
BANQUETE DEL CENTENARIO
(primera parte)
En los últimos meses del 2010 me llamó mi amiga Guadalupe Loaeza para platicarme que le acababan de obsequiar (no me acuerdo quién) una colección de menús de los banquetes oficiales llevados a cabo durante 1910 para conmemorar el centenario de la Independencia. Guadalupe tenía la intención de que hiciéramos un libro juntos con esos menús comentados por ella y por mí. La idea era muy buena, a la editorial Grijalbo le interesó mucho, pero ya no hubo suficiente tiempo para llevarla a cabo. Como quiera, le hicimos el intento y para ese efecto escribí un ejemplo de lo que yo podría aportar: mi propuesta era escribir una crónica de cada banquete, como si yo hubiera asistido a esos ágapes. Guadalupe haría lo propio.
Como no prosperó aquel proyecto y acabo de encontrar dicho texto inédito, permítanme sacarme la espina y darlo a conocer en estas páginas; el menú en sí es muy interesante:
RECEPCIÓN OFICIAL PARA LOS MIEMBROS DEL CONGRESO DE AMERICANISTAS OFRECIDA POR EL SEÑOR MINISTRO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA Y BELLAS ARTES, LICENCIADO DON JUSTO SIERRA, EN EL EDIFICIO DEL MINISTERIO. 8 de septiembre de 1910.
LUNCH
Consommé froid au fumet de celeri
Consommé de volaille chaud
Oeufs pochés á la Neva
Medaillons de langouste en Bellevue
Jambon glacé au Jerez
Aiguillettes de dinde en chaud froid
Sandwichs assortis de langue, filet, jambon, volaille, foie gras
Salade Francillon
Gateaux Pithiviers
Glaces variées
Café, Thé
Jerez, Rudesheimer, Marqués de Riscal
Champagne G. H. Mumm
Mucho me sorprendió que la invitación dijera lunch, pues el gobierno de don Porfirio está más afrancesado en sus modales que americanizado, por más que los inversionistas extranjeros que determinan la economía nacional son a la par europeos que oriundos de Estados Unidos. Muy curioso su afrancesamiento, con levita negra y elevado sombrero de copa del mismo color, si recordamos que Porfirio fue de joven bolero y carpintero. Treinta y cinco años como “hombre fuerte” de nuestro país hacen milagros.
Como quiera que fuera, ahí voy yo al mentado lunch que don Justo Sierra ofreció a los miembros del Congreso de Americanistas, llegados de muchos países del planeta, el día de San Sergio, es decir el 8 de septiembre. Y hay que destacar que el ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes sí que tiene lo suyo, pues a diferencia del general Díaz, forjado entre la pólvora de los cuartelazos y las traiciones e intrigas políticas, el eminente letrado y jurista Sierra es egresado del Liceo Franco Mexicano y del Colegio de San Ildefonso. De seguro que por ello lo vi en la comida muy desenvuelto, muy hombre de mundo, sin tener que preguntar al mesero (como yo) qué era esto y qué era lo otro, aunque bien clarito lo decía el menú individual que cada comensal tenía frente a sí…, pero en francés.
En efecto, cuando comenzó el servicio a la mesa donde yo me encontraba, llegó nuestro mesero, de subido color moreno y crespo cabello negro (probablemente de la Costa Chica de Guerrero, quizá hasta era de Cuajinicuilapa, pues a su tono oscuro sumaba rasgos de esa negritud costeña que tanto embellece a las mujeres y no necesariamente a los hombres. Cuando menos a éste, no). Su blanca filipina contrastaba con su piel. De alguna manera, llamaba la atención su aparente dominio del francés (y digo aparente porque nadie menos calificado que yo para juzgar al respecto, estricto monolingüe como soy).
Aunque cada uno tenía justo bajo sus ojos el menú del lunch, el mesero anunció, solemne:
–Consommé froid au fumet de celeri -y empezó a colocar un plato hondo ya servido en cada lugar, tomándolos de la gran charola que sostenía su ayudante, un joven paliducho con un modelo de filipina más sencillo, pero igualmente blanca.
Con la mayor discreción que pude, cuando me servía le pregunté quedito, volteando mi cabeza a su lado:
-Y esto ¿qué es?
-Un caldo frío que huele a carne y sabe a apio –me contestó con moderado volumen, que mucho le agradecí.
A pesar de que la escueta descripción me pareció más bien críptica y no sonaba alentadora, no estaba mal el caldo, pero no pude evitar pensar en lo bien que le caería estar hirviendo, con un buen piquete de mezcal de gusano y un poco de chile habanero picadito, para acabar de componerme de cierto exceso etílico al que me vi sometido anoche.
Cuando ya me preparaba para algún platillo sustancioso, nuestro mulato amigo anunció:
–Consommé de volaille chaud –y sin más, procedió a servir a cada quien en nuevos platos, con un cucharón.
Como, antes que yo, fue servido mi vecino de la derecha -un clérigo de austera sotana, muy rubio, que sólo habló con un comensal sentado junto a él en una rara lengua que me sonó muy golpeada-, pude ver que se trataba de otro caldo, transparente y humeante, acerca del cual me pareció completamente ocioso hacer cualquier pregunta. E hice bien, pues no era otra cosa que un simple caldo de pollo, por cierto bastante insípido, sin comparación con los de Indianilla, con sus garbanzos y arroz, mollejas en pedacitos y huevera en la rabadilla, con cebolla picadita. En ese momento los añoré, todavía con un resabio de indisposición.
Pero ¿qué, nos querrían llenar con puras sopas?
El banquete empezó a mejorar cuando otro empleado, con una botella de Jerez en la mano, empezó a servirlo en unas pequeñas copas que se formaban junto a otras mayores, detrás de cada plato.
(LOS PLATOS FUERTES CONTINUARÁN EN LA SEGUNDA PARTE)