Menú Secreto

 

La última vez que estuve en España, mi destino oficial era Valencia. Tenía reuniones, compromisos y una agenda marcada al minuto. Pero en algún punto del viaje algo más fuerte que la razón me obligó a desviarme. No para ver museos, ni plazas, ni siquiera amigos. Me desvié por un antojo que olía a infancia.

Compré un boleto de tren, metí lo necesario en una maleta y me fui a Madrid con la absurda misión de comer unas torrijas. Quería sentarme sola en un bar antiguo, cerca de la Plaza Mayor —el mismo en el que había estado meses atrás—, pedir un plato de pan remojado en leche y canela y dejar que el mundo volviera a tener sentido, tan lejos de casa.

Y ahí, entre el murmullo de los cubiertos y el olor a canela, lloré. Porque esas torrijas sabían exactamente igual que las de mi abuela, que había muerto hacía varios años. Fui dos días seguidos a la famosa Casa de las Torrijas, como quien vuelve a un sueño para comprobar que no lo imaginó. Madrid ardía en verano, el bar estaba casi vacío y el aire olía a fritanga y vino de la casa. El dueño me reconoció el primer día.

—Tú eres la mexicana que vive en Estados Unidos y estuvo aquí hace unos meses, ¿no?

Sonreí. Le conté que no estaba ahí por gula, sino por memoria. Él asintió despacio, apretando los labios, con esa expresión que tienen los que ya han amado, perdido y aprendido que, al final, todos comemos —o bebemos— para recordar.

A veces basta un sabor para abrir una grieta en el tiempo. No fue nostalgia, fue un reencuentro. Una especie de viaje involuntario al pasado, sin necesidad de máquina ni portal, solo una cuchara. En un instante volví a su cocina. Las cortinas con flores lavadas mil veces, el molinillo girando, el olor a café de olla invadiéndolo todo. Y su voz diciéndome que no corriera con la taza caliente “por el amor de Dios”, sin saber que un día el amor me quemaría mucho más que el café hirviendo.

Tengo la fortuna de que mis padres siguen vivos. Cada vez que regreso a México me reciben con la mesa puesta. Mi madre prepara mis guisos favoritos como si aún tuviera diez años, y mi padre me lleva a los tacos de siempre. Todavía puedo saborear la sazón de mi infancia. Pero lo que ya no tengo son los platillos de mi abuela. Ese sabor se fue con ella.

Y cuando la gente que más quieres empieza a marcharse, entiendes que el tiempo no solo deja arrugas; el muy cabrón también se dedica a borrar sabores.

Hace unas semanas, después de comer mole en uno de mis restaurantes favoritos, Lantigua —un sitio rústico, cerca de Taxco, donde aún se cocina con leña y ollas de barro— pedí permiso para pasar a la cocina. Quería conocer las manos detrás de esos sabores que siempre me hacen volver cuando visito México.

Y entre los fogones recordé un proyecto llamado Menú Secreto. Lo llevan dos chicas, Dania y Ana, que viajan buscando lugares donde la comida aún tiene alma. No hacen reseñas, no persiguen modas. Llegan, se sientan, prueban, pero sobre todo escuchan. Quieren saber quién cocina, de dónde viene la receta, qué historia late detrás de ese caldo, de ese mole, de ese pan.

Publican muy poco, porque no todos los lugares que visitan tienen el numen, esa energía secreta, esa vibración que convierte un restaurante en algo más que un sitio donde se come. Hay lugares que solo alimentan el cuerpo, y otros —pocos— que también alimentan el alma.

Para ellas, un sitio necesita más que sabor; debe tener historia, heridas, cicatrices, un latido propio. Solo entonces vale la pena contarlo.

Pensé que, en el fondo, eso es lo que todos buscamos, aunque no siempre lo sepamos. En realidad, no es el guiso en sí, sino la memoria que esconde.

No amamos solo la tortilla, sino las manos que la amasan con la misma ternura con la que alguien una vez nos cuidó. No es el postre, sino la abuela que lo servía caliente. Encontrar un sabor del pasado te devuelve, aunque sea por un instante, aquello que creías perdido.

Y entonces entiendes que comer también es un acto espiritual, una forma de invocar a los que ya no están. Que cada platillo familiar es una misa pagana, una ofrenda diminuta al linaje que nos precede.

En México lo sabemos bien, porque nuestro lenguaje del amor es la comida. Cada receta es una declaración escrita sin palabras. Comer lo que cocinaban nuestros padres o abuelos es mucho más que alimentarse. Es confirmar que pertenecemos a una historia, que alguien antes encendió el fuego para que nosotros pudiéramos seguir.

Quizá tú ya no tengas a tus padres, o quizá nunca aprendiste la receta de tu abuela. Pero imagina que un día pruebas un platillo que sabe exactamente igual que el de tu infancia. Y entonces corres hasta allá, sin pensarlo, como yo corrí por mis torrijas.

Porque solo entonces entiendes que la comida no es un conjunto de ingredientes; es un idioma universal, un puente invisible entre los que estamos y los que ya se fueron.

A veces basta cerrar los ojos, probar un sabor y, por un instante, sentirlos de nuevo ahí, mirándonos desde la mesa, riendo bajito, sirviéndonos “solo un poquito más”.

Y a veces —solo a veces— basta un plato sencillo, de pan, leche y canela, para que el mundo entero vuelva a tener sentido… y la vida, otra vez, vuelva a saber a ellos.

Torrijas caseras. Foto: Miguel Ayuso / Directo al paladar.com

Elsa Sanlara