Las múltiples pandemias: enfermedades emergentes y reemergentes, deficiencias estructurales sistémicas, polarización ideológica, inequidad social y económica

 

Las poblaciones vulnerables tienen una carga desproporcionada para enfrentar emergencias en salud, por determinantes sociales e inequidad económica; expresadas por disparidades en la esperanza de vida y mayores efectos negativos en salud.

La última pandemia por Covid-19 en México produjo una enorme polarización ideológica relacionada con la gestión de la amenaza y la incertidumbre, por un lado, y el grado de aceptación de la desigualdad y la jerarquía, por el otro. Esta polarización se tradujo, en algunos casos, en oportunismo político; esto es, la práctica de aprovechar cualquier situación para obtener beneficios personales o de partido, a menudo ignorando principios éticos, científicos o ideológicos.

El impacto en términos de mortalidad fue enorme: en una estimación conservadora, de 27 millones de muertes a nivel global, y un exceso de muertes en el contexto de México en el periodo de 2020 a 2022 de cerca de 680,000 defunciones (477,550 muertes oficialmente producidas por Covid-19), pero tenemos que ser objetivos al realizar un análisis.

Esta última pandemia, particularmente en el contexto nacional, dio como resultado una crisis de salud compleja en un contexto social muy frágil, en el que podemos resaltar cuatro enormes desventajas que hubo que enfrentar: 1) un sistema de atención a la salud multifragmentado, cuyos profesionales tuvieron un común denominador: carecer de preparación y capacitación suficiente, así como enfrentar una enfermedad emergente en ausencia de un modelo de atención primaria a la salud; 2) las condiciones sociales prevalentes en México, donde todavía existe una enorme inequidad social y en salud, a pesar de que se realizan grandes esfuerzos para abatir la pobreza y marginación, con predominio de hogares intergeneracionales multifamiliares, una base trabajadora que sufre de hacinamiento en el transporte público, y cerca de 40% de la población que subsiste con un salario mínimo; 3) los predisponentes poblacionales de salud; un entorno de sindemias y riesgos mixtos, donde las prevalencias de sobrepeso y obesidad son mayores al 70% y las enfermedades crónicas como diabetes melllitus e hipertensión arterial son muy frecuentes; y 4) un limitado control de la exposición para reducir la propagación del virus previo a la disponibilidad de las vacunas contra Covid-19; es decir, múltiples limitaciones de impacto poblacional relacionadas con las acciones básicas de salud pública, como lavado de manos, distanciamiento físico, uso de cubrebocas y búsqueda de contactos, entre otros.

El mayor impacto negativo poblacional fue la sinergia multiplicativa de la Covid-19 y la obesidad. Durante la pandemia se pudo documentar que la obesidad incrementó el riesgo de hospitalización, enfermedad grave y muerte. También la edad, en función de la composición corporal, tuvo una relación directamente proporcional a la infección sintomática, hospitalización y muerte. De hecho, un modelaje probabilístico en población mexicana, documentado por investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública, reflejó que 52.5% de las muertes por Covid-19 en población entre 20 y 64 años fueron atribuibles a la obesidad; y este mismo efecto fue observado en población mayor de 65 años, con un porcentaje de 23.8%. La vacunación contra Covid-19 fue la responsable de proteger a las personas de contraer la enfermedad en forma grave.

En México se observó una enorme disminución de la mortalidad a partir de la vacunación en el inicio del pico de la segunda ola, con una disminución significativa en el número de muertes para la tercera, cuarta y quinta ola.

Finalmente, ¿cuál fue la principal lección aprendida de la última pandemia? Sin duda alguna, que la primera línea de defensa ante una emergencia de exposición pandémica es tener una población saludable. Por esta razón, el Estado debe generar intervenciones estructurales dirigidas a promover salud.

En la era post Covid-19 parece evidente que esta pandemia reveló deficiencias estructurales sistémicas en todos los países y también un impacto muy diferenciado en términos de mortalidad por inequidad social. Por esta razón, el Estado debe promover la justicia social y la equidad económica y en salud. También debe asegurar que los riesgos sean identificados, gestionados y controlados de manera efectiva. A este respecto, quiero referirme a la necesidad de crear un verdadero modelo de atención primaria: esto es, construir sistemas sólidos de atención primaria de salud puede evitar que enfermedades menores se conviertan en crisis mayores. Esto implica invertir no sólo en la atención médica, sino principalmente en la prevención de enfermedades, la promoción de la salud y el desarrollo de habilidades y competencias profesionales en el personal de salud.

*Especialista en salud pública

Eduardo C. Lazcano Ponce