

Los muertos no se van del todo
En mi casa no hay ni una sola fotografía de mis seres queridos que ya no están. Siempre he sentido que las fotos son puertas abiertas a la nostalgia, ventanas que no se pueden cerrar una vez que las miras.
Cada año, cuando llega el momento de sacar la foto de mi abuela para ponerla en la ofrenda, me preparo. Me digo que esta vez no voy a llorar, que el duelo ya se superó. Pero nunca estoy lista. La miro y el corazón se me desordena. En un segundo se me llenan los ojos de agua y la garganta de esa ausencia que todavía aprieta el pecho.
Mi abuela cocinaba al tanteo. Decía “ponle un poquito más”, y ese poquito podía salvarte la comida o arruinarte la cena. Cuando murió, pensé en sus recetas, en esas que siempre quise documentar, pero nunca escribimos, porque siempre había algo más urgente que hacer juntas, un libro que leer, un chisme que contarnos o simplemente la necesidad de escucharla regañarme por alguna estupidez. Siempre creí que habría tiempo para el recetario después. Pero el “después” nunca llegó.
Hace poco leí el testimonio de una mujer que trabajó diez años en una morgue. Contaba que los cuerpos desfigurados no asustan, que uno se acostumbra a lo gore. Lo difícil, decía, son los cuerpos comunes, los que tenían planes, los que dejaron la comida a medio preparar o la lista del súper en el bolsillo.
Una vez, relató, llegó un chico de veinte años con una mochila. Dentro llevaba una cajita de terciopelo y un anillo de compromiso. Iba a pedirle matrimonio a su novia.
Otra vez, una mujer fue encontrada en su cocina, con las verduras cortadas sobre la mesa; en su lista se leía: pan, leche, flores para mamá por su cumpleaños.
También habló de una chica de veinticinco años, bonita, sin un solo rasguño, con una nota al lado que decía: “Mamá, perdóname.” Y de un hombre atlético, de traje caro, desplomado frente a su escritorio. En el bolsillo llevaba una foto doblada por la mitad. En el reverso, con letra infantil, se leía: “El mejor papá del mundo.” Murió de un infarto.

Pero la historia que más la marcó fue la de una abuela con las uñas recién pintadas, con flores, estrellitas y corazones que su nieta le había dibujado el día anterior.
“Te das cuenta —decía la mujer— de que entre la vida y la muerte hay solo un respiro.”
Y me quedé helada, porque ciertamente, lo que más duele no es la muerte, sino las conversaciones que ya no tenemos. Las frases suspendidas en el aire, los “te cuento mañana” que nunca llegaron, los mensajes sin abrir.
Ya no tengo con quién hablar de los libros que nos gustaban ni de los personajes con los que discutíamos como si fueran parientes. Nadie me pregunta si ya terminé aquella novela que ella me regaló.
Cuando alguien muere, no se lleva solo su voz. Se lleva también la versión de nosotros que existía mientras esa persona estaba viva. Con cada despedida muere un pedacito de quien fuimos, y el resto de la vida lo pasamos intentando recordar cómo se hablaba con esa parte perdida.
A veces pienso que la muerte no se lleva a los que amamos, sino que nos deja una versión incompleta de nosotros. Una mitad que sigue buscando a la otra entre las rutinas del día, en el café que bebían, en la canción que vuelve de repente, en el impulso absurdo de levantar el teléfono para contarles algo.
Cuando se acerca el Día de Muertos, empiezo a sentir la casa más llena. El aire cambia, se espesa, huele distinto, como si el mundo entero contuviera la respiración antes de un reencuentro.
No sé si mi abuela vuelve. Pero cada tres de noviembre me entra un nerviosismo tonto, como si temiera que los muertos a los que les puse ofrenda se encariñaran demasiado y decidieran quedarse.
Al recoger la ofrenda, siempre los despido. Es un ritual íntimo, casi sagrado. Beso sus fotos antes de decirles en voz baja: “Buen viaje de regreso”.
Lo hago por amor, pero también por miedo, porque no sabría qué hacer si de verdad se quedaran deambulando en mi casa.
Y, sin embargo, a veces siento que no se van del todo.
Nos hablan a través de un olor, de una canción, de una frase que escuchas en boca de alguien más y que suena peligrosamente parecida a lo que ellos dirían. No aparecen como fantasmas de película, sino como pequeñas interrupciones en la rutina.
A veces pienso que la memoria es su nueva manera de comunicarse, y usan ese lenguaje sin palabras, hecho de coincidencias que solo el corazón reconoce.
Tal vez por eso me cuestan tanto las fotos. Porque son el intento más tierno del ser humano por retener por siempre lo que ama… y también la prueba más triste de que nunca lo consigue.
Así que no tengo fotos de mi abuela por casa. Prefiero recordarla viva, con su delantal de flores y el ceño fruncido, diciéndome que deje de quejarme y que aprenda a disfrutar lo que tengo.
Y pienso que, si la vida solo dura un suspiro, al menos que ese suspiro valga la pena. Que nos encuentre despiertos, riendo, haciendo espacio a los que vienen y despidiéndonos con amor de los que se van.

Foto: La Jornada Morelos

