

Disfrutando Brasilia
Hace unos años asistí al Segundo Congreso Internacional de Escuelas de Gastronomía, en Brasilia. Yo había estado en esa ciudad hacia 1965, apenas un lustro después de haber sido “inaugurada” la nueva capital brasileña en un altiplano más bien pelón, desarbolado. Entonces era como un enorme campamento de constructores, lleno de maquinaria, materiales y un terregal por todas partes; sólo estaban concluidos los edificios públicos principales: la catedral, las sedes legislativa, judicial y presidencial, el Itamaratí o ministerio de Relaciones Exteriores y algunos más. Empezaban a proliferar los multifamiliares, muchísimo más que las casas. La disposición del gobierno federal de trasladar la capital de Río de Janeiro a Brasilia, todavía no acababa de cumplirse cabalmente por todos los países representados en Brasil, pues los embajadores, con justa razón, tenían fuertes reticencias para cambiar su domicilio del alegre puerto carioca a la nueva ciudad inventada, como dicen ahora los muchachos, en medio de la nada.
Sesenta años después de fundada, Brasilia seguía siendo básicamente igual (pero ya con casi tres millones de habitantes): los mismos edificios públicos, la mayoría obra del arquitecto brasileño Óscar Niemeyer, ahora medio ennegrecidos por el polvo, rodeados de multifamiliares (Tlatelolcos de hace medio siglo, de hace cuarenta años, de hace treinta, de hace veinte, de hace diez y algunos nuevos). Es una ciudad planificada, al haber nacido desde cero por una decisión gubernamental expresa. Los árboles que sembraron en aquella desolada llanura ya crecieron (no mucho ni muchos). Hay algunas calles muy arboladas, pero no predominan. El lago artificial -que rodea buena parte de la localidad- con un puente que lo atraviesa son quizá lo mejor de la urbe, pero salta a la vista la ausencia de bosques.
No obstante, la planificación urbana “de punta”, algo les falló, pues en las horas pico el tránsito vehicular es infame a pesar de las grandes avenidas y, por otra parte, las gigantescas extensiones de “áreas verdes” en realidad son áreas amarillas de pasto reseco o cafés de tierra pelona. El crecimiento demográfico y sus problemas implícitos rebasaron la imaginación de aquellos urbanistas de mediados del siglo XX. De alguna manera, es una ciudad sin personalidad, artificial.
Después de esta diatriba, es imprescindible para mí afirmar que Brasil me gusta mucho: Río de Janeiro lo he disfrutado enormemente muchas veces. Salvador Bahía es apasionante. Desde Sao Paulo o Recife hasta Petrópolis tienen grandes atractivos. ¡De la fenomenal Iguazú ni hablar! De jovencillo anduve en Bucios, feliz. En fin, tengo la ilusión de conocer Belén y Manaus, que procuraré algún día realizar.
Brasilia tiene algunos muy buenos restoranes, desde luego con cocina internacional o cocinas regionales brasileñas, destacando las carnes de los gauchos (este término, que de inmediato asociamos con Argentina, también se usa en Brasil para aludir a la gente de la región de Río Grande del Sur, colindante con el otro país conosureño). Y de las expresiones más típicas de su gastronomía, ya sabemos que proliferan ricos alimentos que incluyen mandioca, yuca, tapioca, plátano y papa.

En el Congreso hubo muestras de bocadillos riquísimos: panecitos de queso, bollitos como croquetas y empanadas con variados rellenos, helados y bebidas de frutas exóticas (para mí, obviamente, no para los brasileños), donde la más común era el maracuyá o passion fruit (que en México ya se produce) y luego otras cuyos nombres no recuerdo y sabores es imposible describir. Probamos excelentes vinos brasileños, que merecerían mayor difusión.
Con un gentil anfitrión que devino amigo, Leo Hamu, pude visitar la Central de Abastos y constaté (ya lo había vivido en viajes anteriores) que la variedad de frutas de Brasil rebasa con creces a la mexicana (y eso es mucho decir). No es casualidad: Brasil es el primer país del mundo en biodiversidad, luego le siguen Colombia e Indonesia y México está en cuarto lugar. En un puesto de la Central, nos bebimos un licuado de aguacate con leche y por supuesto azúcar, pues allá esa es la forma usual de consumirlo, no en ensaladas.
Por cierto, de todo el delicioso e inmenso arcoíris frutal brasileño, destacan dos frutas que no les llegan ni a los talones a las mexicanas: aguacates y plátanos. Los primeros, allá en realidad son una especie de paguas grandotes medio insípidos, incomparables con nuestros aguacatitos criollos con cáscara delgadita y comestible de Tetela del Volcán ni con los lujosos hass o fuertes, que desde Uruapan exportamos a todo el primer mundo. Y con respecto a los plátanos, lo mismo: el usual allá tiene un sabor áspero, con un dejo de amargura; no hay nuestros Tabasco o roatán, manzanos y dominicos, dulces y perfumados. En cambio (como digo lo uno, digo lo otro, sentenciaban las abuelas), las papayas de Brasil son maravillosas, mejores incluso que nuestras rojas maradol. Y a propósito: ¿qué pasó con las papayas amarillas en México? Por lo visto, desaparecieron hace años. Cuando yo era niño, sólo había las amarillas y obtener una roja era algo de excepción; cuando ibas a Acapulco, uno de los atractivos era traer papayas rojas que vendían, y siguen vendiendo, a la orilla de la carretera, ya de regreso.
*Historiador

