda la vida, cuando “la solitaria” empieza a hacer ruido en la barriga. Pero en lugar de merendar esquites picantes y una Coca-Cola, los británicos le dan al tentempié un toque más sibarita, con una variedad de elementos dulces y salados servidos en una bandeja de tres niveles y, por supuesto, acompañado de distintos tipos de té.

Cuenta la leyenda que el afternoon tea fue iniciado a mediados del siglo XIX por una duquesa en el este de Inglaterra. En esa época, las lámparas de queroseno se introdujeron en los hogares más adinerados, y cenar tarde (alrededor de las 8 o 9 p.m.) se convirtió en una moda para los ricos y famosos. Esta cena era una de las dos únicas comidas del día; la otra era una comida a media mañana, similar al almuerzo.

La historia cuenta que dicha duquesa experimentó una “sensación de desfallecimiento” a media tarde, es decir, le dio un soponcio debido a la fatiga causada por el hambre durante la larga espera entre comidas. Y ni tarda ni perezosa, desde ese día decidió invitar a sus amigas para disfrutar de bocadillos variados y té, lo cual les ayudaría a aguantar hasta la cena.

Y aunque en esa época no había redes sociales, el chisme de que la duquesa, que era el equivalente victoriano a ser influencer, estaba organizando estas reuniones se viralizó rápidamente entre la alta sociedad, por lo que tomar el té con amigas se convirtió en la actividad más “chic” para las damas adineradas y primordialmente ociosas.

Cuando entré en el salón de té, ubicado en una casa construida en 1871, sentí como si viajara en el tiempo a la Inglaterra del siglo XIX. Imaginé esos majestuosos salones de baile, donde las mujeres mantenían un halo de inocencia y una cara virginal de «yo no fui», mientras llevaban las tetas en la garganta, apretadas por vestidos con corsés más opresivos que las fajas colombianas y crinolinas que simulaban mucha pompa, algo que hoy replicamos en quirófanos con implantes en los pechos y el aumento de glúteos brasileño.

El ambiente del salón era sereno y refinado, muy al estilo de “Bridgerton”, la famosa serie de Netflix. Debo admitir que me sentí fuera de lugar. Soy escandalosa por naturaleza, y ese entorno tan modosito, donde cada vez que me reía las mujeres de las mesas contiguas se giraban a verme con cara de reproche, me empezó a poner un poco nerviosa. Minutos después de que nos sirvieran el primer té, nos trajeron la comida, servida en una bandeja de tres niveles, que me hizo pensar que era una analogía perfecta de la vida.

En el primer nivel, el más bajo, venían los sándwiches y bocadillos salados que contenían algún tipo de proteína, como huevo, salmón ahumado, jamón, etc. Proporcionaban la base nutricional del tentempié. Soy de diente dulce, por lo que esos bocadillos no me hacían la menor gracia. Pero, como en la vida misma, a veces hay que apechugar con las cosas que no nos gustan y debemos hacer lo necesario para tener balance, bienestar y estabilidad.

En el nivel intermedio de la bandeja estaban los scones, unos panecillos secos y ligeramente dulces que son toda una institución en el Reino Unido. Con una textura quebradiza y densa, los scones se sirven con crema espesa y mermelada, creando una experiencia culinaria bastante peculiar.

Pensé que los scones podrían representar esos momentos de confort en la vida. Son como las cenas en familia, las reuniones improvisadas con amigos o simplemente beber una taza de café por la mañana. Pequeños momentos que dan un toque de dulzura a nuestra rutina diaria. Y aunque a veces la vida se torna seca y sin mucho sabor, como un scone, hay que asegurarnos de tomarnos el tiempo para untarla con una generosa capa de crema espesa y con la mermelada suficiente para sacar el mejor provecho a lo que la vida nos pone delante.

En la parte superior, y la más pequeña de la bandeja, se encontraban los pasteles y dulces rebosantes de azúcar y calorías, mis favoritos. Pensé que esos diminutos bocados representan los logros y celebraciones en la vida. La felicidad en estado puro. Un ascenso en el trabajo, terminar una carrera universitaria, el nacimiento de un hijo, realizar el viaje de nuestros sueños, o el día en que conoces a alguien y sabes que es la persona con la que quieres caminar el resto de tu vida. Instantes, momentos que duran poco, pero que endulzan la existencia. Y que, por muy fugaces que sean, solo recordarlos nos hacen sonreír y tirar para adelante cuando las cosas se ponen difíciles.

Me alegré de haber probado todo, incluso los sándwiches que no me apetecían tanto, porque entendí que cada bocado, cada sabor, cada nivel de la bandeja tenía su propósito y lugar, y toda ella formaba un balance perfecto, como la vida misma.

Sin duda, el afternoon tea no fue lo que esperaba. Fue toda una revelación que me hizo darme cuenta una vez más de lo importante que es disfrutar y saborear cada etapa de la vida. Sin embargo, debo confesar que, aunque el té y los scones tienen su encanto, siempre voy a preferir que me inviten a comer tacos.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara