CASAS DE PLACER… Y OTRAS COSAS

 

En algunos lugares de México, un discreto foco rojo prendido durante la noche afuera de alguna morada señala que se trata de un lugar non sancto, lugar de sórdido placer. Esa señal luminosa distintiva para reconocer ese peculiar giro comercial solo aparece en sitios ubicados fuera de las llamadas zonas rojas o de tolerancia, pues en tales barrios no se requiere destacar su obvia finalidad.

En algunas carreteras de regiones boscosas con mucho tráfico camionero, el foco era sustituido por una banderita roja, pues las trabajadoras que prestaban sus servicios lo hacían de día y la bandera era más visible que la luz de un foco; los choferes se estacionaban donde veían el pendón y solo el bosque al aire libre era testigo del clímax de la negociación. En la mismísima autopista México-Cuernavaca, pasando Tres Marías, hace algunos años se comprobaba esta laxitud de costumbres.

En las afueras de una pequeña ranchería chiapaneca, saliendo desde Tapachula en ascenso hacia el volcán Tacaná, la señalización era más franca y no se andaba con rodeos: un abollado letrero en una desviación de ese camino secundario indicaba con letras mal pintadas y una flecha: “Zona Roja”.

Pues fue también en Chiapas donde sufrí un gran desconcierto. A nivel nacional, hay varias regiones cuyos habitantes tienen particular fama de ser personas muy educadas, como por ejemplo los oriundos de la ciudad de Puebla, los de Morelia y los chiapanecos de Los Altos, especialmente de Comitán y de San Cristóbal de Las Casas. En esta ciudad, es una delicia tratar con los coletos, corteses, atentos y refinados.

Allí, en San Cristóbal, una tarde noche de sábado vi en una de sus hermosas calles coloniales un foquito rojo prendido afuera de un zaguán; me hice el disimulado, no sin sorprenderme por lo céntrico del lugar. En otro de sus barrios observé dos casas más con el mismo foco delator y poco después, cuando me topé con otra luz roja pegada a una escuela, muy cercana al convento de Santo Domingo, no resistí la tentación de acercarme a comprobar, incrédulo, el relajamiento de la moral sancristobalense. ¡Qué alivio y qué fortuna estar completamente equivocado!

Resulta que esa invitadora señal luminosa carmesí y sabatina en la bellísima otrora capital chiapaneca es el indicativo de que la señora de la casa ha hecho tamales para vender, invariablemente exquisitos. Como no son fondas ni tamalerías, sino casas particulares, el foco rojo es el anuncio de que ya están listos los tamales. Solo en sábados por la noche, esos domicilios se convierten en casas de placer.

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Por enésima vez estuve en La Paz y comprobé (como si hiciera falta) que nunca acaba uno de descubrir cosas nuevas, sobre todo tratándose de comer (y de beber). En efecto, hallé un carrito (o más bien carrote, todo un puesto muy bien puesto, con ruedas, casi un food truck), que se coloca antes del mediodía en la esquina de la avenida costera (Álvaro Obregón) con Antonio Rosales, a cuatro cuadras de la Marina Cortez (sí, con zeta).

Pues allí solo venden clamatos, ¡los mejores clamatos que he probado!… y conste que los he bebido muchas veces en Mexicali, la ciudad cuna de esta bebida supuestamente elaborada a base de jugo de almeja y jitomate (el nombre viene del inglés clam y tomato).

En ese carrito los hacen de diversos ingredientes, a escoger: camarón, caracol, pulpo, calamar e incluso de cueritos de puerco o de aceitunas. Como estuve varios días, degusté todas las opciones.

La base, ya sabemos, es de clamato de botella condimentado con salsas maggi, inglesa, tabasco, bastante jugo de limón fresco allí mismo exprimido, pimienta y sal. Y el indispensable piquete en este lugar podía ser de vodka (es el más clásico), de ron, de tequila o de cerveza.

Novedoso fue para mí que le agregan pepino y jícama picaditos, tiritas de pulpa de tamarindo salada y enchilada y hasta ¡cacahuates japoneses! (si el cliente se deja; a los jóvenes les encanta).

Los vasos se escarchan solo con sal o con sal y chile molido o con una pasta de tamarindo. Por cierto que son de a litro, pues solo así caben los numerosos componentes de bebida tan portentosa. El agitador, por supuesto, es una rama de apio.

Después de probar la gama completa de clamatos, me aficioné a los de pulpo con camarón, con todo menos cacahuates, y un poquito de vodka muy bien servido. Tomaba un clamato acercándose el mediodía y otro al atardecer. Silvia nada más era solidaria conmigo en el de las 11:30 am.

En el ínterin, una escala frecuente la hacíamos en el Bismarckcito (nombre proveniente de sus ancestros restoranes el Bismarck, ya desaparecido, y el Bismarck Dos). Por supuesto, íbamos tras de los tacos de pescado y de mariscos, con una impresionante y sabrosa barra de salsas para todos los gustos y paladares de cualquier latitud.

Un día completo se ocupó con la doble celebración del cumpleaños número 40 de la tragaños Gabi Laguna y de su décimo aniversario de boda con Laurence, un amable francés con muchas cualidades, la menor de las cuales no es la de pertenecer a una familia productora de champagne. Ellos viven en Versalles y vinieron justo para la conmemoración de ambas efemérides, lo cual hicimos navegando en un yate por la enorme bahía de La Paz desde la mañana hasta el atardecer. Nadamos en el Mar de Cortés y en champagne de la familia y nunca faltaron exquisitos frutos de las aguas sudcalifornianas.

José Iturriaga de la Fuente