
Cuernavaca, Morelos, 17 de julio de 2025.
Muy querida:
Las madres buscadoras de Morelos desean sentir que no están cruzadas de brazos, que hacen algo en nombre de sus desaparecidos. Van por buen camino, en lo que va del 2025, llevan más de medio centenar de positivos. Completan la tarea ahí donde dicen que la autoridad no se da abasto o no cumple como debería su función.
Al escucharlas recuerdo este post en la página de Facebook del colectivo:
HASTA ENCONTRARLAS, HASTA QUE LA DIGNIDAD SE HAGA COSTUMBRE Y HASTA QUE YA NO NOS FALTE NI UNA MAS, HASTA QUE REGRESEN TODAS Y CADA UNA A CASA, HASTA QUE PODAMOS SALIR SIN EL MIEDO A YA NO REGRESAR
LUCHEMOS POR NUESTRAS HIJAS, HERMANAS, AMIGAS, CONOCIDAS, POR TODAS LAS MUJERES DE MORELOS Y DE MÉXICO

YA NO MAS DESAPARECIDAS Y BUSQUEMOS A TODAS LAS QUE NOS FALTAN AUN!!
SI SABES DE ALGUN LUGAR A DONDE PODAMOS ENCONTRAR A ALGUNA DE ELLAS TE AGRADECEMOS LA INFORMACION CON TODA EL ALMA, TODA INFORMACION ES CONFIDENCIAL Y ANONIMA, NO BUSCAMOS CULPABLES, SOLO BUSCAMOS A NUESTRAS HIJAS .
Expresan que reciben muchas llamadas. Han aprendido a identificar cuáles son verdaderas y cuáles no. Estaban dando ejemplos cuando finalmente apareció J.J. La imaginé menos joven. Lo primero que me llamó la atención es su trenza gruesísima y muy larga, casi de un metro. Iba de blanco, con esa especie de uniforme del grupo. También el rostro de su hermano estaba estampado en su pecho. Las uñas perfectamente arregladas, de rosa pálido con brillitos en forma de flor y las de los dedos medios y meñiques, esmaltadas en verde. Sonreía más. Los ojos le brillaban, no los noté muertos. Lo que es el lazo de sangre, el cordón umbilical que una vez hubo, el peso de la maternidad, pienso otra vez. Con todo, el coraje de J.J. me sorprendió, así como su articulado discurso de líder. No tardó en contar que a los 26 años ya era jefa de enfermeras en un hospital, que cuenta con ese título. De inmediato lo entendí todo, lo cual incluye el tatuaje de su antebrazo izquierdo, el dibujo de una flecha estilizada con una palabra en letra cursiva, “es el apellido de mis hijos”, anotó. Es madre de tres, como B. y A.G que no sólo tuvieron al que andan buscando.
J.J explicó, a la par que pedía un café americano sin azúcar, que su hermano (curioso que no dijera “mi desaparecido”) era el más chico de su numerosa familia. “Él nació cuando yo tenía quince años, luego me casé muy joven y se fue a vivir conmigo”. De ahí la cercanía, la responsabilidad, las ansias de salir en su búsqueda. J.J. radicaba en Estados Unidos. Estaba de vuelta en México aquel 12 de marzo de 2022 cuando levantaron a Pablo en el sur. El joven iba en su moto haciendo una videollamada porque como ya era noche, “tenía miedo de que le saliera La Llorona”. Quien hablaba con él por celular alcanzó a escuchar la detención, el golpe, también el paisaje de fondo con un árbol de huamúchil fácil de identificar en esa carretera. Lo demás ya se narró dos veces arriba: no se supo más, pero no contaban con la astucia de J.J., diría el clásico, quien ha visitado todos los rincones habidos y por haber. Logró federalizar la carpeta de la investigación de su caso de tanto irse a dormir afuera, casi dos meses, de la Procuraduría General de la República en CMDX. Pocas veces, te lo confieso, he visto ese nivel de terquedad, esa determinación de ave fénix, ese vestido de plumas de fuego que se modela ante nuestros ojos y que le ha llevado lejísimos. Claro, no sin peligrar.
