El cambio climático exacerba las enfermedades transmitidas por mosquitos: el caso del dengue

 

El dengue es una enfermedad viral transmitida por los mosquitos Aedes aegypti. La historia de brotes epidémicos por dengue se registra desde 1600 y se ha clasificado en cuatro fases: introducción del dengue en las Américas (1600-1946); Plan continental para la erradicación del Aedes aegypti (1947-1970) e implementación de una estrategia exitosa de erradicación del mosquito en 18 países de América en 1962; fracaso del programa de erradicación del mosquito (1971-1999), y mayor dispersión de Aedes aegypti en los últimos años (2000-2024), donde se ha informado de un aumento espectacular del número de brotes.

La epidemia de dengue en 2024 es la mayor jamás registrada a nivel global, con más de 13 millones de casos y más de 8 500 muertes reportadas en todo el mundo. El dengue ha roto cualquier registro histórico en el continente americano. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) tiene registro de 12.6 millones de casos para este 2024, esto es el triple de los 4.5 millones de contagios del año pasado, que ya se habían establecido como récord. Además, algunos brotes están llegando al norte de México, donde no se había registrado antes. El aumento de casos y la expansión geográfica del virus son, en muchos sentidos, provocados por el ser humano. La tríada de urbanización, cambio climático y movimiento de personas y bienes está facilitando la propagación del dengue y su mosquito vector, Aedes. Los fenómenos climatológicos más extremos, El Niño y La Niña, han provocado fuertes precipitaciones, humedad y aumento de las temperaturas que favorecen la reproducción de vectores y la transmisión de virus. Se ha estimado que el aumento de la temperatura por sí solo ya ha elevado el potencial de expansión global de Aedes aegypti en cerca de 50% en los últimos 50 años, y se espera que el impacto sea aún mayor en el futuro. A medida que aumenta la cocirculación del virus, también lo hará el riesgo de infecciones secundarias y, con ello, el riesgo de casos de dengue más grave, hospitalizaciones y muertes.

Si se quiere detener la propagación del virus del dengue, es necesario pasar de respuestas ad hoc para brotes aislados a un plan de intervención multisectorial a largo plazo. Se requiere una política basada en la evidencia y contar con presupuesto para implementar una combinación de estrategias que incluyan prevención, gestión, tratamiento y una vigilancia eficaz. Incorporar la prevención del dengue en la planificación urbana es una medida sanitaria clave en la adaptación al cambio climático. Varias tecnologías nuevas e interesantes para el control del dengue están siendo desarrolladas, con menor o mayor potencial, por lo que deberían poder ayudar a prevenir (más probablemente que a controlar) los brotes de dengue. Cuando en dicha planificación también se incluyan iniciativas a nivel comunitario, ello puede conducir a un cambio de comportamiento sostenible que tenga efectos positivos en los resultados de salud. Muchos beneficios se extenderían a otros arbovirus, como el chikungunya y el nuevo virus Oropouche.

Debido a que actualmente no existe una vacuna verdaderamente eficaz y segura contra el dengue, ni un tratamiento específico para la enfermedad, controlar y prevenir los brotes son pasos esenciales para mantener a las personas sanas.

La principal medida preventiva para reducir las infecciones por dengue es el control de las poblaciones de mosquitos a través de la reducción de fuentes, la cual puede ser eficaz cuando se realiza con regularidad, especialmente cuando los miembros de una comunidad están movilizados y educados sobre el control de vectores. Los enfoques comunitarios deben ir de la mano de iniciativas educativas que enseñen a las personas sobre los mosquitos vectores y los riesgos de tener hábitats de reproducción de mosquitos cerca de sus hogares.

Hace algunos años, un grupo de investigadores australianos ideó otro enfoque innovador para controlar la transmisión del dengue. Estos científicos infectaron mosquitos con una bacteria llamada Wolbachia pipientis, una estrategia para cambiar la edad de la población de mosquitos. Aunque los mosquitos seguirían existiendo, tendrían una esperanza de vida más corta que la actual. Esta tecnología está disponible en el Centro Regional de Investigación en Salud Pública (CRISP) de Tapachula, una de las tres sedes del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP).

Finalmente, lo que se ha implementado a nivel local es el control químico, que implica el uso de insecticidas para matar mosquitos inmaduros o adultos. También se están desarrollando nuevos enfoques químicos, biológicos y genéticos que pueden ofrecer alternativas prometedoras para controlar las poblaciones de mosquitos y prevenir las infecciones por dengue. Cualquier esfuerzo para controlar el dengue deberá ir en paralelo con el desarrollo de medidas para contrarrestar el cambio climático: el momento de actuar es ahora, no podemos demorarlo. Consideren al INSP como un aliado en las estrategias de prevención y control.

Cambio climático y dengue

  • Las enfermedades transmitidas por vectores y aquellas con reservorios animales pueden verse afectadas por el cambio climático, al igual que las transmitidas por el agua, el aire y los alimentos.
  • Las temperaturas más altas afectan la capacidad reproductiva de los mosquitos, porque estimulan la eclosión de los huevos y aceleran el crecimiento de las larvas.
  • A temperaturas más altas y cálidas existe mayor replicación del virus y los mosquitos adultos pican con mayor frecuencia.
  • La elevada humedad aumenta la supervivencia, el comportamiento alimentario y el desarrollo de los huevos de Aedes.
  • El exceso de precipitaciones, las tormentas, las inundaciones y el aumento del nivel del mar elevan las poblaciones de mosquitos Aedes al propiciar los charcos de agua poco profundos y estancados que necesitan para reproducirse.
  • La sequía puede contribuir al aumento de las poblaciones de mosquitos, porque la gente recolecta y ahorra agua en recipientes que pueden proporcionar lugares de reproducción para los mismos.
  • La deforestación aumenta el riesgo de contraer dengue.
  • La reducción del rendimiento agrícola debilita el sistema inmunológico humano y empeora la capacidad de resistir enfermedades infecciosas.

* Especialista en salud pública.

Eduardo C. Lazcano Ponce