Confieso que he sido una feminine rage

¿Será que la feminine rage es un malestar contemporáneo? ¿Una nueva patología social del siglo XXI? ¿O es simplemente el síntoma visible de algo mucho más antiguo, más profundo y más incómodo? 

Si ha estado mínimamente viva en internet o peor, en X seguramente ha escuchado el término feminine rage. De pronto, las redes están llenas de mujeres enojadas: en el cine, en la literatura, en la política, en TikTok, en la vida. Y la conversación pública lo presenta como si hubiéramos descubierto una nueva especie emocional: alerta, tormenta femenina en desarrollo.  

La expresión “rabia femenina”, en su encarnación moderna, fue registrada en 1982 por Lindley Hanlon en un ensayo publicado en The Millennium Film Journal. Desde entonces el concepto se volvió tendencia, categoría estética y, como todo lo que incomoda, objeto de análisis y por supuesto intento de domesticación. 

Porque nombrar algo también es controlarlo. Si se controla la narrativa, se controla el imaginario del castigo, de la desaprobación, del límite permitido. Usted ya sabe cómo funciona el sistema, qué le cuento. Y ahí empieza lo interesante, el verdadero misterio no es que las mujeres se enojen, sino por qué alguien pensó que nunca lo habíamos hecho. 

Durante siglos la cultura occidental y su disciplinado manual de feminidad nos pidió ser amables, pacientes, comprensivas, serenas. Sonreír bonito. Hablar bajito. No incomodar. Aguantar era madurez. Callar era elegancia. Perdonar era grandeza. El enojo, en cambio, era falla moral, descontrol, histeria. Un error de carácter que debía corregirse. De pronto ¡¡escándalo!! algunas mujeres empiezan a expresar su ira públicamente y el mundo reacciona como si hubiera ocurrido una ruptura del orden natural. 

Lo curioso es cómo ciertas formas de enojo sí gozan de legitimidad social. Los hombres que destruyen televisores porque su equipo perdió un partido, los que convierten derrotas deportivas en tragedias personales con daños colaterales, los que gritan, golpean paredes o incendian estadios no encarnan crisis emocional alguna: encarnan pasión, temperamento, espíritu competitivo, amor por la camiseta (guiño, guiño). Pero cuando una mujer levanta la voz frente a la desigualdad estructural, entonces necesitamos un término académico para explicar semejante anomalía.  

Quizá por eso vale la pena volver a la pregunta inicial: ¿fenómeno nuevo o experiencia histórica finalmente visible?  Y aquí conviene incomodar un poco más la conversación. El concepto mismo de feminine rage ¿qué significa que necesitemos categorías académicas, muchas veces producidas en el Norte global, para nombrar experiencias que las cuerpas de las mujeres han vivido históricamente en múltiples territorios? ¿Quién decide cuándo una emoción es legítima y cuándo es exceso? 

En América Latina, la rabia de las mujeres no es tendencia cultural ni fenómeno reciente: ha sido resistencia frente a violencias coloniales, raciales, económicas y patriarcales entrelazadas; defensa del territorio, sobrevivencia cotidiana, memoria política. Pero esas genealogías desaparecen cuando el enojo se presenta como moda importada. 

Porque la furia no surge en el vacío, no señor, tiene memoria, nos enoja y mucho el acoso normalizado, la discriminación persistente, la desigualdad estructural, la violencia cotidiana, la precarización de la vida. No es explosión irracional es acumulación histórica. Por eso, cuando la rabia femenina se vuelve visible deja de ser problema individual y aparece como síntoma colectivo. 

Claro, no todo enojo libera. La pregunta no es solo quién grita, sino desde dónde se grita. Cuando la rabia reproduce la lógica del control o del castigo repite el orden que dice combatir; cuando surge desde la conciencia y la negativa a seguir tolerando la violencia cotidiana, deja de ser escándalo para convertirse en lenguaje: un lenguaje incómodo que revela fisuras y evidencia estructuras. 

Tal vez entonces la feminine rage no sea un malestar contemporáneo, sino el síntoma visible de un orden histórico que ya no logra sostener el silencio que lo mantenía intacto.  

Jael and Sisera (1620), Artemisia Gentileschi. Imagen: Wikimedia Commons dominio público
Denisse B. Castañeda