Participó en dos colectivas de búsqueda antes de formar el que dirige. Sus directoras no le parecieron lo suficientemente proactivas. Se desesperaba, se le ocurrían otros caminos, no se le dificultaba imaginar diferentes rutas de acción. Incluso fue a investigar al lugar de los hechos, debajo del famoso huamúchil, donde su hermano desapareció. Justo ahí le dispararon. Una bala en la pierna derecha que no hizo gran daño; la otra, un rozón nada memorable. “28 de mayo de 2022, esa es la fecha en la que perdí el miedo”, asegura endureciendo el rostro. “También me quisieron llevar afuera de la fiscalía de Morelos, dos tipos intentaron subirme a un vehículo, pero me defendí porque ando con un shoket. Igual me dieron de cachazos en la cabeza, pero me les zafé. Así, toda ensangrentada, que me meto a la fiscalía para denunciar, para que vieran”. Efectivamente, nada la detuvo. Su agrupación ha ganado premios de defensa de los Derechos Humanos, cada vez logra más positivos y/o conectar a los familiares de personas desaparecidas porque denunció que no dejan ver bien los álbumes forenses para constatar si el cuerpo de alguien perdido se encuentra en las instalaciones de ese SEMEFO. “Ellos jamás van a ir a buscarlos”, subrayó. Cuando le pregunté por qué tanto compromiso, respondió que “se metieron con el hermano equivocado. Así he sido desde siempre, desde niña los defendía. Yo les pegaba, si se portaban mal, pero nada más yo, no dejaba que nadie me los tocara”. Ya para cerrar casi el encuentro, hice otras preguntas:
AK: ¿Cómo puede ayudar la sociedad a los colectivos de búsqueda?
J.J: Sería bueno que perdieran el miedo, como decía Emiliano Zapata. Hay mucha gente que sabe mucho sobre dónde encontrar a desaparecidos. Tienen información, pero no nos la dan porque temen. De hecho, ya no nos están permitiendo documentar nada en los SEMEFOS, es algo más con lo que tenemos que lidiar.
AK: ¿Qué es lo más difícil para ti de toda esta labor?
J.J: Pues entregarles a las madres sus tesoros.
AK: Perdóname, ¿a qué te refieres con tesoros?
(Sí, aunque no lo creas, hice esa pregunta).
J.J. Pues los cuerpos de sus hijos que desenterramos. Es una parte muy triste.
(Las otras dos madres bajaron la mirada. Sollozaron. J.J. y yo callamos).
Al final del café pensé en ti. La última pregunta te involucraba directamente:
AK: ¿Qué le dirías a una joven feminista que vive en México soportando toda esta violencia?
J.J: ¿Qué le diría? Uy… Que no deje de amar, que lo siga haciendo, que quiera a su familia, a quien sea, pero que ame porque eso es buscar hasta encontrar.
¿Qué más puedo contarte de ese día de agosto en el edificio de los y las revolucionarias? Lloré como no te imaginas de camino al estacionamiento. Tuve ganas de volver y de enrolarme en el colectivo, de tomar una pala, un pico, de preguntar: cuándo, dónde. Recordé el mini dron que les iluminó el rostro. Quizá la única vez que las dos madres sonrieron relajadas durante toda la entrevista. Creo, querida, que, en cierto modo, la literatura es ese dron entrando en lugares difíciles sin peligrar, en intersticios cerrados, en lo recóndito de las cuevas o madrigueras de lo peor y lo mejor de la condición humana. Ahí donde no caben los drones de las comisiones de búsqueda, los armatostes oficiales, bobalicones, de luces de espectáculo que atontan. Sueño con una profunda literatura de bolsillo, la portátil, diría Vila-Matas, justo la que J.J. puede llevar en su mochila. Esa literatura nos permitirá convivir con el horror sin arrodillarnos ante él. Enfrentarlo porque, como le dijo Miguel de Unamuno a un general franquista: “Venceréis, pero no convenceréis”.
Cuando encendí el motor de mi coche de regreso a casa ya había oscurecido. Comenzaron a brillar muchas estrellas, tantas, no vistas hasta entonces.
Abrazo sororo.
** Este texto se encuentra en el libro Nuevas cartas a una joven feminista de la autora publicado en noviembre de 2025.


